Individualismo
disfrazado
Lo viví con la
enfermedad de mi padre que duró casi cinco años. Durante su vida se había
implicado intensamente durante muchos años en diversos proyectos educativos para
adultos y gente mayor de forma altruista, actividad que acrecentó al jubilarse.
Pero sufrió en el intervalo de unos meses dos embolias que le inutilizaron para
la labor que estaba llevando a cabo. ¿Qué respuesta obtuvo de los centros con
los que colaboraba? De uno de ellos se interesaron exclusivamente en recuperar
las llaves y sólo recibió la visita de un alumno de más de noventa años que se
disculpó por no poder venir más a menudo. Del otro, al que había dedicado más
de veinticinco años, se conformaron con enviarle lotes de Navidad durante tres
años sin ninguna visita ni llamada telefónica para interesarse por su salud. Y
de los allegados hubo de todo, al principio un alud de visitas, pero al
prolongarse la enfermedad tan solo unos pocos continuaron visitándole.
Mucha gente se siente
solidaria, pero pocos están dispuestos a asumir un compromiso que modifique sus
agendas para que el ejercicio de la solidaridad entre en sus planes. Se puede
asistir a manifestaciones o firmar manifiestos pensando que con esto basta, no
se quiere ir más allá. Se puede clamar a favor de los refugiados y emigrantes a
quien no se conoce y menospreciar o ignorar al vecino que se conoce. El barniz
no elimina la carcoma. La solidaridad más que en los gestos está en los hechos.
Hace un tiempo leí El
crepúsculo del deber del filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky un
revelador libro que incide entre otras cosas en estos actos de solidaridad efímera
que define como altruismo indoloro. Reproduzco a continuación un fragmento de
este texto.
“Lo que está deslegitimizado no es el
principio de la acción de ayuda, sino el vivir para el prójimo. El
individualismo contemporáneo no es antinómico con la preocupación de
beneficencia, lo es con el ideal de la entrega personal: se quiere ayudar a los
otros pero sin comprometerse demasiado, sin dar demasiado de sí mismo. Sí a la
generosidad pero a condición de que sea fácil y distante, que no esté
acompañada de una renuncia mayor. Somos favorables a la idea de solidaridad si
ésta no pesa demasiado directamente sobre nosotros…
| Gilles Lipovetsky |
… Individualismo no es
sinónimo de egoísmo: aunque se le haga cuesta arriba la retracción del yo, el
individualismo no destruye la preocupación ética, genera en lo más profundo un
altruismo indoloro de masas…
… El individualismo
posmoralista ha disuelto el ideal de renuncia completa y regular, sólo reconoce
la dedicación limitada, principalmente en situación de urgencia, en situaciones
excepcionales de vida o muerte. Hemos dejado de alabar la exigencia permanente
de dedicación al prójimo, «siempre y en todo momento» decía Jankélévitch: el
momento del imperativo categórico ha dado lugar a una ética mínima e
intermitente de la solidaridad compatible con la primacía del ego.”
Libro leído: Gilles
Lipovetsky: El crepúsculo del deber. La
ética indolora de los nuevos tiempos democráticos (Le crépuscle du devoir.
L’éthique indolore des nouveaux temps démocratiques - 1992). Editorial Anagrama Colección Argumentos número 148 – 2000. Traductora: Juana Bignozzi. 287 páginas. Fragmento seleccionado: Capítulo IV. Las
metamorfosis de la virtud. El altruismo indoloro. Una ética mínima. Página 133
y sigientes.

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