domingo, 10 de abril de 2022

La maledicencia no sale a cuenta

Tan contagiosa como desaconsejable 


René Girard me reveló algo que, pese a ser muy común en la sociedad, no lo asociaba directamente a la acción del maligno. Tiene unos corolarios que se rememoran durante la Semana Santa, aunque están constantemente presentes a nuestro alrededor
: «A partir del momento en que la comunidad en su conjunto ha sucumbido al contagio mimético, todo lo que diga es algo que el mimetismo violento dice por ella, es el mimetismo el que afirma la culpabilidad de la víctima y la inocencia de los perseguidores. No es ya realmente esa comunidad la que habla, sino aquel a quien los Evangelios llaman el acusador: Satán» (1).

Carlos Rodríguez Braun
Cuando una comunidad enloquece y se convierte en masa no atiende a razones, tanto da el grado de verosimilitud; reclama una víctima que se convierte en chivo expiatorio al que hay que reprender ejemplarmente para salvaguardar la comunidad: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación», les dice Caifás a los sacerdotes y fariseos preocupados por la competencia que suponía la fama que estaba adquiriendo Jesús (2). No en vano el economista Carlos Rodríguez Braun repite a menudo que ‘el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio’, alguien a quien endosarle los errores o desmanes que se cometen para exonerar al resto.

Ya en los primeros compases de la Biblia la acción acusadora se hace presente. Para seducir a Eva el maligno, representado en una serpiente, acusa veladamente a Dios de mentiroso y timorato a cuenta de la prohibición de comer del «fruto del árbol que está en medio del jardín»: «De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (3).

Alejar al ser humano de Dios es el objetivo primordial del maligno. En esta ocasión adula al ser humano incitando el deseo de autosuficiencia –“seréis como dioses”-, un objetivo que una y otra vez se repite en la historia, desde la construcción de la Torre de Babel hasta lo que pretenden hacer con el ser humano algunos proyectos tecnológicos del presente. Sin embargo, prescindir de Dios, o dejarlo al margen, conduce a la búsqueda de sucedáneos. Lo advierte Dostoievski en El adolescente: «El hombre no puede vivir sin arrodillarse. Si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo de madera, de oro o simplemente imaginario. Todos esos son idólatras, no ateos; idólatras es el nombre que les cuadra» (4). ¡Cuántos de los que reniegan de Dios no dudan de acusarle de no ocuparse de solucionar los conflictos generados por los propios humanos! Detrás del '¿dónde está Dios?', se suele esconder: 'quiero libertad pero no quiero problemas' –un Dios a mi servicio, un Dios que me contente.

Otro pasaje bíblico deja patente otras formas dañinas de acusación, que se presentan como sospecha, desconfianza, desenmascaramiento de intenciones ocultas. La víctima es Job, cuyo comportamiento es alabado por Yahveh y desdeñado por Satán en una alegórico diálogo: «¿Es que Job teme a Dios de balde?» y quiere que le ponga a prueba: «toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!» Yahveh confía en Job y permite a Satán que actúe sin herir directamente a Job. Satán lo utiliza para dejarle sin hacienda ni descendencia. Pero la reacción de Job no es la esperada: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh!» El espíritu perverso no ceja en su propósito y justifica su fracaso en la limitación que se le ha impuesto: «toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!» Se le concede siempre que deje con vida a Job. Recrudece su ataque con más saña: «hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza». Al sufrimiento físico se suma el sufrimiento moral, porque su entorno se rebela: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!», dice su esposa. Pese a ello Job no cede: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» (5)

La réplica de este comportamiento satánico es la desconfianza enfermiza hacia nuestros semejantes, la sospecha de que cualquier acto de bondad encubre un interés egoísta. ¡Cuánto daño se ocasiona a aplicar el dicho: ‘piensa mal y acertarás’! Cuántas víctimas son menospreciadas y acusadas de provocar su desgracia: ‘algo habrá hecho’, ‘se lo ha buscado’: se justifica al victimario, se condena a la víctima.

Hay algo que conviene tener claro: la maledicencia cualquiera que sea el motivo que la origine, es una práctica altamente nociva que se contagia con gran facilidad. No solo daña a aquel contra quien va dirigida, sino que, además, genera un ambiente turbio y corroe interiormente a quien la profiere. No sale a cuenta dejarse arrastrar por ella, especialmente cuando se tiene la tentación de seguir la corriente para no desentonar con el entorno.

La propuesta de Jesús, el gran antídoto ante la acción del 'acusador' se manifiesta en el resumen del decálogo: «‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’… ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» (6)

* Las citas bíblicas estan extraídas de la versión de la Biblia de Jerusalén

(1) René Girard: Veo a Satán caer como el relámpago. Título original: Je vois Satan tomber comme l’éclair (1999). Editorial: Anagrama – Colección: Argumentos, número 278 – 1ª edición (2002). Traductor: Francisco Díez del Corral. 249 páginas. Capítulo XI: El triunfo de la Cruz, página 187

(2) Evangelio según san Juan, capítulo 11, versículos 49 y 50

(3) Libro del Génesis, capítulo 3, versículos 4 y 5

(4) Extraído de https://www.elimparcial.es/noticia/167282/opinion/idolos

(5) Libro de Job, capítulo 1, versículos 9 a 11 y 21, capítulo 2, versículos 3 a 10

(6) Evangelio según san Marcos, capítulo 12, versículos 28 a 31

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