jueves, 13 de febrero de 2025

Amar no ha de agobiar

Ternura sin empalago

Dice C. S. Lewis en el capítulo XXVI de Cartas del diablo a su sobrino que uno de los conflictos que se producen entre hombres y mujeres deriva de la diferente consideración del ‘desinterés’. Para dicho autor “una mujer entiende por desinterés, principalmente, tomarse molestias por los demás; para un hombre significa no molestar a los demás” (1). Como en tantos casos, el problema radica en la incomprensión: no se tienen en cuenta las diferencias psicológicas y se pretende que el otro comparta el mismo sentimiento. La situación se agrava cuando la falta de entendimiento se disimula ocultando el propio deseo, opinión o planteamiento para no desagradar al otro. Sin apenas percibirlo se puede ir cargando pólvora en un contenedor que puede hacer saltar por los aires una relación cuando por cualquier motivo, aunque sea nimio, prenda la mecha.

Algunos eventos que afrontamos como una obligación 'por quedar bien' crean una tensión interior. El entendimiento se obceca y se afrontan con desgana, malhumor o desdén. En estas condiciones mejor ausentarse sin necesidad de excusarse -que supone admitir una cierta culpabilidad-, aunque disgustemos a alguien a quien queremos. Aunque es posible que si se le quita la etiqueta de 'compromiso ineludible' se perciba de otra manera y se observen aspectos positivos que pueden favorecer nuestra presencia con buen ánimo.  Dice Sartre que “felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace”.

Tienen fama las mujeres, especialmente las madres, de ser pesadas queriendo ser demasiado atentas ‘por nuestro bien’. Pero, ¿y los padres? ¡Cuántos se muestran tremendamente exigentes con sus hijos en las calificaciones escolares, en la orientación profesional o en la práctica deportiva! También ‘por nuestro bien’. O más bien porque quieren ver realizados en sus hijos sus propios deseos. Andre Agassi expone en su libro autobiográfico Open un ejemplo explícito de ello, aunque quizás también hayamos vivido esta experiencia directa o indirectamente. Formas y puntos de interés distintos entre hombres y mujeres, pero la misma actitud de fondo.

La dulzura es agradable, pero el empalago repele. Tener a alguien cercano en quien confiar es de gran ayuda, estímulo y consuelo; pero tenerlo encima sintiendo su aliento molesta, encorseta e impide absorber el aire necesario para poder respirar y desarrollarse con autonomía.

Dice Spaemann que amor se puede traducir en “hacer real al otro para mí” (2), es decir, querer lo mejor para él, que no es equivalente a lo que pienso yo que es mejor para él; que me importe tal como es, no que se convierta en lo que yo querría que fuese.

(1) Ver C. S. Lewis: Cartas del diablo a su sobrino. Carta XXVI. Ver enlace http://www.fluvium.org/textos/jovenes/jov176.htm

(2) Ver Robert Spaemann : La demostración de Dios ¿Por qué si Dios no existe no podemos pensar en absoluto? en https://www.almudi.org/articulos-antiguos/7548-la-demostracion-de-dios-robert-spaemann 

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