martes, 10 de abril de 2018

Reconducir la irritación

La respuesta al exabrupto

Esperaba que el semáforo cambiase de tonalidad para cruzar la calle cuando oí de pronto: “esa de extrema derecha a la que han votado, esa tía buena, que dicen que la han votado por estar buena”. Me giré y vi a la joven mujer que había pronunciado esas palabras junto a un cochecito de bebé conversando con otras dos personas. Tanto el contenido como el tono empleado me sorprendieron y no sé qué puede haber de cosecha propia  y de opinión prestada en esa aseveración; ni conozco a la protagonista, ni lo que hablaron con anterioridad o posterioridad a aquel instante: el semáforo se puso verde y continué mi camino.

Comentarios despectivos como el expuesto los oímos con frecuencia por todos lados y las redes sociales se encargan muchas veces de difundirlos hasta la saciedad. Juicios precipitados, superficiales, temerarios y, en muchos casos, injustos en los que el desahogo se impone a la sensatez. Antes de vernos arrastrados por ellos -¡es tan fácil!- no estaría de más preguntarse en qué nos aprovechan, qué beneficio comportan para nuestra vida.

Chérie Carter-Scott advierte sobre la relación que hay entre la manera de expresarnos y lo que bulle en nuestro interior: “tus reacciones hacia los demás son  un barómetro de la percepción que tienes de ti mismo… no puedes amar u odiar algo en otra persona si no refleja algo que amas u odias en ti mismo” (1). Es decir, que una serena reflexión sobre la exteriorización de nuestros prontos, pueden ser una inestimable ayuda para el autoconocimiento.

San Agustín invita a hacer un ejercicio de autoexamen cuando se percibe una conducta que conviene corregir: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”. (2)

Dice también la escritora norteamericana que “no hay ningún aspecto de la vida que no contenga lecciones” (3). Valorados en frío nuestros comentarios hirientes, viscerales e irreflexivos pueden avergonzarnos, pero también ser alimento de la contumacia. De nosotros depende reconvertirlos en un estímulo de mejora personal si sabemos extraer de esas apasionadas expansiones emocionales un aprendizaje provechoso para nuestro itinerario vital.


(1) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Título original: If Life Is a Game, These Are the Rules (1998). Editorial Grijalbo (2000). Colección: Revelaciones. Traductor: Dimas Mas.  179 páginas. Capítulo 7.
(2) San Agustín: Sobre el Sermón de la Montaña, 2. Fuente: opusdei.org/es-es/article/la-correccion-fraterna/
(3) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Capítulo 5

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