martes, 6 de marzo de 2018

Efectos de una nociva persuasión

El fanatismo y su antídoto

Me llaman fanatini’ le comentaba una mujer, muy expresiva en sus formas, que pedía consejo a un sacerdote en el transcurso de una reunión multitudinaria. Le preocupaba que el entusiasmo que derrochaba al transmitir su fe a las personas con las que se relacionaba se confundiese con el fanatismo. El sacerdote le contestó: ‘Los fanáticos no saben ni amar ni perdonar. ¿Tú amas y perdonas?’ ‘Con toda el alma, padre’ –replico la mujer-… Ahí se detiene el recuerdo de este episodio cuya plena fiabilidad está expuesta a las limitaciones de mi memoria.

Una persona entusiasmada con deseos de contagiar puede abrumar o desconcertar, incluso sintonizando con el contenido de su discurso. Pero si concurre además que ese ímpetu es sobrevenido, a la incomodidad en el trato se une la perplejidad. ¿Qué le pasará? ¿Qué mosca le ha picado? ¿A qué viene tanta fruición?

Raquel Alonso se casó con un musulmán poco o nada practicante. Habían pasado catorce años de matrimonio cuando tras la muerte de su suegro, que vivía en los Estados Unidos, Nabil, su esposo, le “pidió ir a rezar a la mezquita… por la memoria de su padre”. A ella le “pareció bien”. Pero pronto intensifica su implicación y empieza “a verle cambiar… Empieza a hablarme de amigos nuevos, de gente que le dice que el rezo en grupo llega antes a Dios. Yo en principio no le doy mayor importancia, es como si yo decido ir a rezar a la iglesia todos los días de la semana porque estoy en una situación de mi vida muy complicada. Es parte de su libertad.” (1)

Raquel empieza a inquietarse cuando detecta cambios negativos en el carácter de Nabil: “ya no tiene ese sentido del humor, se vuelve mucho más serio; ya ese cariño, ese amor con el que decía siempre las cosas, desaparece; se vuelve irascible, ya utiliza el grito para imponer su criterio y empiezan las discusiones; me trae un montón de libros de religión que tienen que leer los niños; que ¡claro!, que todos tenemos que ser musulmanes porque si no él iría al infierno, porque él es la persona que se tiene que ocupar de la religión islámica de su familia; entonces yo ahí ya freno… vamos a ir despacio… y cada vez toda la historia se va recrudeciendo…” (2)

En su intento por salvaguardar a sus hijos de la presión a la que les sometía su padre Raquel decide convertirse al Islam: “Le expliqué que para educarles era mejor que los dos fuéramos en la misma dirección… Ahí, a los niños ya los relaja por completo y el objetivo era yo: yo me tenía que levantar a las cuatro de la mañana para rezar… me prohíbe ir a la playa con mis padres… Me dice que las imágenes, las fotos, están prohibidas…”. (1)

Hasta que un día irrumpe la policía en su casa para detener a Nabil, porque formaba parte del grupo islamista Brigada Al Andalus, una circunstancia que Raquel desconocía. Dice una de sus entrevistadoras que 'ha reflexionado mucho pero sigue sin poder dar una respuesta al gran misterio actual: ¿cómo un hombre inteligente y feliz deja que le cambien hasta querer sacrificar no sólo su vida sino la de su hijo?' “Nabil era una persona con cultura, bien posicionado económicamente, era director de la división industrial de una multinacional alemana”, que tardó en radicalizarse “creo que no llega a un mes” (1). ¿Cómo lograron persuadirle con tanta facilidad? Quizá la falta de hábito en acudir a la mezquita fue un obstáculo que dificultó el discernimiento al relacionarse con los fieles que acudían.

Alfonso López Quintás
La persuasión por sí misma no es mala. Dice López Quintás que “es una vía hacia la participación en común de la verdad que uno cree haber descubierto”. Actúa positivamente cuando “aporta razones, apela a la inteligencia y la libertad de los demás, pone las cartas boca arriba, muestra la eficacia de la propia orientación…”. Y quien la ejerce debe “abordar las cuestiones con el ritmo adecuado” y tener “paciencia para sugerir lo que uno entiende como verdadero sin imponerlo.” (3) No parece que en el caso de Nabil se cumplieran estas premisas y de ahí de las perversas consecuencias que se derivaron.

Raquel ha relatado su experiencia en diversas entrevistas y en el libro Casada con el enemigo en el que narra el proceso traumático vivido por ella y sus hijos durante tres años y cuyas secuelas todavía permanecen: estigmatizaciones, amenazas, acosos… Aunque su caso se produce en un determinado entorno, conviene tener presente que situaciones parecidas se producen en otros ámbitos: religiosos, políticos, sociales, culturales… donde surgen grupúsculos perniciosos que pueden ejercer una amarga influencia en algunas personas.

Papa Francisco
No es el grado de convencimiento sobre una idea o doctrina donde suele radicar el problema sino en el comportamiento que produce su seguimiento. La anécdota inicial hacía una distinción que nos puede dar pistas para discernir el grado de bondad de un sentimiento vehementemente expresado aludiendo a unas palabras que también fueron utilizadas por el papa Francisco en una audiencia general: “Amar y perdonar son el signo concreto y visible que la fe ha transformado nuestro corazón y nos permite expresar en nosotros la vida misma de Dios. Amar y perdonar como Dios ama y perdona. Este es un programa de vida que no puede conocer interrupciones o excepciones, sino que nos empuja a ir siempre más allá sin cansarnos nunca, con la certeza de ser sostenidos por la presencia paterna de Dios.” (4)

(1) Entrevista de Ángeles Escrivá a Raquel Alonso: www.elmundo.es/espana/2017/07/17/596ba228e5fdeab34e8b45a4.html
(2) Entrevista de Cristina López Schlichting a Raquel Alonso:
(3) Alfonso López Quintás: La revolución oculta. PPC editorial. Segunda parte. IV. Circunstancias que favorecen hoy la manipulación
(4) Papa Francisco: Audiencia general 16 de diciembre de 2015 w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2015/documents/papa-francesco_20151216_udienza-generale.html

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