Más allá de la letra
Al inicio de su primera
encíclica, Benedicto XVI toma como referencia un versículo de la primera carta
de San Juan para especificar que supone ser cristiano: “Hemos creído en el amor
de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No
se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva.” (1)
En Las Confesiones, San Agustín da cuenta de sus limitaciones para
encontrar por sí mismo el camino que conduce a ese encuentro: “siendo yo débil
e incapaz de encontrar la verdad con las solas fuerzas de mi razón, comprendí
que debía apoyarme en la autoridad de las Escrituras y que tú no habrías podido
darle para todos los pueblos semejante autoridad si no quisieras que por ella
te pudiéramos buscar y encontrar.” (2)
En la lectura del texto
sagrado Agustín descubre dos niveles de comprensión: “tanto más venerable y
digna de fe me parecía la Escritura, cuanto que por una parte, quedaba
accesible a todos y por otra reservaba la intelección de sus secretos a una
interpretación más profunda. A todos está abierta con la simplicidad de sus
palabras y la humildad de su estilo, con la cual ejercita, sin embargo, el
entendimiento de los que no son superficiales de corazón; a todos acoge en su
amplio regazo, pero a pocos encamina a ti por angostas rendijas.” (2)
El conocimiento de las
Escrituras conduce al umbral del
misterio, pero para traspasarlo hace falta algo más: una disposición interior
para acoger la palabra y permitir que germine. A esa disposición se refiere
Benedicto XVI en el prefacio de La fuerza
del silencio, el libro que recoge un conjunto de reflexiones del cardenal
Robert Sarah:
“¿Qué significa percibir el
silencio de Jesús y reconocerlo por su permanecer en el silencio? Sabemos por
los Evangelios que Jesús pasó de continuo noches a solas en el monte rezando,
en diálogo con el Padre. Sabemos que su hablar, su palabra, proviene de
permanecer en silencio y que solo en el silencio podía madurar. Es iluminador,
por eso, el hecho de que su palabra solo puede comprenderse de modo cabal si se
penetra también en su silencio; solo si se aprende a escucharla a partir de su
permanecer en silencio.
Ciertamente, para
interpretar las palabras de Jesús se necesita una competencia histórica que nos
enseñe a conocer el tiempo y el lenguaje de entonces. Sin embargo, solo eso no
basta, en cualquier caso, para captar el mensaje del Señor en toda su hondura.
Quien lee hoy comentarios de los Evangelios, vueltos cada vez más voluminosos,
al final queda defraudado. Aprende muchas cosas útiles sobre el pasado, y
muchas hipótesis, pero que en nada propician la comprensión del texto. Se acaba
con la sensación de que a esa exuberancia de palabras le falta algo esencial:
penetrar en el silencio de Jesús, del que nace su palabra. Si no conseguimos
introducirnos en ese silencio, siempre escucharemos tan solo superficialmente la
palabra y así no la comprenderemos de verdad.” (3)
(1) Benedicto XVI: Carta
encíclica Deus caritas est.
Introducción, punto 1
(2) San Agustín: Las
confesiones. Libro VI, capítulo V, punto 8
(3) Robert Sarah: La fuerza
del silencio. Prefacio de Benedicto XVI
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