El enemigo como espantajo
‘No hacerle el juego al enemigo’ es uno de los latiguillos que utilizan los dirigentes de algunas organizaciones para silenciar en su seno cualquier crítica, cualquier sugerencia u opinión que se aparte de los postulados emanados de la dirección, cualquier denuncia de actos reprobables, cualquier reconocimiento de errores o corrupciones. Adentrados en este escenario no se contempla más lealtad en los miembros de la organización que la de someterse a los dictados de la dirección, que a menudo se confunden con los del líder: el bien sagrado de la organización obliga a ser sumiso con quien detenta el poder.
Cuándo se toman decisiones que contravienen los principios que se han defendido hasta entonces, ¿cómo lo asumen los miembros o seguidores de dicha organización, especialmente aquellos más entusiastas? Las respuestas van desde la desafección a la justificación, una vez pasado por el filtro moral, intelectual, emocional, pragmático o cínico. Para ilustrarlo extraigo un fragmento de El visionario, la novela de Abel Quentin: «Sabemos que Robert Willow admiró a Sartre, que a su vez admiró a Aimé Césaire. Como Willow, Césaire se desligó del Partido Comunista en 1956. Ese año, el informe Kruschev desvelaba los crímenes de Stalin: las deportaciones masivas, las detenciones arbitrarias, el culto a la personalidad. En su carta de ruptura a Maurice Thorez, primer secretario de la organización, Césaire denunciaba la ceguera del Partido Comunista francés en su obsesión por salvar las apariencias, “su inalterable autosatisfacción” y su reticencia a condenar abiertamente los métodos estalinistas. Los meses siguientes terminarían de desmantelar las últimas esperanzas de aquellos que todavía soñaban con un socialismo de rostro humano: Moscú enviaba sus carros de combate a Budapest para aplastar un levantamiento pacífico.»
Quentin une este hecho, que convulsionó a los militantes y simpatizantes comunistas, con otro anterior para mostrar un abanico más amplio de reacciones; lo pone en boca de un personaje conocedor del Partido Comunista francés: «Sí, hubo muchas deserciones en el Partido Comunista francés en el cincuenta y seis. Pero la cosa llevaba diez años preparándose. En el cuarenta y siete, un tránsfuga de la URSS publicó un informe sobre el gulag que vendió quinientos mil ejemplares. El problema es que el tema fue tabú durante mucho tiempo en el seno de la izquierda. Nadie quería ser sospechoso de "hacerle el juego al anticomunismo". Algunos se sentían torturados por culpa de ese dilema. Otros se obcecaban en la pura negación. Hablar de los campos era hacerle el juego a la burguesía y a Estados Unidos. Otros intentaron resolver la contradicción con una pirueta, diciendo que los gulags eran un mal necesario y transitorio.Jean Roscoff, el atribulado profesor de historia jubilado protagonista de la novela, apostilla: «¿Se cansó Willow de esta retórica? Me conocía la cantinela de no hacerle el juego al enemigo. Y me daba mala espina.» (1)
Esto atañe a una organización concreta, pero se pueden encontrar muchos paralelismos, especialmente en la política, pero no sólo en ella. ¡Cuántos silencios cómplices son responsables de la degeneración de una organización! ¡Cuánta lealtad pervertida se esconde en la obsesión por mantener un cómodo estatus! ¡Cuánta impermeabilidad para reconocer errores conduce a situaciones putrefactas! Se puede perseguir un ideal, acertada o equivocadamente, pero la honestidad exige no dejarse cegar por él y ser capaces de rectificar si es preciso o actuar en consecuencia con los principios que llevaron a seguirlo cuando sea necesario, aunque produzca dolor. De otro modo ese ideal se convierte en opresión.
(1) Abel Quentin: El visionario. Título original: Le Voyant d’Étampes (2021). Editorial: Libros del Asteroide, número 290, 1ª edición (2023). Traductora: Regina López Muñoz. 371 páginas. Capítulo 2, páginas 78-79


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