Aspiraciones de una profesora
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| Secuencia de La profesora de historia |
El mundo de la burocracia mastodóntica
y autorreferencial, que trata Akira Kurosawa en Vivir (1) será tema de otro escrito –esa es la intención-. Vivir la
profesión supone ir más allá de la estricta obligación, darle un sentido que
trascienda el simple cumplimiento de la tarea, un para qué que estimule el
perfeccionamiento humano y profesional.
Una de las tareas más sensibles y con
mayor repercusión en la sociedad –a pesar de que no se reconozca
suficientemente- es la que desarrollan los maestros, de quienes se espera que
actúen vocacionalmente, es decir, que además de tener dominio suficiente de la
materia que tienen asignada, tengan una disposición positiva hacia los alumnos que educan, nutriéndoles
de conocimientos y guiando su desarrollo para que puedan dar lo mejor de sí
mismos. Querer no es siempre poder.
El profesor vocacional ha de adaptar su inquietud y disposición a las
condiciones en que ha de desarrollar su trabajo, pero con su actitud puede
ayudar a salvar obstáculos, limar asperezas y cambiar hábitos nocivos del
entorno.
William Saroyan contrapone en un capítulo de La comedia humana (2) dos conductas docentes antagónicas: la del
profesor de deporte que “no ha aprendido nada más que a dar coba a los que
considera superiores”, pretendiendo favorecer a los alumnos de familias
acomodadas; y la de la profesora de historia antigua alabada por su director: “es
la mejor profesora y la más veterana que hemos tenido en esta escuela”. Tras
una discrepancia entre ambos docentes por un asunto disciplinar, la profesora
expresa sus sentimientos a uno de sus alumnos –el protagonista principal de la
novela-, que incluyen las motivaciones que alientan su trabajo:
“Estoy ansiosa porque mis
chicos y chicas empiecen a esforzarse por actuar de forma honorable. No me importa lo que mis criaturas parezcan
en la superficie. No me engañan ni los modales elegantes ni los malos
modos. Me interesa lo que hay debajo de
los modales de cada clase. No me
importa si una de mis criaturas es rica o pobre, brillante o lenta, genial
u obtusa, con tal de que tenga humanidad,
de que tenga corazón, de que ame la verdad y el honor, de que respete tanto a sus inferiores como a
sus superiores. Y si las criaturas de mi clase son humanas, no quiero que todas sean humanas del mismo
modo. Con tal de que no sean corruptas, no me importan sus diferencias. Quiero que cada una de mis criaturas sea ella misma. No quiero que seáis otra persona solamente para complacerme o para
facilitar mi trabajo. Me hartaría muy pronto de una clase llena de jóvenes
damas y caballeros perfectos. Quiero que
mis criaturas sean gente, todos distintos, todos especiales, que cada uno de
ellos sea una variación agradable y excitante de los demás.”
Nobles deseos que engrandecen
a una profesional, que aunque parezcan utópicos, en el escenario educativo
actual, y anacrónicos, por el lenguaje utilizado –la novela se publicó en
1943-, pueden actuar como revulsivo para valorar, desde dentro y desde fuera,
el buen hacer de muchos profesores.
(1) Vivir. Título original:
Ikiru. Año: 1952. Duración: 143 min. País: Japón. Dirección: Akira Kurosawa
(2) William Saroyan: La comedia humana. Título original: The
Human Comedy (1943). Editorial: Acantilado – Colección: Narrativa del
Acantilado, número 76 – 4ª reimpresión (2013). Traductor: Javier Calvo. 210
páginas. Capítulo 12: La señorita Hicks.


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