sábado, 21 de junio de 2025

En torno al Sínodo (10)

Medio de autoconocimiento

En tono solemne se expresa una cuña publicitaria: “Óscar Wilde dijo: Sé tu mismo, los demás puestos están ocupados”. El camino para ‘ser uno mismo’ pasa por la sentencia grabada en el pórtico del templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”. ¿Cómo se llega ahí? ¿Con la introspección? ¿Realizando tests? ¿Psicoanalizándonos?

Aristóteles nos propone salir del estrecho ámbito de nuestro yo: «Así, pues, del mismo modo que cuando queremos contemplar nuestro propio rostro lo miramos dirigiendo la vista al espejo, así también cuando queramos conocernos a nosotros mismos nos reconoceremos mirando al amigo. Pues el amigo es, como decimos, otro yo. Por tanto, si es grato el conocerse a sí mismo y no es posible hacerlo sin otro amigo, el hombre autosuficiente necesitará de la amistad para conocerse a sí mismo. […] si tales cosas son buenas, agradables y necesarias y no es posible que sucedan sin amistad, el autosuficiente tendrá necesidad de la amistad» (1).

El Documento final del Sínodo inicia el epígrafe ‘Unidad como armonía’ (2) con un fragmento de Caritas in Veritate, la encíclica del papa Benedicto XVI: «La criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios. Por tanto, la importancia de dichas relaciones es fundamental» (3).

En este sentido: «Una Iglesia sinodal se caracteriza por ser un espacio donde las relaciones pueden prosperar, gracias al amor mutuo que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos (4). Dentro de culturas y sociedades cada vez más individualistas, la Iglesia, “pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (5), puede dar testimonio de la fuerza de las relaciones fundadas en la Trinidad. Las diferencias de vocación, edad, sexo, profesión, condición y pertenencia social, presentes en toda comunidad cristiana, ofrecen a cada persona ese encuentro con la alteridad indispensable para la maduración personal.»

Ser cristiano no es una cuestión personal, como ya nos recordaba san Cipriano en el siglo III de nuestra era, en un tratado sobre el Padrenuestro: «Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: "Padre mío, que estás en los cielos", ni: "El pan mío dámelo hoy", ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.

El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona» (6).

Nos apetezca o no, vivimos en comunidad, la experiencia de Robinson Crusoe es un accidente, no una vocación. La primera experiencia de ello la encontramos en el ámbito familiar: «Es ante todo en el seno de la familia, que con el Concilio podría llamarse “Iglesia doméstica” (7), donde se experimenta la riqueza de las relaciones entre personas unidas en su diversidad de carácter, sexo, edad y función. Por eso las familias son un lugar privilegiado para aprender y experimentar las prácticas esenciales de una Iglesia sinodal. A pesar de las fracturas y el sufrimiento que experimentan las familias, siguen siendo lugares donde aprendemos a intercambiar el don del amor, la confianza, el perdón, la reconciliación y la comprensión. Es en la familia donde aprendemos que tenemos la misma dignidad, que hemos sido creados para la reciprocidad, que necesitamos ser escuchados y somos capaces de escuchar, de discernir y decidir juntos, de aceptar y ejercer una autoridad animada por la caridad, de ser corresponsables y rendir cuentas de nuestras acciones. “La familia humaniza a las personas mediante la relación del 'nosotros' y, al mismo tiempo, promueve las legítimas diferencias de cada uno” (8)

La familia no es un ideal para ser bobaliconamente enmarcado, sino un ámbito natural de relación llamado a la comunión donde, a pesar de la imperfección de sus miembros, unos y otros aprenden a desarrollarse como personas y, cuya influencia repercute en el ámbito social. A este respecto, continúa el fragmento de Caritas in veritate: «Esto vale también para los pueblos. Consiguientemente, resulta muy útil para su desarrollo una visión metafísica de la relación entre las personas. A este respecto, la razón encuentra inspiración y orientación en la revelación cristiana, según la cual la comunidad de los hombres no absorbe en sí a la persona anulando su autonomía, como ocurre en las diversas formas del totalitarismo, sino que la valoriza más aún porque la relación entre persona y comunidad es la de un todo hacia otro todo. De la misma manera que la comunidad familiar no anula en su seno a las personas que la componen, y la Iglesia misma valora plenamente la «criatura nueva» (Ga 6,15; 2 Co 5,17), que por el bautismo se inserta en su Cuerpo vivo, así también la unidad de la familia humana no anula de por sí a las personas, los pueblos o las culturas, sino que los hace más transparentes los unos con los otros, más unidos en su legítima diversidad

No hay dos familias iguales, afortunadamente, ni un modelo perfecto de familia que haya que seguir. Unas familias aprenden de otras y mal camino es seguir el atajo de la emulación, pretendiendo ser el clon de una familia que hemos idealizado. ¡Cuánto daño hace querer imponer un modelo de relación familiar!

La sinodalidad ha de permitir que todos los miembros de la Iglesia se puedan expresar con libertad en el seno de la comunidad de la que forman parte. La aportación de cada uno siempre será valiosa; para él, porque romperá el dique de contención que se expresa en algo como lo que escuché recientemente: ‘yo tengo mis ideas, pero no las expongo porque no encajarían bien en el grupo’. Por otra parte, romperá la actitud pasiva de esperar a que la iniciativa siempre parta de ‘la autoridad competente’. A unos les tocará facilitar los canales de comunicación; a todos, ser miembros activos de la comunidad: rezando, celebrando, colaborando, manifestando…

(1) Cita incluida en el artículo El amigo en Aristóteles como posibilidad de autoconocimiento y las diferencias con un adulador, publicado en Revista Lasallista de Investigación, volumen 14, número 2, tomada de Aristóteles: Magna moralia. Madrid: Editorial Gredos (2011), página 234. Enlace https://www.redalyc.org/journal/695/69553551017/html/#

(2) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale puntos tratados 34 y 35. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(3) Benedicto XVI: Carta encíclica Caritas in Veritate, número 53. Extraído de https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20090629_caritas-in-veritate.html

(4) Evangelio según san Juan, capítulo 13, versículos 34-35: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros.» Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/juan/

(5) Ver Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, número 4. Enlace: https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

(6) San Cipriano: Tratado del Padrenuestro, capítulos 8 y 9. Extraído de https://textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com/2013/06/del-tratado-de-san-cipriano-sobre-el.html

(7) Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, número 11: «Los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que significan y participan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de la prole, y por eso poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida. De este consorcio procede la familia, en la que nacen nuevos ciudadanos de la sociedad humana, quienes, por la gracia del Espíritu Santo, quedan constituidos en el bautismo hijos de Dios, que perpetuarán a través del tiempo el Pueblo de Dios. En esta especie de Iglesia doméstica los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno, pero con un cuidado especial la vocación sagrada». Enlace: https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html

(8) Francisco: Discurso a los participantes en la Plenaria de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, 29 de abril de 2022. Enlace: https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2022/april/documents/20220429-plenaria-scienze-sociali.html

 

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