Soltar amarras
¿Somos demasiado condescendientes con los hijos? Había leído una de las conferencias reproducidas en Vivir, amar y aprender de Leo Buscaglia, en el que hay un fragmento donde el autor expone una experiencia personal que le hizo espabilar. Al principio no le di especial importancia; sin embargo, unas horas más tarde me pareció que valía la pena compartirlo. Mientras lo releía en el ordenador, me acabó de decidir un comentario de mi esposa de lo que le había dicho una compañera acerca del desinterés de sus hijos por las cosas de la casa. Pensé que era una buena ocasión para leer en voz alta el fragmento pese a que el auditorio estaba entretenido con la Wii o plegaba ropa. Lo hice tras hacer la oportuna advertencia y no percibí desinterés manifiesto por escucharlo… ¡Quien no se consuela es porque no quiere!Dice Buscaglia:
«Lo que verdaderamente nos hace falta son buenos modelos.
Necesitamos modelos de amor, personas que nos lo demuestren.
Muchos de ustedes saben que me crie en una enorme,
fantástica y cariñosa familia italiana. Aprendí muchas cosas de mis modelos, y
la mayoría de ellas me fueron enseñadas sin saberlo. Por empezar, aprendí que
necesitamos ser amados. Por eso me he pasado la vida amando, y me ha encantado.
Así aprendí a compartir y adquirí de mi madre un notable sentido de la responsabilidad. Era una mujer inculta. Pero cuando ella decía algo, le entendíamos. Esto siempre me pareció gracioso cuando fui a la universidad y estudié todas esas teorías sobre el asesoramiento y aquellas ideas de permisividad. Mamá era la más magnífica asesora permisiva que conocí. Nos decía: '¡Cállate la boca!' y siempre sabíamos lo que quería decir. Era una estupenda forma de interacción con la familia. No debe sorprender, por lo tanto, que ninguno de nosotros haya tenido jamás problema mental alguno.
Recuerdo que, de chico, quise ir a París. 'Niño, eres demasiado joven para viajar'. 'Pero mamá, yo quiero ir'. En esa época Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir habían irrumpido en escena con el concepto del existencialismo, y deseaba ir allí porque había oído que los hombres se sentían angustiados y quería probarlo todo. 'Está bien, irás, pero si te marchas, te declararás un adulto y después ya no podrás pedirme nada. Eres mayor. Eres libre, vete'.
Fue fantástico. No tenía demasiado dinero, pero pude vivir el sueño de muchos. Me instalé en un cuarto muy pequeño. Desde mi claraboya podía ver los techos de París. Me sentaba cerca de Sartre y de Beauvoir (aunque no comprendía ni una palabra de lo que decían) y disfrutaba ampliamente. ¡Cuánto sufría también! Fue estupendo también vivir a base de queso camembert y vino francés. Muy pronto me quedé sin dinero. No tenía verdadera conciencia del dinero. Compartía lo mío con todos. Siempre había una botella de vino que todos venían a beber conmigo. Así me habían criado, esos habían sido los modelos. Cuando llegaba el cartero a casa, papá lo convidaba con un vaso de vino. 'Pobre hombre, todo el día trabajando. Le hace falta un poco de vino'. Nosotros nos oponíamos: '¡Papá, no le des vino!'. Era terrible cuando venía la maestra y papá le ofrecía vino. 'La maestra no va a beber'. Después nos quedábamos azorados al comprobar que sí bebía. ¡No era tonta!
Pero recuerdo haber llegado a un punto en que casi se me había acabado el dinero. Fui a la oficina de telégrafo de París y, para ahorrar dinero, envié un simple mensaje: 'Me muero de hambre'. Pocas palabras pero importantes. Veinticuatro horas más tarde recibí un telegrama de mi madre que decía: '¡Muérete de hambre!'. ¡El momento de la verdad! Finalmente me había convertido en un adulto. ¿Qué podía hacer? Les diré lo que eso me enseñó. Me enseñó el hambre, el frío, no sólo físicamente sino el frío de no tener botellas de vino para compartir y no ver más a los supuestos 'amigos'. Mucho fue lo que me enseñó, y jamás lo habría aprendido si mamá me hubiese enviado un cheque. Me quedé allí sólo para demostrarle que podía hacerlo. Varios meses más tarde, cuando volví a casa, ella me dijo una noche: 'Fue muy difícil para mí también, pero nunca habrías crecido'. Era verdad.» (1)
Mi esposa comentó: ‘Está bien pero yo sería incapaz de desatender a mis hijas en esas circunstancias’. Yo recordé lo que me dijo mi madre cuando le dije entusiasmado a mi madre: ‘¡He aprobado la reválida de cuarto!’ Y me dijo: ‘Entonces ya puedes buscar trabajo’. Tenía catorce años y mi tarea los días siguientes consistío en observar las ofertas de trabajo en La Vanguardia y recorrer la ciudad para visitar las empresas. Pocos días después empezó mi vida laboral, que meses más tarde había de compatibilizar con la continuación de los estudios académicos.(1) Leo Buscaglia: Vivir, amar y aprender. Título original: Living, loving & learning (1982). Editor: espaebook. Capítulo: Juntos.





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