El final es solo el principio
La vida continúa se suele
decir, a menudo cuando ocurre algún hecho desagradable. A la noche le sigue el
día cantaba Jimmy Fontana en El mundo
(1), un mundo que gira y gira por el espacio infinito. La vida continúa, pero
no de la misma manera, porque la actuación de cada ser humano incide en la
realidad que le envuelve. “Cada vida humana es más bien un todo de sentido… lo
que aquí y ahora ha hecho o dejado de hacer es algo irrevocable y forma ya
parte de su vida para siempre” dice el filósofo Robert Spaemann. (2)
No solo de su vida, porque
la biografía de cada ser humano repercute en su entorno: “Yo soy Matthew
Macauley, hace dos años que fallecí, pero una importante parte de mi vida sigue
viviendo y ahora comprendo que el fin es solo el principio. Al mirar hacia
abajo, a mi tierra natal de Ithaca, California, con sus manchas de viñedos y
huertas, tengo la sensación de que todavía una gran parte de mi ser sigue allí
en sus campos, calles, en la iglesia y sobre todo en mi casa donde mis
esperanzas, mis sueños, mis ambiciones, mi credo, siguen vivos en la actualidad
de mis seres queridos”, introduce en el guion el narrador de La comedia humana. (3)
Matthew contempla como su tránsito
vital incide en los miembros de su familia y en la comunidad en la que ha residido,
una interrelación que no se transforma en inoperante con su ausencia. “No
sabemos lo que a la larga se sigue de nuestras acciones. Podemos esperar que
los que vienen detrás de nosotros acepten y prosigan de alguna manera nuestras
intenciones. Nosotros mismos somos para ellos destino, lo mismo que ellos para
nosotros”, aunque “no tenemos en la mano este destino”, dice el filósofo
alemán. (2)
Al dejar rastro se
desconoce la totalidad del efecto que producirá. Cuando se produce una
despedida se abren huecos que acaban rellenándose; al faltar algo o alguien su
entorno sufre una recomposición. Lo tengo más presente desde que hace poco más
de dos meses me quedé sin un pequeño órgano enfermo para evitar males mayores.
Ahora el cuerpo está reajustando su funcionamiento sin la pieza que le falta y
al individuo que debe controlarlo le toca sobrellevar decorosamente las
molestias que conlleva el proceso, sin refugiarse en vanos lamentos. Recuerdo
la impresión que me produjo leer la reacción de Irene Villa –tenía once años-
al escuchar la reflexión de su madre pocos días después del atentado que ambas
sufrieron:
“-Irene, tenemos dos
opciones. La primera es vivir siempre amargadas, sufriendo, maldiciendo a
quienes nos han hecho esto y encerrarnos a llorar. La segunda es mirar hacia
delante y luchar con valor y optimismo por recuperar nuestras vidas.
No me lo pensé dos veces y,
a pesar de mi corta edad, contesté:
-Mamá, elijo lo segundo.
Decido que mi vida empieza aquí. Que he nacido sin piernas.” (4)
Una respuesta no se ha
quedado en simples palabras. Lo que conozco de la vida de Irene -lo que he
leído y lo que he escuchado- es admirable; refleja la grandeza que anida en el
ser humano cuando asume la realidad que le ha tocado vivir –por dolorosa que
sea- para proyectar su vida a partir de ahí: dando lo mejor de sí mismo,
aprovechando las oportunidades que se le presentan, exprimiendo el jugo
escondido en las circunstancias; viviendo intensamente, en definitiva.
Todos los seres humanos
transmiten y dejan huella a su alrededor, aunque en algunos casos parezca imperceptible.
Topamos “con amores que comienzan, con amores que se han ido; con las penas y
alegrías de la gente como yo” en este mundo que “no se ha parado ni un momento”,
donde “su noche muere y llega el día”. Sabemos que en el camino la vida se suceden
tramos llanos, con otros sinuosos o escarpados; donde la senda a seguir se ve a
veces con nitidez y otras se torna borrosa u oscura; pero nunca deja de tener
sentido seguir transitándolo; por muy negro que se nos pueda presentar en
ocasiones “ese día vendrá” (1).
(1) Jimmy Fontana: El Mundo. Título original: Il mondo. Se
puede escuchar la canción y leer la letra en https://www.musica.com/letras.asp?letra=2267754
(2) Robert Spaemann: Ética: cuestiones fundamentales (1987). Editorial:
Eunsa. Capítulo VIII: Serenidad o actitud ante lo que no podemos cambiar
(3) La comedia humana. Título original: The Human Comedy. Año: 1943. Duración: 118 min. País: Estados Unidos. Dirección:
Clarence Brown. Basada en el libro del mismo título de William Saroyan.
(4) Irene Villa: Saber que
se puede. Veinte años después (2011). Editorial: Ediciones Martínez Roca. 315
páginas
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