El equilibrio emocional en
juego
Hace algo más de quince
años leí Tus zonas erróneas, un libro
de Wayne Dyer que se presenta como ‘guía para combatir las causas de la
infelicidad’. El tono del texto es provocador y pretende estimularnos a
modificar aquellos comportamientos que son fuentes de infelicidad, aunque
advierte Dyer: “El mirarte a ti mismo en profundidad con intenciones de cambiar
puede ser algo que dices que te interesa hacer, pero a menudo tu comportamiento
demuestra lo contrario. Es difícil cambiar. Si eres como la mayoría de la
gente, hasta las fibras más íntimas de tu ser se resistirán a emprender el duro
trabajo que significa eliminar los pensamientos que sirven de apoyo a tus
sentimientos y conducta autoalienatorios.” Muchos de los planteamientos me
resultaron chocantes y la agresividad con que eran expuestos estimulaba un
rechazo interior porque afectaban al propio sistema de valores. La idea que me
quedó más clara tras su lectura fue la importancia de no perder el tiempo
dándole vueltas a los pensamientos que tienen los demás sobre nosotros.
El libro de Rafael
Santandreu que acabo de leer, L’art de no amargar-se la vida, persigue un
objetivo parecido, pero el tono es mucho más amable a pesar de llamar la
atención sobre maneras de enfocar la vida que obstaculizan el bienestar
emocional. Se presenta como ‘las claves del cambio psicológico y la
transformación personal’. Santandreu es psicólogo cognitivo y propone un método
para ser personas más fuertes y felices con las herramientas que se utilizan en
su especialidad. El relato se apoya en anécdotas de su experiencia clínica y
ejemplos de vida que le han cautivado. De los obstáculos que cita el autor, se pueden
destacar, desde mi punto de vista, cuatro que hay que procurar eliminar:
terribilizar (hacer una montaña de cualquier problema que surja), necesititis
(crearse necesidades que si se analizan bien no lo son), quejas y ojalás –término
no utilizado en el texto- (deseos que se confunden con necesidades).
En estos momentos en que se
hacen más visibles los profesionales de la queja, conviene no dejarse arrastrar
por el regusto amargo que deja esta actitud y aprender a disfrutar de lo que
tenemos. Dice Santandreu que uno de los requisitos para poder gozar de las
cosas es no tener miedo a perderlas.
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