Un muro (casi) infranqueable
Había echado una ojeada al
blog El café de Ocata, donde Gregorio
Luri vierte diariamente algunas de sus reflexiones, que suelen ser ilustrativas
y sugerentes, no sólo por lo que dice sino por las pistas que deja si se
quiere ampliar algún conocimiento. En una de ellas hacía mención al blog Andar y ver de Jesús Silva-Herzog. Ese
fragmento concluía citando a Francis Bacon y el concepto “sesgo de
confirmación”, al que me referiré en otra entrada.
La intención de reproducir
un fragmento de la publicación de Silva-Herzog con una breve introducción quedó
modificada tras escuchar la intervención en la radio de quien conducía una
tertulia que versaba sobre las tentaciones intervencionistas en que puede derivar
la crisis epidémica que estamos sufriendo. Destacaba la honestidad de quienes fieles
a su credo ideológico instan a limitar un sinfín de libertades que quedarían
sometidas a la discrecionalidad del poder político. Le envié un email discrepando
de esta apreciación; la honestidad es una actitud demasiado hermosa para
distorsionarla aludiendo a lo que puede parecer una actuación coherente con lo
manifestado con anterioridad. ¿Se puede considerar honesto quien cumple una
amenaza; quien está dispuesto a desfigurar la realidad para encajonarla en su
estrechez de miras; quien no duda en pisotear a quien sea para conseguir su
objetivo; quien se arroga una representación que no tiene; quien utiliza la
necesidad ajena para encumbrarse; quien una y otra vez contradice sus palabras
con su comportamiento?… ¿Qué virtud hay en la contumacia; qué virtud hay en la
egolatría; qué virtud hay en la ambición desmedida; qué virtud hay en quien difama
o calumnia con fruición?
En la publicación del 13 de
abril Silva-Herzog disertaba sobre las respuestas a la crisis y dedicaba su
parte final a la actitud prácticamente impenetrable del ideólogo, cuya
estrategia es la de la gota malaya para penetrar en el cerebro de los demás; obstinado
hasta la contumacia, no se sale un ápice de su propio guion, por muy equivocado
que esté, por muy erráticos que sean sus planteamientos. Silva Herzog escribe
el 13 de abril:
«La falta de realismo
político, eso que Isaiah Berlin llamaba “sentido de realidad” es, aunque
parezca extraño, resultado de una imaginación seca. El ideócrata… es incapaz de
pensar algo que contradiga su preconcepción. Si durante años ha repetido el
mismo cuento, no puede imaginar un relato que se separe del mural. Si ha
pintado el mundo con los mismos colores elementales, es incapaz de aceptar que
haya otros pigmentos, otros tonos, algún claroscuro. Si ha enviado al infierno
a unos y si a otros los ha elevado al paraíso, no puede admitir en ningún
momento que los condenados sorprendan con alguna virtud o que los santos tropiecen.
El prejuicio sofoca la imaginación y por eso cancela el trato saludable con la
realidad. Un permiso le está vedado al ideólogo: dudar del credo. La fidelidad
ideológica, el hermetismo de las convicciones cancela como impensables todos
los hechos, todos los datos, todos los argumentos y las voces que se han
descartado previamente. No puede verse lo que se tiene delante de la nariz
porque el cerebro ya ha condenado a una parte de la realidad a la categoría de
lo impensable. La imaginación es la perdición del ideólogo porque lo tienta a
dudar.» (1)
La influencia del ideólogo
se nutre de la credulidad superficial que no se molesta en comprobar si hay
podredumbre en el interior de la atractiva zanahoria que les muestra, se observa
el fogonazo de la bengala pero no se atiende al palitroque chamuscado que deja
tras de sí. Persuade la seguridad que transmite, los ideales que dice
perseguir, pero la contradicción de sus seguidores queda de manifiesto cuando
se muestran impermeables y molestos ante cualquier discrepancia y acosan con
saña a quien disiente.
Los momentos de debilidad
social, de incertidumbre, de temor por lo que pueda pasar, se prestan a la propagación
de la ideología; la resistencia a sus tesis está más mermada, porque en esas
circunstancias la simpleza de sus argumentos y su acerada contumacia resulta
más incisiva.
Una sociedad se hace fuerte
en la medida en que sus miembros tienen sentido de comunidad, donde cada uno
pone de su parte para el bien común. Conformarse en ser colectividad, ya no
digo masa, empobrece la convivencia y crea continuos recelos. Estos días hay
muchos ejemplos solidarios desde distintos ámbitos dignos de admiración que merecen
ser resaltados y por ello conviene no banalizarlos ni darlos por supuesto. De
lo que hay que desconfiar es de quienes pretenden transmitir una imagen
sesgada, desdeñando lo que no encaja en sus cánones e intentando acaparar para
sí toda la atención para ponerse medallas y prestos para demonizar a los que no
son de su cuerda.

No hay comentarios:
Publicar un comentario