domingo, 26 de marzo de 2023

Las élites, a lo suyo

La tentación globalizadora

Primer fragmento del artículo de Alejandro Llano titulado El voluntariado cultural y social, publicado en la revista Nuestro Tiempo, números 571-572, enero-febrero de 2002.

Repasando una antigua revista atraído por la publicación de un artículo sobre el historiador del arte Ernst Gombrich, me he encontrado con un extenso artículo del filósofo y profesor universitario Alejandro Llano Cifuentes (1) sobre voluntariado, que me ha parecido interesante reproducir, porque pienso que muchas de las reflexiones que se hacen en él merecen tener eco. Lo reproduzco completo -dividido en varias publicaciones- para que se pueda seguir el hilo argumental, pese a algunas referencias coyunturales que cabe situarlas en el momento que fue escrito, al inicio del 2002.

«Dos fenómenos recientes –de diversa significación y alcance, aunque con manifiestas e inquietantes coincidencias- han venido a aguarnos la fiesta en este pasado verano, tan caluroso no sólo climáticamente. Me refiero a las protestas contra la globalización, que culminaron en Génova, tras los precedentes de Seattle, Niza, Gotemburgo o Barcelona; y a los tremendos atentados terroristas de Nueva York y Washington. “Ya nada volverá a ser lo que era”, hemos oído en distintos tonos. Y no sólo porque nuestras ciudades se han vuelto más inseguras, sino sobre todo porque los occidentales vamos a tener que empezar a pensar de otra manera, más universalista y solidaria.

No ha sido por falta de advertencias. Desde hace unos treinta años, son muchas las voces, empezando por la de los Papas, que se han alzado pidiendo un modo más humano y justo de organizar la convivencia entre los pueblos y en el interior de cada uno de ellos, de manera que se atemperen las abismales diferencias económicas y se superen los prejuicios culturales que enfrentan a enteros bloques de países. Ninguno de los llamamientos a los que me refiero incitaban a la violencia y mucho menos a esas manifestaciones extremadamente odiosas de abuso de fuerza que llamamos “terrorismo”. Pero avisaban de los riesgos en los que se incurría si se crispaban las injusticias y se tensaban las diferencias. Y lo cierto es que casi no se les prestó ninguna atención.

Alejandro Llano
Lo que se está ventilando en estos agitados inicios del nuevo milenio no es sólo un nuevo modo de estructurar la sociedad, sino –antes y sobre todo- una manera innovadora de pensar y de afrontar los problemas inéditos que tiene plateados una humanidad que a la vez se ha unificado mundialmente y se ha astillado en ideologías contrapuestas, cuando parecía que habíamos superado las grandes tensiones de la guerra fría.

El modo de pensar todavía dominante, el que está dando sus últimos y peligrosos coletazos, es el que recoge los restos de las ideologías decimonónicas –arrastradas a lo largo del siglo XX- según las cuales todo lo serio de la vida se reduce a dinero, poder e influencia persuasiva. Estos tres elementos componen la tecnoestructura, en la que se producen continuas transacciones de dinero por poder, poder por dinero, dinero por influencia, e influencia por poder. Esto –según el modo tecnocrático de pensar- es “lo serio de la vida”. Lo demás es la cotidianidad trivial, las pequeñas cosas de la vida que no tienen mayor trascendencia en la marcha de los asuntos que de verdad configuran la existencia de la gente.

Y es precisamente este desprecio de lo que los sociólogos llaman “el mundo de la vida”, del conjunto de relaciones cotidianas, lo que produce una tremenda descompensación, una sobrecarga difícil de aligerar, ya que –al reducir la entera realidad social a tecnoestructura- se olvida la fuente originaria de todo sentido, allí de donde toda relación humana surge y a donde toda relación humana retorna.

En contra de lo que supusieron las ideologías dominantes del siglo XIX (el liberalismo y el socialismo) y sus prolongaciones iniciales en el siglo XX (el neoliberalismo y la socialdemocracia), estas reducciones de la vida social a uno solo de sus elementos no producen difusión del bienestar, sino desigualdades crecientes, que son uno de los orígenes de esas revoluciones a cuyas manifestaciones terminales quizás estamos asistiendo estos días. Ni siquiera la actual emulsión o mezcla del nuevo liberalismo y el socialismo democrático junto con la decisiva influencia de los medios de comunicación de masas –conglomerado típico de la “sociedad del espectáculo”- está en condiciones de superar la unilateralidad del modelo, cuyas disfunciones comienzan a ser trágicas.»

continuará

(1) Alejandro Llano Cifuentes es Profesor Ordinario de Filosofía en la Universidad de Navarra desde 1977. Desde octubre de 2002 es Director del Departamento de Filosofía de la Universidad de Navarra. Ver datos biográficos en https://www.unav.es/filosofia/allano/

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