viernes, 8 de mayo de 2020

El aislante de la responsabilidad


El arte de endosar el marrón


Los desencuentros, los enfados, las decepciones… desembocan muchas veces en atribución de culpas externas, incluso cuando se enmascaran en la desdeñosa autoinculpación que da a entender la canción ‘Échame a mí la culpa’ (1).

En las crisis, los grandes fracasos, las catástrofes, los estropicios mayúsculos que sufren las sociedades emerge de una forma más notoria el recurso a vestir las causas con una camiseta, un emblema, una bandera… que pertenecen a otros. Desentenderse de la propia responsabilidad descargando los errores, las faltas y los horrores que se han cometido (personales o colectivos) es una práctica milenaria. Uno de los ritos del Día de la Expiación, el Yom Kippur, que celebraba el pueblo judío, consistía en que un macho cabrío cargaba sobre sí “todas las iniquidades de los israelitas, todas sus rebeldías y todos sus pecados” y era enviado al desierto; así quedaba resarcida la culpa. El animal afectado se convertía en el chivo expiatorio. (2)

En la actualidad el chivo expiatorio es una de las artimañas se procura introducir en lo que se viene en llamar ‘el relato’, que ocupa un lugar preferente respecto a ‘los hechos’. El diccionario contempla dos acepciones de relato: “conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho” y “narración, cuento”. El discurso que distorsiona la realidad de las cosas o de los acontecimientos es el que mezcla ambos significados con intención de enredar, lo que suele conseguir cuando dota de una apariencia verosímil lo que es una patraña. Es una de las argucias de la propaganda: conseguir que un gran número de personas se trague el cuento, aunque poco o nada tenga que ver con la realidad.

El recurso al ‘chivo expiatorio’ puede ser consecuencia de diversos tipos de conductas que en algunos casos son concomitantes. Puede ser la máscara para ocultar la incompetencia; puede ser una manifestación de inmadurez: incapacidad para asumir responsabilidades; pero me parece especialmente significativo lo que esgrime Scott Peck en el estudio que realiza sobre la maldad (3) asociándolo a una actitud narcisista: “una característica predominante de la conducta de los que yo llamo individuos malos es buscar un CHIVO EXPIATORIO. Como en el fondo ellos se consideran irreprochables, deben castigar a cualquiera que les haga reproches. Sacrifican a otros para conservar su propia imagen de perfección.” Previamente Peck identifica donde radica esta actitud: “no son los pecados per se los que caracterizan a las personas malas, sino la sutileza, la persistencia y la consistencia de sus pecados. Esto se debe a que el defecto central del mal no es el pecado sino la negativa a reconocerlo.”

En el mundo político se concentra mucho oropel narcisista. Bien sea por iniciativa propia o por asesoramiento, se aplica una estrategia que considera inadecuado reconocer cualquier desliz y se destina muchas energías a disfrazarlo. No se soporta ninguna mancha en el expediente aunque el lamparón sea ostensible. El currículum oficial ha de maquillarse para que parezca impoluto a pesar del polvo que acumula. Todo vale para mantener una situación privilegiada y dejar intacta la posibilidad de trepar a un nivel superior.

También desde las tribunas mediáticas se recurre al chivo expiatorio para defender simpatías o intereses tratando la información y su tratamiento de manera sesgada, trasladando a la opinión pública una imagen distorsionada de la realidad. En una entrevista el reputado reportero Ryszard Kapuściński le dice a su entrevistadora: nuestra profesión no puede ser ejercida correctamente por nadie que sea un cínico. Es necesario diferenciar: una cosa es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente necesario, de otro modo no se podría hacer periodismo. Algo muy distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una forma seria… Quien decide hacer este trabajo y está dispuesto a dejarse la piel en ello, con riesgo y sufrimiento, no puede ser un cínico.” (4) Desgraciadamente algunos de los comunicadores que cuentan con una nutrida audiencia no se dan por enterados y su forma de hacer periodismo transita por un camino tendencioso más proclive a la distorsión, la agitación y la propaganda.

Si unos y otros se desenvuelven en su espacio con holgura, incluso con prestigio, embarrando y oscureciendo el terreno de juego es porque se ven favorecidos por la pasividad y la condescendencia de mucha ‘buena gente’, como expresaba Edmund Burke: “lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada” (5). Peck lo tilda de la ‘haraganería’ por la que uno se desentiende de asuntos que afectan a la convivencia o al funcionamiento de una colectividad porque “es fácil seguir, y mucho más fácil ser seguidor, que líder. No hay necesidad de pasar por la agonía de tomar decisiones complejas, planear por anticipado, ejercer la iniciativa, arriesgarse a ser impopular o esforzarse con mucho coraje.” Y advierte: El adulto individualcuando asume el rol de seguidor entrega su poder al líder: su autoridad sobre sí mismo y su madurez en la toma de decisiones. Se torna psicológicamente dependiente del líder como un chico es dependiente de sus padres.” Y todo ello por la aversión a complicarse la vida en asuntos comunitarios.

(1) Albert Hammond: Échame a mí la culpa. Ver letra en enlace
(2) Ver en el enlace https://ec.aciprensa.com/wiki/Yom_Kippur una exposición del origen y práctica de esta tradición.
(3) M. Scott Peck: El mal y la mentira. Título original: People of the Lie. The Hope For Healing Human Evil (1983). Editorial: Emecé editores – 1ª edición (1995). Traducción de Alicia Steimberg. 171 páginas. Fragmentos utilizados situados en páginas, 42, 45 y 141.
(4) Entrevista de María Nadotti incluida en el libro: Ryszard Kapuściński: Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Título original: Il cinico non è adatto a questo mestiere. Conversazione sul buon giornalismo (2000). Editorial: Anagrama – Colección: Compactos Anagrama, número 365 – 6ª edición (2010). 125 páginas. Edición de Maria Nadotti. Fragmento en página 53
(5) Extraído de https://akifrases.com/frase/105278

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