Presencia perturbadora
Cada texto literario está abierto a múltiples interpretaciones, tantas como lectores o, incluso sería más pertinente decir, tantas como lecturas, porque todo lector que repite es susceptible de modificar en algún aspecto su visión anterior.
Los textos de Kafka, al menos los que conozco, tienen el tono enigmático que permite aumentar la capacidad multiinterpretativa del escrito. Es lo que sugiere Comunidad:
«Somos cinco amigos: cierta vez salimos uno detrás del otro
de una casa; primero vino uno y se puso junto a la entrada; luego vino, o mejor
dicho, se deslizó tan ligeramente como una bolita de mercurio, el segundo, y se
puso no muy lejos del primero; luego el tercero, luego el cuarto, luego el
quinto. Finalmente todos estábamos de pie, en una línea. La gente se fijó en
nosotros y señalándonos decía: “Los cinco acaban de salir de esa casa”. Desde
entonces vivimos juntos, y tendríamos una vida pacífica si un sexto no viniera
siempre a entrometerse. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que ya es
bastante; ¿por qué se introduce por fuerza allí donde no se le quiere? No lo
conocemos y no queremos aceptarlo con nosotros. Nosotros cinco, la verdad,
tampoco nos conocíamos antes y, si se quiere, tampoco nos conocemos ahora, pero
lo que es posible y admitido entre nosotros es imposible e inadmisible en ese
sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Por otra parte, qué sentido
puede tener esta convivencia permanente, si entre nosotros cinco tampoco tiene
sentido, pero nosotros ya estamos juntos y seguimos estándolo, pero no queremos
una nueva unión, precisamente en razón de nuestras experiencias. Pero, ¿cómo
enseñar todo esto al sexto, puesto que largas explicaciones significarían ya casi
una aceptación en nuestro círculo? Es preferible no explicar nada y no
aceptarlo. Por mucho que frunza los labios, lo alejamos empujándolo con el
codo; pero por más que lo hagamos vuelve siempre otra vez» (1).
El profesor de Literatura Joseluís González lo incluyó en su
sección Dos veces cuento, acompañado
de un comentario del que entresaco este fragmento:
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| Viñeta de la revista |
Sin ánimo de enmendar al profesor de Literatura, el relato
de Kafka me transporta a una realidad a la que todos estamos expuestos: que en
nuestro entorno habitual haya alguien cuya presencia nos resulta incómoda e
intentamos evitar cualquier relación con él. De ordinario esta actitud está
movida por un prejuicio de orden personal o social: la incomunicación desata la
imaginación, que suele encaminarse hacia unos derroteros peyorativos. El equivalente
en el ámbito político es el denominado ‘cordón sanitario’, que no sólo enturbia
la posibilidad de entendimiento en cualquier cuestión que se tercie entre
formaciones políticas, sino que suele repercutir negativamente en la
convivencia ciudadana y la gobernanza.
Ese grupo de amigos podría suscribir la frase de Garcín, un personaje de la obra teatral A puerta cerrada de Jean-Paul Sartre: «Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla… ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los otros» (3). ¿Cómo repercute en el grupo la obcecación ante el ‘intruso’? Vaciedad: una relación que se encierra en sí misma tiende, tarde o temprano, a irse marchitando. La amistad, como amor desinteresado (ágape), se deteriora si no es generoso (abierto al otro) y fecundo (contagioso, difusivo, expansivo).
(1) En el siguiente enlace se encuentra el texto original en
alemán y su traducción: https://www.babelmatrix.org/works/de/Kafka%2C_Franz-1883/Gemeinschaft/es/34823-Comunidad
(2) Joseluís González: Dos
veces cuento. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número
493-494, julio/agosto 1995
(3) Juan Carlos Aguirre García: “El infierno son los otros”: aproximaciones a la cuestión del otro en Sartre y Levinas. Extraído de https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-22012013000200016



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