martes, 4 de octubre de 2022

Riqueza y pobreza

Cómo lo llevas

Ricos y pobres, eterna discusión que alimenta la demagogia de políticos y charlatanes. Quién es rico, quién es pobre: dónde situamos el listón, porque según el lugar del globo terráqueo en que nos encontremos será uno u otro. Hablo de la riqueza o pobreza material, porque hay otras pobrezas o riquezas que no son objeto de este escrito aunque no dejan de tener alguna relación; todo lo que afecta al ser humano está relacionado. La exclusión se hace presente en los polos de ambas realidades; unos están en riesgo de exclusión, otros buscan ambientes exclusivos.

¿Qué es pobreza? ¿Qué es riqueza? Lo plantea un fragmento de Les terres promeses. Lucía habla de sus vivencias en un islote cubano el periodo anterior a la revolución castrista: «¿Que como era la vida en el cayo? La vida en el cayo, ¿qué les podría decir? Por encima de todo recuerdo los olores. Porque una cosa es la pobreza y otra la escasez. Nosotros no éramos pobres, porque la pobreza surge de la comparación con la riqueza. Y a los ricos de La Habana nunca los veíamos por nuestra islita. Digamos, pues, que íbamos escasos. Y eso de la escasez sólo lo aprendes cuando vas por el mundo y te entretienes a estudiar el contenido de los cubos de basura y a mirar por las aceras y hurgar en las papeleras, y entonces piensas que la escasez es, al fin y al cabo, un lugar donde nunca habrá ni papeleras ni basura, porque en la escasez no hay nada que sobre... En la escasez nada huele mal. Sólo apesta lo que no se puede aprovechar. La peste de lo que ha salido del cuerpo y nunca más volverá al cuerpo. Pero la sabiduría de la gente consiste en saber transformar el olor en aroma» (1).

Al leerlo pensé en la generosidad de mi madre, que no se hacía preguntas –como yo sí me las hago- para dar una limosna cuando veía a alguien pidiéndola. O a lo que me contaba de mi abuela, su madre, que regaba el huerto de su ‘casa barata’ con las aguas residuales que bajaban por la calle sin alcantarillar, mi madre decía que ella y sus numerosos hermanos encontraban la cosecha buenísima. A pesar de su situación precaria, mi abuela enviaba a mi madre regularmente con un paquete de comida para que la llevara a una familia que consideraba que estaba más necesitada. Hay ejemplos que nos invitan a reflexionar sobre la actitud que adoptamos ante estas realidades.

En el evangelio la Misa dominical del 25 de septiembre se leía la parábola del rico anónimo, mal llamado Epulón, y el pobre Lázaro (2). Uno de los puntos de reflexión propuestos en evangeli.net era una cita de san Agustín: «Aprended a ser ricos y pobres tanto los que tenéis algo en este mundo, como los que no tenéis nada. Pues también encontráis al mendigo que se ensoberbece y al acaudalado que se humilla. ¡Dios mira al interior!» (3). Una de las cosas que noto a faltar en muchas citas es que se indique el autor pero no de dónde procede la cita. En este caso descubrí que forma parte del comentario que el santo de origen africano -universal por sus escritos- hace del primer versículo del Salmo 85: ‘Inclina tu oído, Señor, escúchame, que soy un pobre desamparado’ (4).

Vale la pena seguir el razonamiento de san Agustín, que sirve tanto para valorar la riqueza y la pobreza, como para examinarnos acerca de cómo usamos los bienes que poseemos:

«Inclina, Señor, tu oído, y escúchame, que soy un pobre desamparado. Luego no inclina su oído al rico, sino al pobre y al indigente, es decir, al humilde y al que reconoce su necesidad de misericordia; no al que vive en la hartura, y que se engríe y se jacta, como si nada le faltase, y dice: Gracias te doy porque no soy como ese publicano. El rico fariseo se jactaba de sus méritos; el pobre publicano confesaba sus pecados (5a).

No toméis con rigor, hermanos, lo que dije, que Dios no inclina su oído al rico, como si no prestase atención a los que tienen oro, plata, servidumbre y campos; sea que nacieron de familia adinerada, o que ocupen una tal posición social; lo único que sí quiero es que recuerden lo que dice el Apóstol a Timoteo: Dile a los ricos de este mundo que no se ensoberbezcan (5b). Porque los que no son soberbios, ante Dios son pobres; y es a los pobres, a los indigentes y desamparados, a los que Dios inclina su oído. Pues saben muy bien que su esperanza no puede estar en el oro, ni en la plata, ni en las cosas en que parecen abundar temporalmente. Basta con que las riquezas no les pierdan; que no les sean un obstáculo, ya que tampoco les van a beneficiar. Al contrario, es provechoso como obra de misericordia, tanto para el rico como para el pobre: para el rico, por deseo y por obra; para el pobre basta con la sola voluntad. Cuando uno tiene actitud de desprecio hacia todo aquello por lo que la soberbia se suele engreír, éste es pobre a los ojos de Dios; y entonces Dios inclina su oído hacia él, pues ve un corazón contrito y humillado. Sin duda, hermanos que leemos y creemos lo de aquel pobre cubierto de llagas, que se hallaba a la puerta del rico, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Y en cambio el rico, que vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba opíparamente cada día, fue llevado al infierno, al lugar de tormentos (5c). ¿Por ventura el pobre fue llevado por los ángeles como premio a su pobreza, y el rico, en cambio, fue llevado a los tormentos por el pecado de sus riquezas? Debemos interpretar bien que en el pobre se recompensa y se alaba la humildad, y en el rico lo que se condena es la soberbia. Por cierto, el pobre fue llevado al seno de Abrahán, del que curiosamente dice la Escritura que poseía en este mundo abundante oro y plata, y que fue rico en la tierra (5d). Si el rico es arrojado a los tormentos, ¿cómo es que Abrahán había precedido al pobre, para recibir en su seno al llevado por los ángeles? Está claro: Abrahán, en medio de sus riquezas, era pobre, humilde, respetuoso y cumplidor de todos los mandamientos. Hasta tal punto tenía en nada sus riquezas, que Dios le ordenó inmolar a su hijo (5e), para quien él las conservaba. Aprended, pues, a ser ricos y pobres a la vez, sea que tengáis algo en este mundo, o que no tengáis nada; pues os encontraréis con el mendigo que se ensoberbece, y con el acaudalado que se humilla y confiesa su miseria. Dios se opone a los soberbios, estén vestidos de seda o de harapos; pero da su gracia a los humildes (5f), ya posean haberes mundanos, o carezcan de ellos. Dios ve nuestro interior: allí pesa, allí examina; tú no ves la balanza de Dios, la que calibra tu pensamiento. Fijaos en el motivo que el salmista pone para ser escuchado: Porque yo soy un pobre desamparado. Cuídate, no sea que tú no lo seas; si no lo eres, no serás escuchado. Todo lo que haya en ti o a tu alrededor, que pueda hacerte presumir, arrójalo lejos de ti. Sea Dios toda tu presunción: siéntete indigente de él, y así serás de él colmado. Todo lo que poseas sin él, te causará un mayor vacío» (5).

(1) Joan Barril: Les terres promeses (2010). Editorial: Edicions 62 – Edición especial para Unnim Obra Social (2011). 244 páginas. Premio Sant Joan Unnim 2010. Segona part: Nàufrags, página 51

(2) Ver Evangelio según san Lucas, capítulo 16, versículos 19-31

(3) Ver https://evangeli.net/evangelio/dia/2022-09-25

(4) Extraído de https://www.franciscanos.org/oracion/salmo085.htm

(5) San Agustín: Exposición sobre el Libro de los Salmos, comentario del Salmo 85, puntos 2 y 3. Extraído de https://www.augustinus.it/spagnolo/esposizioni_salmi/esposizione_salmo_104_testo.htm

Referencias bíblicas del texto:

5a Lucas 18, 11-13

5b 1ª Carta de san Pablo a Timoteo 5, 17

5c Lucas 16, 19-24

5d Génesis 13, 2

5e Génesis 22, 10

5f Carta de Santiago 4, 6

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