Aunar esfuerzos
En una clase universitaria de marketing nos comentaba el profesor que a medida que subía el nivel de vida de la población los consumidores tendían a comportarse de una forma más exquisita, más refinada, más sofisticada… La respuesta de los fabricantes para intentar satisfacer las nuevas exigencias es crear nuevas versiones de sus productos sin que se note demasiado el cambio. Una ejemplo ha sido la aparición de los productos ‘sin’, donde se prescinde de algún ingrediente del producto original.
Pero ‘sin’ no siempre significa privación, como leo en una reciente intervención del papa León XIV: «La tarde de mi elección, mirando con conmoción al pueblo de Dios aquí reunido, recordé la palabra “sinodalidad”, que expresa felizmente el modo en el cual el Espíritu modela la Iglesia. En esta palabra resuena el syn —que quiere decir con— que constituye el secreto de la vida de Dios. Dios no es soledad. Dios es “con” en sí mismo —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y es Dios con nosotros. Al mismo tiempo, sinodalidad nos recuerda el camino —odós— porque donde está el Espíritu hay movimiento, hay camino. Somos un pueblo en camino. Esta conciencia no nos aleja, sino que nos sumerge en la humanidad, como levadura en la masa, que la fermenta toda. El año de gracia del Señor, del que es expresión el Jubileo, tiene en sí este fermento. En un mundo quebrantado y sin paz el Espíritu Santo nos educa a caminar juntos… Dios ha creado el mundo para que nosotros estuviésemos juntos. “Sinodalidad” es el nombre eclesial de esta conciencia. Es el camino que pide a cada uno reconocer la propia deuda y el propio tesoro, sintiéndose parte de una totalidad, fuera de la cual todo se marchita, incluso el más original de los carismas» (1).
Un epígrafe del Documento
final del Sínodo lleva por título ‘Significado y dimensiones de la
sinodalidad’: «Los términos “sinodalidad” y “sinodal” derivan de la antigua y
constante práctica eclesial de reunirse en sínodo… En su variedad, todas estas formas
están unidas por el hecho de reunirse para dialogar, discernir y decidir… En términos
simples y sintéticos, podemos decir que la sinodalidad es un camino de
renovación espiritual y de reforma estructural para hacer a la Iglesia más
participativa y misionera, es decir, para hacerla más capaz de caminar con cada
hombre y mujer irradiando la luz de Cristo» (2).
Hay un pasaje de los Hechos de los Apóstoles en los que se ejemplifica lo que es un sínodo. Surge a raíz de unas discrepancias que suceden en Antioquía, lugar donde se estaban produciendo muchas conversiones de gentiles: «Unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme al uso de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más de entre ellos subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre esta controversia» (3). Era un tema importante que cabía resolver y se puso en consideración de quienes tenían entonces la responsabilidad de velar por la sana doctrina, Pablo y Bernabé a pesar de su ascendencia sobre los nuevos conversos sometieron su criterio al discernimiento de ese ‘sínodo’.Continúa el Documento final indicando los diferentes ámbitos en que esa sinodalidad se ha de hacer presente en el día a día de las comunidades eclesiales, en los procesos y las estructuras de carácter institucional y en eventos extraordinarios. Advierte, sin embargo, que «la sinodalidad no es un fin en sí misma, sino que apunta a la misión que Cristo ha confiado a la Iglesia en el Espíritu. Evangelizar es “la misión esencial de la Iglesia [...] es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad profunda” (4)»; las formas son importantes pero no agotan el fin ni lo sustituyen.
Y para llevar a cabo todo ello el ejemplo de María se convierte en el modelo a seguir: «En la Virgen María, Madre de Cristo, de la Iglesia y de la humanidad, vemos resplandecer a plena luz los rasgos de una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa. Ella es, en efecto, la figura de la Iglesia que escucha, ora, medita, dialoga, acompaña, discierne, decide y actúa. De ella aprendemos el arte de la escucha, la atención a la voluntad de Dios, la obediencia a su Palabra, la capacidad de captar las necesidades de los pobres, la valentía de ponerse en camino, el amor que ayuda, el canto de alabanza y la exultación en el Espíritu. Por eso, como afirmaba san Pablo VI, “la acción de la Iglesia en el mundo es como una prolongación de la solicitud de María” (5).»
(1) Homilía del Santo
Padre León XIV en la vigilia de Pentecostés. Extraído de https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/homilies/2025/documents/20250607-veglia-pentecoste.html
(2) Francisco, XVI
Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal:
comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale:
comunione, participazione, missione. Documento finale puntos tratados 28 a 33.
Enlace oficial:
https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(3) Hechos de los
Apóstoles, capítulo 15, versículos 1 y 2. https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/hechos-apostoles/
(4) San Pablo VI: Exhortación
apostólica Evangelii nuntiandi, número 14: «Evangelizar constituye, en
efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.
Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del
don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio
de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.»
Extraído de https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html





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