Durante una charla que antecedía una reunión de curso en el colegio de mis hijas, la oradora describía diferentes grados de un amor generoso. En un escalón estaba el 'dar sin esperar nada a cambio'. En un nivel más alto estaba el 'darse'. Intuía que ya no se podía ir más allá, ¿qué más se puede ofrecer? Proponía aún un peldaño más elevado, 'acoger'. ¿Por qué? Porque acogiendo renunciamos a nuestro pleno dominio para aceptar al otro tal como es, le damos cobijo en nuestra vida.
Una de las caracteristicas de la Navidad es que es un tiempo de acogida. María y José cambiaron sus planes vitales para acoger a Jesús. María aceptando la maternidad con el riesgo que sobre su reputación comportaba ('hágase en mi segun tu palabra'). José aceptando el papel de padre nutricio tras vencer la natural resistencia interior y permitiendo que se incorporara a su estirpe, la que provenía de Abraham y David. Y lo que se les ofrecía no era humanamente atractivo si tenemos en cuenta las penalidades por las que tuvieron que pasar. Y, aunque a simple vista nos puede parecer poco digno, los tres fueron acogidos por quien les cedió su establo para que se cobijaran.
Para acoger es preciso desprenderse interiormente de comodidades, modificar prioridades, derribar muros, abrir los brazos... Se puede pensar en los refugiados o en los lastrados por la pobreza, pero hay objetivos mas cercanos: familia (pareja, hijos, hermanos, padres, parientes...) y entorno (amigos, compañeros, vecinos...). Las fiestas navideñas son un momento propicio para los reencuentros, para reactivar conexiones que estan en standby; una oportunidad para no quedarse en la simple cortesía y aprovechar para limar asperezas, relajar tensiones, recuperar la sintonía, traspasar la superficie de la apariencia y repartir caricias en forma de buen rollo.Entiendo que haya quien se sienta incómodo ante estas fiestas, incluso que las deteste. Quien sólo ve en ellas superficialidad, sentimentalismo empalagoso e instigación al consumo tiene razones más que sobradas. La Navidad no supone ponerse una careta que produce un trastorno transitorio de bondad, ni obliga a ir a todas las celebraciones familiares o profesionales que nos ofrezcan, ni impele a gastarse un dineral en regalos o decoraciones estéticas; sino que es uno de esos despertadores culturales, con el trasfondo religioso que le acompaña, que ayuda a reflexionar sobre el rumbo que lleva nuestra vida y valorar la relación que tenemos con los demás. Las consecuencias dependerán del espíritu con que cada uno lo afronte.
Cualquiera que sea tu situación respecto a la Navidad deseo que experimentes el sentimiento de acogida -como dador y como receptor- y te sientas con ganas de agradecer este don.
¡Que la Navidad con espíritu acogedor llegue para quedarse en nuestra vida!
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