jueves, 7 de septiembre de 2023

Reparar heridas del alma

Tras una válvula de escape liberadora

La mujer de don Juan, uno de los relatos de Irène Némirovsky que conforman el texto Domingo (1) está protagonizado por Clémence Labouheyre, antigua criada de un matrimonio de la alta sociedad con un trágico final, que escribe una larga carta redactada durante una semana a Monique, la hija de dicho matrimonio, que tenía doce años cuando se produjo el suceso que convulsionó la vida familiar. El matrimonio lo componían una rica heredera, Nicole, y un hombre libertino que se aprovecha de la fortuna de su esposa, Henry, que son primos hermanos y tienen dos hijos. La vida licenciosa de él y la actitud acomplejada de ella deterioran día a día la relación conyugal.

Como sugiere el título, la carta presta especial atención a Nicole. Clémence, que se encuentra en un delicado estado de salud, quiere sincerarse con Monique, ahora casada y con dos hijos, para explicarle su versión sobre la relación de sus padres y lo que motivó el trágico desenlace. En los dos párrafos que reproduzco referidos a Nicole se puede intuir el estado interior en el que se encontraba: «Un año antes del drama, yo había empezado a ver que la señora cambiaba. Era su forma de vestirse. Era su forma de moverse, más desenvuelta, y un aire de esperanza en su cara y sus palabras. Con razón se dice que lo que la mujer desea, Dios lo ampara. Sin duda, ella deseaba como nunca antes ser atractiva, y casi lo conseguía. Hasta entonces se había vestido de forma correcta, formal, como si le diera miedo que se fijaran en ella, diría yo. Y, de repente, vestidos bonitos y lencería fina. Otro día, un peinado nuevo. Pensé que quería reconquistar a su marido

Pero poco después Clémence relaciona el sufrimiento de Nicole con el trato que dispensaba a sus hijos: «Fue una mujer muy desgraciada. Su carácter le impedía aceptar las cosas como eran y su orgullo, intentar cambiarlas. Y con sus hijos, lo mismo: trataba de consolarse con ellos de no tener el amor de los hombres y, al ver que eso no la consolaba lo suficiente, se lo reprochaba a los pobres niños. Nunca le parecían lo bastante guapos, lo bastante sanos ni lo bastante buenos como para resarcirla de todo lo que se perdía.»

Los seres humanos utilizamos válvulas de escape para exteriorizar el dolor interior, las heridas del alma. Algunas tienen efecto reparador, otras no. Unas ayudan a recuperar la paz interior; otras ahondan la herida. Unas fortalecen los lazos con nuestros semejantes; otras nos separan de ellos… Nicole vertía en sus hijos la desazón que le producía el trato que recibía de su esposo. Clémence tiene algo que le reconcome desde que abandonó la casa en la que servía y busca desahogo en la carta que le escribe a Monique ante la imposibilidad de comunicárselo personalmente.

Necesitamos liberarnos de todo aquello que nos duele interiormente, abordarlo sinceramente, dejarse ayudar por quien puede hacerlo: psicólogo, psiquiatra, sacerdote, amigo…; cada uno en el ámbito y con las herramientas que están a su disposición. Si se buscan sucedáneos es muy probable que la herida permanezca y se vayan generando otras heridas como consecuencia de no haber afrontado la primera como se debía.

(1) Irène Némirovsky: Domingo. Título original: Dimanche (1934-1942). Editorial: Salamandra – Colección: Narrativa -1ª edición (2017). Traductor: José Antonio Soriano Marco. 345 páginas. Relato: La mujer de don Juan, páginas 265-266

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