El fanatismo y su antídoto
‘Me llaman fanatini’ le
comentaba una mujer, muy expresiva en sus formas, que pedía consejo a un
sacerdote en el transcurso de una reunión multitudinaria. Le preocupaba que el
entusiasmo que derrochaba al transmitir su fe a las personas con las que se
relacionaba se confundiese con el fanatismo. El sacerdote le contestó: ‘Los
fanáticos no saben ni amar ni perdonar. ¿Tú amas y perdonas?’ ‘Con toda el
alma, padre’ –replico la mujer-… Ahí se detiene el recuerdo de este episodio cuya
plena fiabilidad está expuesta a las limitaciones de mi memoria.
Una persona entusiasmada con
deseos de contagiar puede abrumar o desconcertar, incluso sintonizando con el
contenido de su discurso. Pero si concurre además que ese ímpetu es sobrevenido,
a la incomodidad en el trato se une la perplejidad. ¿Qué le pasará? ¿Qué mosca
le ha picado? ¿A qué viene tanta fruición?
Raquel Alonso se casó con
un musulmán poco o nada practicante. Habían pasado catorce años de matrimonio cuando
tras la muerte de su suegro, que vivía en los Estados Unidos, Nabil, su esposo,
le “pidió ir a rezar a la mezquita… por la memoria de su padre”. A ella le “pareció
bien”. Pero pronto intensifica su implicación y empieza “a verle cambiar… Empieza
a hablarme de amigos nuevos, de gente que le dice que el rezo en grupo llega
antes a Dios. Yo en principio no le doy mayor importancia, es como si yo decido
ir a rezar a la iglesia todos los días de la semana porque estoy en una
situación de mi vida muy complicada. Es parte de su libertad.” (1)
Raquel empieza a
inquietarse cuando detecta cambios negativos en el carácter de Nabil: “ya no
tiene ese sentido del humor, se vuelve mucho más serio; ya ese cariño, ese amor
con el que decía siempre las cosas, desaparece; se vuelve irascible, ya utiliza
el grito para imponer su criterio y empiezan las discusiones; me trae un montón
de libros de religión que tienen que leer los niños; que ¡claro!, que todos
tenemos que ser musulmanes porque si no él iría al infierno, porque él es la
persona que se tiene que ocupar de la religión islámica de su familia; entonces
yo ahí ya freno… vamos a ir despacio… y cada vez toda la historia se va
recrudeciendo…” (2)
En su intento por
salvaguardar a sus hijos de la presión a la que les sometía su padre Raquel decide
convertirse al Islam: “Le expliqué que para educarles era mejor que los dos
fuéramos en la misma dirección… Ahí, a los niños ya los relaja por completo y
el objetivo era yo: yo me tenía que levantar a las cuatro de la mañana para
rezar… me prohíbe ir a la playa con mis padres… Me dice que las imágenes, las
fotos, están prohibidas…”. (1)
Hasta que un día irrumpe la
policía en su casa para detener a Nabil, porque formaba parte del grupo
islamista Brigada Al Andalus, una circunstancia que Raquel desconocía. Dice una
de sus entrevistadoras que 'ha reflexionado mucho pero sigue sin poder dar una
respuesta al gran misterio actual: ¿cómo un hombre inteligente y feliz deja que
le cambien hasta querer sacrificar no sólo su vida sino la de su hijo?' “Nabil
era una persona con cultura, bien posicionado económicamente, era director de
la división industrial de una multinacional alemana”, que tardó en
radicalizarse “creo que no llega a un mes” (1). ¿Cómo lograron persuadirle con
tanta facilidad? Quizá la falta de hábito en acudir a la mezquita fue un
obstáculo que dificultó el discernimiento al relacionarse con los fieles que
acudían.
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| Alfonso López Quintás |
La persuasión por sí misma
no es mala. Dice López Quintás que “es una vía hacia la participación en común
de la verdad que uno cree haber descubierto”. Actúa positivamente cuando “aporta
razones, apela a la inteligencia y la libertad de los demás, pone las cartas
boca arriba, muestra la eficacia de la propia orientación…”. Y quien la ejerce
debe “abordar las cuestiones con el ritmo adecuado” y tener “paciencia para
sugerir lo que uno entiende como verdadero sin imponerlo.” (3) No parece que en
el caso de Nabil se cumplieran estas premisas y de ahí de las perversas
consecuencias que se derivaron.
Raquel ha relatado su
experiencia en diversas entrevistas y en el libro Casada con el enemigo en el que narra el proceso traumático vivido por
ella y sus hijos durante tres años y cuyas secuelas todavía permanecen: estigmatizaciones,
amenazas, acosos… Aunque su caso se produce en un determinado entorno, conviene tener presente que situaciones
parecidas se producen en otros ámbitos: religiosos, políticos, sociales,
culturales… donde surgen grupúsculos perniciosos que pueden ejercer una amarga
influencia en algunas personas.
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| Papa Francisco |
No es el grado de
convencimiento sobre una idea o doctrina donde suele radicar el problema sino
en el comportamiento que produce su seguimiento. La anécdota inicial hacía una
distinción que nos puede dar pistas para discernir el grado de bondad de un sentimiento
vehementemente expresado aludiendo a unas palabras que también fueron utilizadas
por el papa Francisco en una audiencia general: “Amar y perdonar son el signo concreto y visible que la fe ha
transformado nuestro corazón y nos permite expresar en nosotros la vida
misma de Dios. Amar y perdonar como Dios ama y perdona. Este es un programa de
vida que no puede conocer interrupciones o excepciones, sino que nos empuja a
ir siempre más allá sin cansarnos nunca, con la certeza de ser sostenidos por
la presencia paterna de Dios.” (4)
(1) Entrevista de Ángeles
Escrivá a Raquel Alonso: www.elmundo.es/espana/2017/07/17/596ba228e5fdeab34e8b45a4.html
(2) Entrevista de Cristina
López Schlichting a Raquel Alonso:
(3) Alfonso López Quintás: La revolución oculta. PPC editorial. Segunda
parte. IV. Circunstancias que favorecen hoy la manipulación
(4) Papa Francisco: Audiencia general 16 de diciembre de 2015
w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2015/documents/papa-francesco_20151216_udienza-generale.html


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