sábado, 27 de junio de 2026

El aforo no es la medida

Apariencia externa y realidad interior

Hay una frase célebre que Mark Twain atribuyó a Benjamín Disraeli en su Autobiografía (si la IA no me ha engañado): “hay mentiras, malditas mentiras y estadísticas”. En algunas versiones se sustituye “malditas” por “grandes”. Alguien maliciosamente ha definido la estadística como 'la ciencia por la cual si en una mesa se sirve un pollo cocinado a dos comensales y resulta que uno de ellos se lo come todo, deduce que cada uno ha comido medio pollo'.

No cabe banalizar la labor que realiza la estadística, que en determinados casos ayuda a situarse, hacer balance y realizar proyecciones, pero se ha de ir con tiento respecto a las interpretaciones, extrapolaciones y deducciones que se extraen de los resultados obtenidos, teniendo en cuenta las muestras, los métodos empleados y el propósito buscado.

Hace unas semanas leía un titular de prensa: "La gente no saldrá de los conciertos de Rosalía para llenar las iglesias", que daba pie a una entrevista de Albert Om a sor Lucía Caram en el diario Ara. No he leído la entrevista que no era de libre acceso en internet, así que desconozco el contexto en que se ha pronunciado esta frase. Pero el titular me ha planteado una cuestión: ¿El objetivo de la Iglesia Católica es llenar templos? ¿Es la medida que hay que tener en cuenta, sobre todo, para saber si se están haciendo las cosas bien? Algo así podrían pensar aquellos cristianos que piensan que la predilección divina, la justificación, va unida al éxito -económico, social o profesional-; para ellos es el signo de que lo están haciendo bien.

Llenar el templo en una celebración eucarística puede ser un deseo, una satisfacción, un motivo de asombro o de acción de gracias…, pero se convierte en un espejismo cuando no va acompañado de una participación activa de los asistentes en el misterio que se está realizando. Es imposible de comprobar lo que bulle en el interior de cada uno de ellos, sólo Dios lo sabe, pero lo que importa realmente es que cada vez más sea Jesucristo quien los atraiga. De esta manera se va consolidando la práctica religiosa, que no dependerá tanto del predicador, la estética, el ambiente, la costumbre o el cumplimiento.

Llenar el templo nunca puede ser el objetivo; sí lo es anunciar el Evangelio, acercar las personas a Dios y cuidar la liturgia, que es el modo en que Dios se hace presente a través de los sacramentos. La liturgia permite un margen de maniobra, pero nunca se debe convertir en una performance para atraer más gente. En el Evangelio podemos leer como reaccionaba la multitud ante Jesús: le perseguían para estar junto a Él a veces y le abandonaban en otras: ‘duras son estas palabras’ (1). El cristiano nunca debe sentirse formando parte de una multitud, ni dejarse llevar por su vaivén. El cristiano forma parte de una comunidad donde Jesús es y ha de ser siempre el centro. Y en su quehacer diario, al cristiano deben resonarle las palabras de san Pablo para no acomodarse: «Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (2).

(1) Ver Evangelio según san Juan, capítulo 6. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/juan/

(2) 1ª carta de san Pablo a Timoteo, capítulo 2, versículos 3 y 4. Extraído de: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-timoteo/

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