La perversidad del estigma social
Los estigmas sociales son una de las realidades más injustas y lacerantes que contaminan y corrompen la sana convivencia de una sociedad. El ser humano individual queda marginado para ser englobado en un relato construido desde la deformación que proviene de la murmuración, la maledicencia, el prejuicio, la codicia, la envidia, el temor… En los testimonios recogidos por Svetlana Alexiévich en La guerra no tiene rostro de mujer (1) quedan plasmados algunos, pero quizá el que más incomprensión me produjo fue el que sufrieron muchas mujeres jóvenes soviéticas, que combatieron en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, una vez finalizada la contienda.
La mayor parte de ellas se habían alistado por fervor patriótico.
La invasión del ejército alemán fue el detonante de su decisión. Pese a que la
sociedad asignaba esta tarea exclusivamente a los hombres, ellas dejaron de
lado los convencionalismos y porfiaron por alistarse para combatir. No querían
quedarse de brazos cruzados mientras su tierra y su modo de vida estaban siendo
amenazados por el avance de las tropas invasoras.
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Sin embargo, al finalizar la guerra su labor en defensa de su país no fue reconocida hasta pasados muchos años por los gobernantes soviéticos y, además, muchas de ellas vivieron en sus propias carnes los efectos de un rechazo social que se había ido fraguando mientras ponían en riesgo sus vidas: dificultades para encontrar pareja, ser tachadas de frívolas o busconas, ser consideradas un lastre para sus propias familias…
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«El 7 de junio era mi gran día, el día de mi boda.
Nuestra unidad nos organizó una fiesta a lo grande. A mi marido lo conocía
desde hacía mucho tiempo: era capitán, el comandante de la compañía. Los dos
nos lo prometimos: “Si sobrevivimos, después de la guerra nos casaremos”. Nos
concedieron un mes de permiso…
»Fuimos a Kineshma, en la provincia de Ivánov, donde
vivían sus padres. Yo me sentía una heroína, nunca se me había pasado por la
cabeza en cómo recibirían a una chica del frente. Habíamos recorrido un camino
tan largo, habíamos devuelto tantos hijos a sus madres, tantos maridos a las
esposas… Y de pronto… Entendí lo que es un ultraje, escuché palabras ofensivas.
Antes de eso no había oído otra cosa que no fuera: “Hermanita querida”,
“Hermanita mía”. Y además yo no era una cualquiera, era guapa. Y me habían dado
un uniforme nuevo.
»Por la noche nos sentamos a tomar el té, la madre llamó
a su hijo a la cocina y lloró: “¿Con quién te has casado? Es una fulana del
frente… Tienes dos hermanas pequeñas. ¿Quién querrá ahora casarse con
ellas?". Incluso ahora lo recuerdo y me vienen ganas de llorar. Imagínese:
llevé un disco, me gustaba mucho. La canción decía: “Tienes todo el derecho a
calzar los zapatos de moda…”. Se refería a una chica que había combatido. Puse
esa canción, su hermana se acercó y delante de mí rompió el disco, como
diciéndome que yo no tenía derecho a nada. Ellos destruyeron todas mis
fotografías del frente… Ay, querida, no tengo palabras para eso. No tengo
palabras…» (2)
Es un ejemplo de la perversidad que acompaña a cualquier estigma social, que debería ayudarnos a ser más cautos cuando juzgamos a las personas y evitar dejarse arrastrar por habladurías relacionadas con alguna de sus características.
* Fotografías recogidas de https://mpr21.info/el-papel-de-la-mujer-sovietica-en-la/
(1) Svetlana Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer. Título original: U voini ne
zhenskoe lizo (2004). Editorial: Debate – 1ª edición (2015). Traductoras: Yulia
Dobrovolskaia y Zahara García González. 365 páginas.



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