sábado, 12 de octubre de 2019

Los papeles en su sitio

Juicio a Dios (y II)


En la publicación anterior hacía hincapié en la increencia que se sustenta en la decepción que produce que no se cumplan las expectativas que uno espera de la providencia divina: porqués que no encuentran paraqués.

En las sociedades acomodadas o ilustradas la relación con Dios se resiente porque la sensación de bienestar va unida a la presunción de autonomía existencial, que relega la influencia divina a tradiciones culturales y rituales que apenas tienen incidencia en la conducta habitual o se considera anacrónica.

Jacques Servais le preguntaba sobre ello al papa emérito Benedicto XVI (1) haciendo referencia a lo que había escrito el año 2000 en la revista Communio en el que comparaba ‘la experiencia religiosa de Lutero… dominada por el terror ante la cólera de Dios’, con el sentimiento del hombre moderno, marcado más bien por la ausencia de Dios’, para el que ‘el problema no es tanto cómo asegurarse la vida eterna, sino más bien garantizarse, en las precarias condiciones de nuestro mundo, un cierto equilibrio de vida plenamente humana.’

Dios marginado de la vida, un estorbo para los prosaicos anhelos humanos marcados por el utilitarismo, que contrapone vivencia y trascendencia: ‘Primum vivere deinde philosophari’. El pontífice emérito, sin embargo, incide en unas tendencias que suponen un cambio de papeles entre la criatura y el Creador: Para el hombre de hoy, respecto al tiempo de Lutero y a la perspectiva clásica de la fe cristiana, las cosas, en cierto sentido, se han vuelto del revés; o sea, ya no es el hombre quien cree necesitar la justificación ante Dios, sino que es del parecer de que Dios es quien debe justificarse de todas las cosas horrendas presentes en el mundo y ante la miseria del ser humano, cosas todas que, en última instancia, dependerían de Él.”

Benedicto XVI
Dios en el banquillo de los acusados convertido en el chivo expiatorio de todo aquello que daña la sensibilidad buenista de un ser humano inmerso en la cultura del bienestar, que suele ser impermeable a reconocer la mínima autocrítica por su comportamiento: si las cosas son así es porque Dios lo permite o no hace nada para evitarlo, y tiene que rendir cuentas por ello.

Jacques Servais
Asumido este planteamiento cabe reformular cuestiones doctrinales para que encajen, como advierte Benedicto XVI: “A este propósito, me parece indicativo que un teólogo católico asuma de modo directo y formal dicho enfoque: Cristo no habría padecido por los pecados de los hombres, sino que habría, por así decir, borrado las culpas de Dios. Es decir, Cristo sufriendo y muriendo en la cruz para disculpar y reparar lo mal que lo había hecho su Padre (¿?) -‘hay gente pa tó’-. Un criterio que podría llevar a la conclusión de que todavía no ha escarmentado. El papa emérito responde de una manera más razonada a dicho teólogo: al dar la vuelta a esa perspectiva, surge la siguiente verdad: simplemente Dios no puede dejar como está la masa del mal que deriva de la libertad que Él mismo ha concedido. Solo él, viniendo a formar parte del sufrimiento del mundo, puede redimir el mundo.”

A Dios se le margina, se le culpabiliza o criminaliza y, con un cierto aire supremacista, también se le imponen deberes: “el hombre de hoy tiene mayormente la sensación de que Dios no puede dejar que se pierda la mayor parte de la humanidad. En este sentido, la preocupación por la salvación típica de un tiempo casi ha desaparecido.” Quizá se trate de una interpretación distorsionada, que abusa de la bondad de Dios, de las palabras de san Pablo: “(Dios) quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.” (2)

El retorno del hijo pródigo
de Rembrandt
Sin embargo, Benedicto XVI considera que continúa existiendo, de otro modo, la percepción de que necesitamos la gracia y el perdón. Para mí es un «signo de los tiempos» el hecho de que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante”, tras el impulso que le dio el papa Juan Pablo II que afirmaba: “que la misericordia es la única verdadera y última reacción eficaz contra la potencia del mal. Solo donde hay misericordia acaba la crueldad, acaban el mal y la violencia.” Un testigo que ha recogido su sucesor, el papa Francisco, en su práctica pastoral: Es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras la justicia nos asusta en su presencia. En mi opinión, esto demuestra que, bajo la pátina de su seguridad y de su justicia, el hombre de hoy esconde un profundo conocimiento de sus heridas y de su indignidad ante Dios. Está esperando la misericordia.”

Misericordia quiere decir brazos abiertos para acoger a pesar de los pesares, siempre que se esté dispuesto a ser acogido, como enseña Jesús en la conocida parábola del hijo pródigo: la respuesta amorosa y gozosa del padre respecto a un hijo que le había abandonado y regresa, consciente de su situación miserable tras llevar una vida azarosa, acercándose a su progenitor reconociendo su detestable comportamiento: “’Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo’.” (3) Para restablecer la buena sintonía en la relación con Dios es necesario situarse en el lugar que a uno le corresponde: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, dice san Agustín. (4)

(1) Benedicto XVI: La fe no es una idea sino la vida, entrevista de Jacques Servais publicada en L'Osservatore Romano el 23 de marzo de 2016, que también está incluida en el libro de Daniele Libanori: Per mezzo de la fede. Doctrina de la giustificazione ed esperienza di Dio nella predicazione de la Iglesia e negli Esercizi Spirituali . La entrevista completa traducida por Luis Montoya se puede consultar en https://www.almudi.org/articulos/10669-la-fe-no-es-una-idea-sino-la-vida.
(2) 1ª Carta de san Pablo a Timoteo, capítulo 2, versículo 4
(3) Evangelio según san Lucas, capítulo 15, versículo 21
(4) San Agustín de Hipona: Sermón 169, número 13

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