La respuesta al exabrupto
Esperaba que el semáforo cambiase
de tonalidad para cruzar la calle cuando oí de pronto: “esa de extrema derecha a
la que han votado, esa tía buena, que dicen que la han votado por estar buena”.
Me giré y vi a la joven mujer que había pronunciado esas palabras junto a un
cochecito de bebé conversando con otras dos personas. Tanto el contenido como
el tono empleado me sorprendieron y no sé qué puede haber de cosecha
propia y de opinión prestada en esa
aseveración; ni conozco a la protagonista, ni lo que hablaron con anterioridad
o posterioridad a aquel instante: el semáforo se puso verde y continué mi
camino.
Comentarios despectivos
como el expuesto los oímos con frecuencia por todos lados y las redes
sociales se encargan muchas veces de difundirlos hasta la saciedad. Juicios
precipitados, superficiales, temerarios y, en muchos casos, injustos en los que
el desahogo se impone a la sensatez. Antes de vernos arrastrados por ellos -¡es
tan fácil!- no estaría de más preguntarse en qué nos aprovechan, qué beneficio
comportan para nuestra vida.
Chérie Carter-Scott advierte
sobre la relación que hay entre la manera de expresarnos y lo que bulle en
nuestro interior: “tus reacciones hacia los demás son un barómetro de la percepción que tienes de
ti mismo… no puedes amar u odiar algo en otra persona si no refleja algo que
amas u odias en ti mismo” (1). Es decir, que una serena reflexión sobre la
exteriorización de nuestros prontos, pueden ser una inestimable ayuda para el
autoconocimiento.
San Agustín invita a hacer
un ejercicio de autoexamen cuando se percibe una conducta que conviene
corregir: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos
cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y
que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora
no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la
misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”. (2)
Dice también la escritora norteamericana
que “no hay ningún aspecto de la vida que no contenga lecciones” (3). Valorados
en frío nuestros comentarios hirientes, viscerales e irreflexivos pueden
avergonzarnos, pero también ser alimento de la contumacia. De nosotros depende reconvertirlos
en un estímulo de mejora personal si sabemos extraer de esas apasionadas expansiones
emocionales un aprendizaje provechoso para nuestro itinerario vital.
(1) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Título original: If Life Is a Game, These Are the Rules (1998). Editorial Grijalbo (2000). Colección: Revelaciones. Traductor: Dimas Mas. 179 páginas. Capítulo 7.
(2) San Agustín: Sobre el Sermón de la Montaña, 2.
Fuente: opusdei.org/es-es/article/la-correccion-fraterna/
(3) Chérie Carter-Scott: El juego de la vida. Capítulo 5


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