lunes, 5 de junio de 2023

Amparo de estilos de vida

Sobre la tolerancia (2)

Continuación de los fragmentos seleccionados del artículo/ensayo de Ana Marta González titulado Las paradojas de la tolerancia que se puede leer completo en el enlace https://www.mercaba.org/ARTICULOS/L/las_paradojas_de_la_tolerancia.htm

«La Ilustración lee la Biblia con desconfianza. Para la Ilustración es la separación de Biblia y Religión la única salvación posible de la religión.»

Continuación

«La Ilustración resume en el concepto de tolerancia el contenido de lo humano, y, por cierto, en defecto de la verdad. "La verdad se pierde en la Ilustración -escribe Hannah Arendt -; más aún: no se la quiere más. Más importante que la verdad es el hombre que la busca (...) El hombre se vuelve más importante que la verdad, que es relativizada a favor del Valor del hombre. En la tolerancia se descubre lo humano. El dominio de la razón es ante todo el dominio de lo humano" (1)

La vida es una realidad compleja, hecha de elecciones, aciertos y desaciertos. Además, la pluralidad de puntos de vista es constitutiva del acercamiento humano a las realidades prácticas. Por eso, si entendemos que la vida de todo hombre es una búsqueda, es preciso admitir que la búsqueda es, en ocasiones, difícil. La tolerancia es una primera actitud humanitaria, inspirada en el reconocimiento de esa dificultad. Pero para quien esté convencido de que tiene algo que aportar en esa búsqueda, tolerar no puede ser la última actitud humanitaria. En los Hechos de los Apóstoles San Lucas se refiere a los habitantes de Malta que les dispensaron acogida después del naufragio del barco en el que viajaba San Pablo hacia Roma: «los bárbaros nos mostraron singular humanidad; encendieron fuego y nos invitaron a él, pues llovía y hacía frío» (2).

Mostrar humanidad –hoy diríamos solidaridad– designa aquí algo más que la mera tolerancia: designa una actitud positiva que consiste en salir espontáneamente al encuentro del ser humano necesitado de ayuda. Ahora bien, sin duda se puede ayudar de muchas maneras, puesto que son muchas las necesidades humanas. En este sentido, sólo quien redujera las necesidades humanas a necesidades materiales podría ignorar la relación que existe entre humanidad y verdad. Advertir la profundidad de esa conexión ha sido uno de los ingredientes del humanismo europeo inspirado en el cristianismo, más allá de las distintas coyunturas históricas y políticas.

Sin duda estas coyunturas históricas y políticas son las que explican en gran medida el que la relación tolerancia-verdad se haya planteado como problemática. Ciertamente lo fue en el pasado para los católicos, cuando importantes cuestiones doctrinales estaban para ellos en juego: su no cesión en estos puntos fue considerada siempre como intolerante, y falta de espíritu democrático. De todos modos, el contexto del concepto de tolerancia es primordialmente político, no religioso. En este sentido, el concepto ilustrado de tolerancia puede verse como un fruto maduro de la historia moderna de Europa, en el que cabe reconocer algo positivo, que es deseable exportar a otras culturas: precisamente la atención al hombre concreto, por encima de su confesión.

En el mismo sentido se expresa la Constitución Dignitatis Humanae, en el Concilio Vaticano II. Hay pocas cosas más escandalosas que las guerras de religión. Por encima de las diferencias de credo todo hombre merece respeto: el respeto se dirige al hombre que eventualmente defiende ideas opuestas a las nuestras; la tolerancia a sus ideas. Eso no es lo mismo que declarar equivalentes todas las opiniones. Significa tan sólo que la tolerancia existe como tolerancia de lo diverso, y desaparece cuando desaparece lo diverso; que hay tolerancia porque las diferentes posturas siguen siendo diferentes. Por eso no hay que abolir la diferencia para que haya tolerancia: más bien ella es su condición de posibilidad. Al mismo tiempo la tolerancia se justifica en atención al respeto que nos merecen todos los hombres en razón de su igual dignidad.

No está de más advertir que aplicar el término tolerancia a las personas tiene algo de mezquino, y por lo mismo poco de “ideal”, porque en principio el objeto de la tolerancia es aquello que desde cierto punto de vista consideramos un mal. Tolerar a una persona es el último recurso cuando parece imposible quererla. El término “respeto”, que Kant empleaba para referirse a las personas, es más positivo que el término tolerancia, porque excluye aquel matiz negativo. Más positivo aún es hablar, como he apuntado antes, de benevolencia y ayuda. En este sentido creo preferible restringir el término tolerancia a las opiniones, y a las actitudes. Extenderlo indiscriminadamente a las personas comporta valorarlas negativamente de antemano. Si la tolerancia puede ser considerada una virtud, es sólo porque incluye un fuerte contenido de respeto a la persona, independientemente de las opiniones y actitudes que mantenga. No es preciso ejercer la tolerancia cuando se está de acuerdo con las ideas ajenas. La tolerancia existe como virtud únicamente cuando hay desacuerdo sobre ellas, y al mismo tiempo respeto por la persona…

Cuando la opinión pública occidental invoca hoy el término tolerancia, no tiene a la vista tanto las diferencias de credo, como el contraste entre distintos “estilos de vida”… La noción clave aquí es la de “estilo de vida”: ¿son todos los estilos de vida equiparables o equivalentes? Si las reflexiones anteriores son acertadas, plantear de este modo el problema excluye por principio el responderlo en términos de tolerancia, porque mediante la equiparación legal de todas la conductas lo que se persigue precisamente es abolir la diferencia. Con independencia de la valoración moral que reciban esos estilos de vida, lo cierto es que desde el momento en que se procura esa equiparación, el problema se plantea como tal en un plano político. Desde un punto de vista ético, la cuestión está decidida de antemano: respeto por las personas siempre. Pero en la medida en que el objeto de la tolerancia son las opiniones y las actitudes, y en estos casos tales opiniones y actitudes se plantean como una reclamación en el ámbito público, ya no es suficiente apelar a la virtud de los ciudadanos particulares, sino que lo oportuno es tratar el asunto como un problema político.

Erich von Kahler señalaba en un viejo artículo (3) la diferencia entre la democracia antigua y la moderna caracterizando a la antigua como “activa”, y a la moderna como “defensiva”. La democracia antigua era activa porque consistía fundamentalmente en la participación activa de todos los ciudadanos en el gobierno estatal, y se originaba a partir de la sucesiva ampliación de esta participación, deberes y responsabilidades a cada vez mayores estratos del pueblo (4). La moderna, en cambio, consiste ante todo y esencialmente en la libertad del individuo frente al Estado, y se origina mediante la conquista, no de deberes, sino de libertades y derechos. Precisamente la noción de “derecho” experimentó a finales de la Edad Media una paulatina transformación que ha hecho posible en nuestra época llegar a plantear la ampliación del objeto de la tolerancia a los “estilos de vida” antes mencionados.

Lo que distingue nuestra época de las anteriores es que tales conductas o estilos de vida adquieren la forma de una reclamación en el foro público… El criterio con el cual funciona el legislador humano parece ser triple: la mayoría, el daño de terceros y la subsistencia de la sociedad. Mientras que el primero de los criterios parece sometido a más contingencias históricas, el segundo y el tercero proporcionan unas orientaciones que podríamos calificar de más permanentes…

Lo que sí corresponde al político es tener en cuenta las exigencias de los ciudadanos, y atender al derecho para ver hasta qué punto tales exigencias son legítimas. Es precisamente mirando a la historia del derecho cómo podremos comprender mejor el cambio de la perspectiva tradicional a la moderna en el modo de afrontar la cuestión de la legitimidad de ciertas conductas.

Tal cambio de perspectiva tiene una larga historia, que pasa por la subjetivización primero de la idea de derecho natural (5), y, como ha visto Siegfried König, por su transformación posterior en la idea de derechos humanos (6). En el pensamiento de Kant, el inefable fundamento de la idea de derechos humanos es la idea de dignidad entendida como autonomía, y autonomía es propiamente el “contenido” del concepto kantiano de derechos humanos (7)

continuará

(1) Cf. Hannah Arendt: Aufklärung und Judenfrage, p. 109.

(2) Hechos de los Apóstoles, capítulo 28, versículo 2

(3) Erich von Kahler: «Das Schicksal der Demokratie» (1948/52), en Grundprobleme der Demokratie, Hrsg. Ulrich Matz, Darmstadt, 1973, pp. 35-66.

(4) Cf. Erich von Kahler: "Das Schicksal der Demokratie", p.38.

(5) Cf. Richard Tuck: Natural Rights Theories, Oxford, Clarendon Press, 1980.

(6) Cf. Siegfried König: Zur Begründung der Menschenrechte: Hobbes, Locke, Kant, Alber, Freiburg, München, 1994, p. 297.

(7) Cf. Siegfried König: Zur Begründung der Menschenrechte, p. 261.

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