Sabiduría magisterial
¡Menuda pieza el Alcibíades retratado por Platón! Todos los que han intentado influir en su formación han fracasado; incluso pasa de su tutor, el gran Pericles, que se desentiende de él: «Tengo yo la culpa, por no haberme aplicado a nada de lo que él me ha dicho». Sócrates se mantiene al margen sin dejar de interesarse por él, esperando el momento oportuno para intervenir. Cuando lo hace, reprocha la actitud servil de algunos de sus mentores: «En todo el tiempo que ha durado mi silencio, no he cesado de mirar y juzgar la conducta que has observado con mis rivales; entre el gran número de hombres orgullosos que se han mostrado adictos a ti, no hay uno que no hayas rechazado con tus desdenes, y quiero explicarte la causa de este tu desprecio para con ellos»; así como muestra poco aprecio por la destreza pedagógica de su tutor: «¿Puedes nombrarme alguno a quien Pericles haya hecho hábil?» (1)El piadoso Sócrates actúa cuando
todos los demás han desistido: «Mientras eras joven y no tenías esta gran
ambición, Dios no me permitió hablarte, para no malgastar el tiempo. Hoy me lo
permite, porque ya tienes capacidad para entenderme.» En el preámbulo del
diálogo Sócrates expone a Alcibíades las notas que caracterizan su arrogancia: «Tú
crees no necesitar de nadie, tan generosa y liberal ha sido contigo la
naturaleza, comenzando por el cuerpo y concluyendo con el alma. En primer lugar
te crees el más hermoso y más bien formado de todos los hombres… En segundo
lugar, tú te crees pertenecer a una de las más ilustres familias de Atenas… Por
tu padre cuentas con numerosos y poderosos amigos, que te apoyarán en cualquier
lance… Pero a tus ojos el principal apoyo es Pericles… cuya autoridad es tan
grande, que hace todo lo que quiere…». Agraciado físicamente, con buenos contactos
y un poderoso padrino: ¿no son ingredientes apetecibles para triunfar social y
políticamente?, ¿no son acaso suculento alimento para la prepotencia?: «Todas
estas grandes ventajas te han inspirado tanta vanidad, que has despreciado a
todos… como hombres demasiado inferiores a ti, y así ha resultado que todos se
han retirado».
La actitud de Sócrates intriga a Alcibíades: «tenía intención de preguntarte yo el primero qué es lo que justifica tu perseverancia… no puedo menos de sorprenderme de esta conducta tuya, y será para mí un placer el que me digas cuáles son tus miras.» Sócrates le anticipa su propósito: «te voy a descubrir otros pensamientos bien diferentes sobre ti mismo, y por esto conocerás que mi terquedad en no perderte de vista no ha tenido otro objeto que estudiarte.» Luego hurga en su punto débil para ganarse su atención: «como tú tienes esperanza de que desde el momento en que hayas hecho ver a tus conciudadanos lo digno que eres de los más grandes honores, ellos te dejarán dueño de todo, yo espero en igual forma adquirir gran crédito para contigo desde el acto en que te haya convencido de que... pueda darte el poder a que aspiras... como más digno que ningún otro..., auxiliado de Dios.» Y Alcibíades se pone a tiro para escuchar: «¿cómo conseguirás probarme que con tu socorro llegaré a conseguir las grandes cosas que medito, y que sin ti no puedo prometerme nada?»
A partir de ahí Sócrates
desarrolla su peculiar método pedagógico cargado de preguntas orientadas a que
aflore el pensamiento de su discípulo sobre la cuestión tratada (educere:
guiar) para instruir luego (educare: enseñar). Puede resultar cansino para el
que se somete a ello, incluso llegar a desesperar o desconcertar cuando no se
atisba próximo el fin del interrogatorio: «Te juro, Sócrates, por todos los
dioses, que yo mismo no sé lo que me digo, y que corro gran riesgo de estar
dentro de algún tiempo en muy mal estado, sin apercibirme de ello».
El diálogo continúa porque
Alcibíades reconoce la honestidad de Sócrates: «Puedes explicarme, Sócrates,
¿cuál es el cuidado que debo tomar de mí mismo? porque me hablas, lo confieso,
con más sinceridad que ningún otro.» Lo trataré en otro momento.
Observo en este diálogo un cierto paralelismo con el diálogo evangélico de Jesús con la samaritana. Así como la prepotencia de Alcibíades podía retener a Sócrates, las inexistentes relaciones entre judíos y samaritanos convertían en imprudente el contacto de Jesús con la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?». Como Sócrates, Jesús rompe el hielo haciéndose el encontradizo y declarándose portador de un mensaje que le interesa conocer a su interlocutora: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva»; antesala de un diálogo respetuoso donde la interlocutora descubre el origen de lo que le impide crecer como persona: «me ha dicho todo lo que he hecho». En ese punto, la conversación se encamina a iluminar la senda que permite a la oyente dar sentido a su existencia y ser capaz de dar lo mejor de sí misma.
El buen maestro siempre
está al quite y presto para actuar cuando sea preciso, sin necesidad de
avasallar, con respeto; porque confía en las posibilidades de mejora de su
discípulo, porque está dispuesto a servirle de ayuda cuando lo requieran las
circunstancias.
(1) Las citas del libro de Platón: El primer Alcibíades o de la naturaleza humana, corresponden a la versión incluida en las Obras completas de Platón, por Patricio de Azcárate, tomo primero, Madrid 1871, páginas 117-199, extraída del enlace: http://www.filosofia.org/cla/pla/azc01117.htm
(2) El episodio de la conversación de Jesús con la samaritana se encuentra en el Evangelio según san Juan, capítulo 4, versículos 5 a 42



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