Responder a los cambios
Podemos tener la sensación de tener muchos frentes abiertos y, a la vez, ser conscientes que nos resulta imposible acometerlos todos a la vez. ¿Qué hacemos? ¿Cuáles son más importantes? ¿Qué prioridades debemos establecer? La impaciencia conduce muchas veces a la desolación o a resolver las cuestiones precipitadamente mediante apaños que sirven para salir del paso momentáneamente impidiendo resolverlos convenientemente.
La
Iglesia, extendida por todo el mundo, tiene múltiples frentes abiertos y de
distinto cariz, porque unos son de carácter global i otros de carácter local.
En el Sínodo de la sinodalidad han surgido muchísimas cuestiones que hay que
tratar y procurar resolver; en algunas de ellas ya hay equipos designados que
las están estudiando.
Una de las cuestiones, con varias derivadas, afecta a la estructura territorial: «La experiencia del enraizamiento debe hacer frente a profundos cambios socioculturales que están modificando la percepción de los lugares. El concepto de lugar ya no puede ser entendido en términos puramente geográficos y espaciales, sino que en nuestra época evoca la pertenencia a una red de relaciones y a una cultura cuyas raíces territoriales son más dinámicas y flexibles que nunca» (1). El Documento final describe a continuación tres situaciones: «La urbanización es uno de los principales factores de este cambio: hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de la población mundial vive en contextos urbanos. Las grandes ciudades son a menudo aglomeraciones humanas sin historia ni identidad, en las que las personas viven como islas. Los vínculos territoriales tradicionales cambian de significado, haciendo que los límites de las parroquias y de las diócesis estén menos definidos». «Nuestra época también se caracteriza por el aumento de la movilidad humana, motivada por diversas razones. Los refugiados y los migrantes forman a menudo comunidades dinámicas, incluso en sus prácticas religiosas, haciendo que el lugar donde se instalan sea multicultural.» «La difusión de la cultura digital, especialmente evidente entre los jóvenes, también está cambiando profundamente la percepción del espacio y del tiempo, influyendo en las actividades cotidianas, las comunicaciones y las relaciones interpersonales, incluida la fe. Las posibilidades que ofrece la red reconfiguran las relaciones, los vínculos y las fronteras. Aunque hoy estamos más conectados que nunca, a menudo experimentamos soledad y marginación.»
Las estructuras territoriales de la Iglesia, como son las diócesis y las parroquias, así como las demás realidades eclesiales deben afrontar estas cuestiones teniendo claro hacia dónde hay que ir, de manera que la diversidad no dificulte la unidad con el pastor local, que a su vez ha de estar unido al pastor universal; ni pretender convertir la unidad en una uniformidad que ahoga el soplo del Espíritu.
Para orientarnos en esta tarea, pienso que viene a cuento lo expresado por Benedicto XVI en Deus caritas est (2):
«a)
La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de
la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia)
y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican
mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es
una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a
otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de
su propia esencia.
b) La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (3), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: “Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe” (4).»
(1) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Cuarta parte: “Una pesca abundante”. Puntos tratados 111 a 119. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(2)
Benedicto XVI: Carta encíclica Deus caritas est, punto 25. Extraído de https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html#25
(3)
Evangelio según san Lucas, capítulo 10, versículos 30 a 34: «Un hombre
bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo
desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por
casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y
pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio
un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde
estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas,
echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a
una posada y lo cuidó.» Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/






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