Tras las apariencias
Era una
venerable nonagenaria con quien teníamos mi madre y yo muy buena relación. Con
nosotros se mostraba amable y cortés; por eso nos sorprendía cada vez que la
observábamos tratar a su marido con aspereza. En una de las ocasiones que le había
levantado la voz en nuestra presencia me comentó poco después –quizá captó mi
cara de extrañeza-: ‘Sabes, no me soporto y como no me soporto me he vuelto
insoportable’.
Algo parecido
podría ocurrirle a la anciana a la que se refiere C. S. Lewis en Cartas del diablo a su sobrino cuando diserta
sobre la gula. Con el ingenio que utiliza para desmontar estereotipos o sacarle
punta a los conceptos Lewis distingue entre la ‘gula por exceso’ –la
glotonería- y la ‘gula por exquisitez’, que es el núcleo de su exposición:
“La madre de
tu paciente… se quedaría perpleja si supiese que toda su vida ha estado
esclavizada por este tipo de sensualidad, que le resulta perfectamente
imperceptible por el hecho de que las cantidades en cuestión son pequeñas…
Esta señora
es una verdadera pesadilla para las anfitrionas y los criados… Nunca reconoce
como gula su afán de conseguir lo que quiere, por molesto que pueda resultarle
a los demás. Al tiempo que satisface su apetito, cree estar practicando la
templanza…
Su estómago
domina ahora toda su vida. Ella se encuentra en un estado de ánimo que puede
representarse por la frase «todo lo que quiero». Todo lo que quiere es una
tacita de té hecho como es debido, o un huevo correctamente pasado por agua, o
una rebanada de pan adecuadamente tostada; pero nunca encuentra ningún criado
ni amigo que pueda hacer estas cosas tan sencillas «como es debido», porque su
«como es debido» oculta una exigencia insaciable de los exactos y casi
imposibles placeres del paladar que cree recordar del pasado… los tiempos en
que sus sentidos eran más fácilmente complacidos y en los que otra clase de
placeres la hacían menos dependiente de los de la mesa. Entretanto, la
frustración cotidiana produce un cotidiano mal humor: las cocineras se despiden
y las amistades se enfrían…” (1)
“Quejumbrosidad,
impaciencia, dureza y egocentrismo”, son para Lewis algunos de los efectos que
provoca en esos paladares quisquillosos la afectada exquisitez gastronómica
constantemente insatisfecha de la que hacen gala, que menosprecia una y otra
vez a aquellos que se esfuerzan en complacer sus requerimientos. En esos
comportamientos Lewis atisba el aguijón de la vanidad, que al igual que se manifiesta
en la presunción artificiosa, también se hace presente en la coquetería que
enmascara con suaves formas un resquemor interior.![]() |
| Antoni Marí |
En los hechos
cotidianos es donde suelen quedar más patentes nuestras aspiraciones e impulsos
vitales. En la comida, al tiempo que se satisface una necesidad corporal, se nos
ofrece la posibilidad de relacionarnos –que también es una necesidad-. Hoy en
día hay que hacer frente a los impedimentos tecnológicos –que pretenden
acaparar constantemente nuestra atención- y las agendas apretadas –que empujan
a ir corriendo de un lado para otro- para aprovechar esta circunstancia de forma análoga a la que nos expone Antoni Marí en El
vaso de plata: “Mis padres siempre habían creído que el mejor lugar para
educar a los hijos era alrededor de una mesa. Es el momento más favorable para
explicar, comentar y preguntar por los problemas, por los acontecimientos y por
las decisiones de cada uno. Delante de un plato caliente, la proximidad
afectiva parece facilitar la comunicación.”
(1) C. S.
Lewis: Cartas del diablo a su sobrino.
Título
original: The Screwtape Letters. Capítulo
XVII
(2) Antoni
Marí: El vas de plata. Capítulo II:
Donar de menjar al qui te gana. Texto del fragmento en catalán:
'Els meus pares sempre havien cregut que el millor lloc per educar els
fills era al voltant d’una taula. És el moment mes favorable per explicar,
comentar i preguntar pels problemes, pels esdeveniments i per les decisions de
cadascú. Davant d’un plat calent, la proximitat afectiva sembla facilitar la
comunicació.'

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