Fomento de la paz
Es difícil que en nuestro país alguien permanezca indiferente a la invasión de Ucrania por el ejército ruso, aunque es una opción que nunca se puede descartar por completo –hay gente para todo-. Además de la movilización que se está llevando a cabo para atender las necesidades de los damnificados y paliar su sufrimiento, también es una oportunidad al alcance de todos para que cada uno se pregunte si la contemplación de una situación tan dramática tiene alguna repercusión en su vida ordinaria, más allá del horror que produce un espectáculo tan estremecedor. ¿Cómo digerimos este conflicto? ¿Nos conformamos con tomar partido: opinando, criticando, juzgando, condenando... y basta? ¿Puede suponer un cambio de rumbo en nuestras ‘guerras particulares’?
Muchos grandes conflictos
bélicos han sido alimentados por pequeñas disensiones que han ido creciendo con
el tiempo estimuladas por unos y otros hasta que se produce un hecho, una
situación, un comentario... que actúa como espoleta para que la violencia
extrema se desate. Por eso puede ser un buen momento para plantearse cómo son
nuestras relaciones con el prójimo: familiares, amigos, vecinos, compañeros de
trabajo..., especialmente aquellas en las que hay tirantez. ¿Estamos dispuestos
a hacer todo lo que está a nuestro alcance para que mejoren, sin esperar a que
sean los demás los que tomen la iniciativa? ¿Pensamos que no hay nada que
hacer? ¿Los sentimientos que nos genera el sufrimiento de la población
ucraniana los podemos trasladar también a las personas de nuestro entorno?
La guerra, la invasión, tiene efectos colaterales en cada uno de nosotros. Puede generar compasión o animadversión. Puede endurecer nuestro corazón o esponjarlo. Puede ayudar a mirar a quien tenemos al lado con benevolencia o con desconfianza... No desperdiciemos tiempo en pensamientos, palabras, comentarios y juicios que nos resecan e intentemos contribuir a una mejora en la convivencia allí donde estamos presentes.

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