jueves, 8 de agosto de 2024

La vida no cabe en un corsé

Abrir espacio para conocer y conocerse

¡Como si te hubiera parido! De esta manera alguien nos da a entender que nos conoce a fondo, nos ve venir, intuye qué vamos a hacer o cómo vamos a reaccionar. Pero, ¿hasta qué punto realmente nos conoce? Joseph Ratzinger advierte: «Nosotros no podemos entender del todo a las demás personas porque ello implica descender a simas más profundas de lo que la razón nos permite verificar» (1). Conviene aceptar que, por mucha formación que tengamos, por mucho que hayamos convivido con alguien, nuestra capacidad de conocimiento siempre es limitada y, por tanto, somos incapaces de absorber toda la vida que hay en los demás y en nosotros mismos. ¿No os ha sorprendido alguna vez una inquietud que aparece de repente, un pensamiento que sobreviene sin venir a cuento o una reacción que se sale de lo habitual?

Ser conscientes de ello no ha de suponer una quiebra de confianza en los demás ni en uno mismo, sino darse cuenta de que la vida es mucho más rica y llena de matices de lo que podamos llegar a aprehender y, desde luego, controlar. Puede ser, sin embargo, un buen acicate para respetarse y no darse nunca por vencido ni amortizado. Y también para respetar a nuestros semejantes, para valorar la riqueza de su intimidad y dejarse sorprender por ella, para no encajonarlos dentro de unos parámetros mentales que hemos construido, o que han construido otros y nosotros hemos asumido.

Hace ocho años, celebrando el aniversario de una compañera de curso durante la etapa escolar, me reencontré también con otros compañeros a los que hacía más de cuatro décadas que no había visto. Me sorprendieron aspectos de la trayectoria personal y profesional de todos ellos que estaban al margen del esquema mental que había guardado en mi memoria. También sobre lo que ellos recordaban de mí. Descubrí esa tendencia a hacer fotos fijas de los demás coincidentes con el último encuentro, que además está hecha con una definición deficiente en la que se pierden multitud de detalles. Y, como la vida prosigue, al déficit de la imagen se le une la desactualización inmediata.

En el prefacio de su extensa obra Las tres edades la vida interior dice Garrigou-Lagrange: «con demasiada frecuencia, se pretende transformar las inteligencias en manuales y repertorios, o también en colecciones de opiniones y experiencias, pero sin la menor preocupación por sus causas, razones y consecuencias, bien profundas a veces. Por los demás, las cuestiones de espiritualidad, por el hecho de hallarse entre las más vitales y a veces entre las más secretas y escondidas, no tienen fácil cabida en los límites de un manual, o, para decirlo de una vez, hay, en hacer eso, un gran peligro: el ser superficial, al querer clasificar materialmente las cosas, y el reemplazar con un mecanismo artificial el profundo dinamismo de la vida de la gracia, de las virtudes infusas y de los dones. Por eso los grandes espiritualistas nunca expusieron su pensamiento bajo esta forma esquemática, que corre el riesgo de presentarnos un esqueleto allá donde pretendíamos encontrar la vida» (2).

Nuestra vida y la de los demás no ha de quedar momificada en nuestra mente. Desterremos de nuestro vocabulario tanto como podamos, el ‘soy así’ o ‘el/ella es así’ o el ‘ya se sabe’. Despertemos de la modorra del acostumbramiento en el trato, mostrando interés por ir más allá de la cortesía, con respeto, sin avasallar. Vitalicemos las rutinas para darles sentido, el paraqué de servicio que esconden.

Nos han de importar los demás porque nosotros nos importamos. Ellos son, además una fuente de autoconocimiento, como nos indica Aristóteles: «El Estagirita resalta, como aspecto más importante de la amistad, que en su práctica se conoce al amigo, y este conocimiento posibilita su autoconocimiento; tener amigos es una condición necesaria para el conocimiento de uno mismo» (3).

(1) Joseph Ratzinger: Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época (Selección de textos del libro. Una conversación con Peter Seewald). Extraído de http://www.fluvium.org/textos/iglesia/igl449.htm

(2) Reginald Garrigou-Lagrange: Las tres edades de la vida interior. Título original: Les trois âges de la vie intérieure (1938). Editorial: Ediciones Desclée de Brouwer – 3ª edición (1950). Versión de Leandro de Sesma. 1308 páginas

(3) Luis Fernando Garcés Giraldo y otros: El amigo en Aristóteles como posibilidad de autoconocimiento y las diferencias con un adulador. Extraído de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6314635.pdf


No hay comentarios:

Publicar un comentario