miércoles, 13 de marzo de 2019

Paladar quisquilloso

Tras las apariencias


Era una venerable nonagenaria con quien teníamos mi madre y yo muy buena relación. Con nosotros se mostraba amable y cortés; por eso nos sorprendía cada vez que la observábamos tratar a su marido con aspereza. En una de las ocasiones que le había levantado la voz en nuestra presencia me comentó poco después –quizá captó mi cara de extrañeza-: ‘Sabes, no me soporto y como no me soporto me he vuelto insoportable’.

Algo parecido podría ocurrirle a la anciana a la que se refiere C. S. Lewis en Cartas del diablo a su sobrino cuando diserta sobre la gula. Con el ingenio que utiliza para desmontar estereotipos o sacarle punta a los conceptos Lewis distingue entre la ‘gula por exceso’ –la glotonería- y la ‘gula por exquisitez’, que es el núcleo de su exposición:

La madre de tu paciente… se quedaría perpleja si supiese que toda su vida ha estado esclavizada por este tipo de sensualidad, que le resulta perfectamente imperceptible por el hecho de que las cantidades en cuestión son pequeñas…

Esta señora es una verdadera pesadilla para las anfitrionas y los criados… Nunca reconoce como gula su afán de conseguir lo que quiere, por molesto que pueda resultarle a los demás. Al tiempo que satisface su apetito, cree estar practicando la templanza…

Su estómago domina ahora toda su vida. Ella se encuentra en un estado de ánimo que puede representarse por la frase «todo lo que quiero». Todo lo que quiere es una tacita de té hecho como es debido, o un huevo correctamente pasado por agua, o una rebanada de pan adecuadamente tostada; pero nunca encuentra ningún criado ni amigo que pueda hacer estas cosas tan sencillas «como es debido», porque su «como es debido» oculta una exigencia insaciable de los exactos y casi imposibles placeres del paladar que cree recordar del pasado… los tiempos en que sus sentidos eran más fácilmente complacidos y en los que otra clase de placeres la hacían menos dependiente de los de la mesa. Entretanto, la frustración cotidiana produce un cotidiano mal humor: las cocineras se despiden y las amistades se enfrían… (1)

Quejumbrosidad, impaciencia, dureza y egocentrismo”, son para Lewis algunos de los efectos que provoca en esos paladares quisquillosos la afectada exquisitez gastronómica constantemente insatisfecha de la que hacen gala, que menosprecia una y otra vez a aquellos que se esfuerzan en complacer sus requerimientos. En esos comportamientos Lewis atisba el aguijón de la vanidad, que al igual que se manifiesta en la presunción artificiosa, también se hace presente en la coquetería que enmascara con suaves formas un resquemor interior.

Antoni Marí
En los hechos cotidianos es donde suelen quedar más patentes nuestras aspiraciones e impulsos vitales. En la comida, al tiempo que se satisface una necesidad corporal, se nos ofrece la posibilidad de relacionarnos –que también es una necesidad-. Hoy en día hay que hacer frente a los impedimentos tecnológicos –que pretenden acaparar constantemente nuestra atención- y las agendas apretadas –que empujan a ir corriendo de un lado para otro- para aprovechar esta circunstancia de forma análoga a la que nos expone Antoni Marí en El vaso de plata: “Mis padres siempre habían creído que el mejor lugar para educar a los hijos era alrededor de una mesa. Es el momento más favorable para explicar, comentar y preguntar por los problemas, por los acontecimientos y por las decisiones de cada uno. Delante de un plato caliente, la proximidad afectiva parece facilitar la comunicación.

(1) C. S. Lewis: Cartas del diablo a su sobrino. Título original: The Screwtape Letters. Capítulo XVII
(2) Antoni Marí: El vas de plata. Capítulo II: Donar de menjar al qui te gana. Texto del fragmento en catalán:
'Els meus pares sempre havien cregut que el millor lloc per educar els fills era al voltant d’una taula. És el moment mes favorable per explicar, comentar i preguntar pels problemes, pels esdeveniments i per les decisions de cadascú. Davant d’un plat calent, la proximitat afectiva sembla facilitar la comunicació.'

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