Apariencia externa y realidad interior
Hay una frase célebre que Mark Twain atribuyó a Benjamín
Disraeli en su Autobiografía (si la IA no me ha engañado): “hay
mentiras, malditas mentiras y estadísticas”. En algunas versiones se sustituye
“malditas” por “grandes”. Alguien maliciosamente ha definido la estadística como 'la ciencia por la cual si en una mesa se sirve un pollo cocinado a dos
comensales y resulta que uno de ellos se lo come todo, deduce que cada uno ha
comido medio pollo'.
No cabe banalizar la labor que realiza la estadística, que
en determinados casos ayuda a situarse, hacer balance y realizar proyecciones,
pero se ha de ir con tiento respecto a las interpretaciones, extrapolaciones y
deducciones que se extraen de los resultados obtenidos, teniendo en cuenta las
muestras, los métodos empleados y el propósito buscado.

Hace unas semanas leía un titular de prensa: "La gente
no saldrá de los conciertos de Rosalía para llenar las iglesias", que daba
pie a una entrevista de Albert Om a sor Lucía Caram en el diario Ara. No
he leído la entrevista que no era de libre acceso en internet, así que
desconozco el contexto en que se ha pronunciado esta frase. Pero el titular me ha
planteado una cuestión: ¿El objetivo de la Iglesia Católica es llenar templos? ¿Es
la medida que hay que tener en cuenta, sobre todo, para saber si se están
haciendo las cosas bien? Algo así podrían pensar aquellos cristianos que
piensan que la predilección divina, la justificación, va unida al éxito -económico,
social o profesional-; para ellos es el signo de que lo están haciendo bien.

Llenar el templo en una celebración eucarística puede ser un
deseo, una satisfacción, un motivo de asombro o de acción de gracias…, pero se
convierte en un espejismo cuando no va acompañado de una participación activa
de los asistentes en el misterio que se está realizando. Es imposible de
comprobar lo que bulle en el interior de cada uno de ellos, sólo Dios lo sabe,
pero lo que importa realmente es que cada vez más sea Jesucristo quien los
atraiga. De esta manera se va consolidando la práctica religiosa, que no
dependerá tanto del predicador, la estética, el ambiente, la costumbre o el
cumplimiento.

Llenar el templo nunca puede ser el objetivo; sí lo es
anunciar el Evangelio, acercar las personas a Dios y cuidar la liturgia, que es
el modo en que Dios se hace presente a través de los sacramentos. La liturgia permite
un margen de maniobra, pero nunca se debe convertir en una performance para
atraer más gente. En el Evangelio podemos leer como reaccionaba la multitud
ante Jesús: le perseguían para estar junto a Él a veces y le abandonaban en otras:
‘duras son estas palabras’ (1). El cristiano nunca debe sentirse formando parte
de una multitud, ni dejarse llevar por su vaivén. El cristiano forma parte de
una comunidad donde Jesús es y ha de ser siempre el centro. Y en su quehacer
diario, al cristiano deben resonarle las palabras de san Pablo para no acomodarse: «Dios,
nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento de la verdad» (2).
(1) Ver Evangelio según san Juan, capítulo 6. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/juan/
(2) 1ª carta de san Pablo a Timoteo, capítulo
2, versículos 3 y 4. Extraído de:
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-timoteo/
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