domingo, 21 de diciembre de 2025

Exigencias de la ambición

Más allá de uno mismo

Alguna cuña publicitaria navideña ha utilizado un refrán popular: ‘No es más rico quien más tiene sino el que menos necesita’ (1). Sin embargo, es habitual que aspiremos a tener una vida mejor, según entendamos cada uno qué supone tener una vida mejor, pero ese deseo suele ir acompañado de tener más de algo. Una tendencia que es alimento de la ambición, una pulsión que el diccionario define como ‘deseo ardiente de conseguir algo’. Surge entonces la cuestión: ‘¿a costa de qué?’, porque en cada decisión que tomamos para dirigirnos hacia ese anhelo hay alternativas que quedan marginadas.

Jean Doutreval es un famoso médico y profesor universitario. Está viudo y tiene tres hijos, dos mujeres y un varón. Está desarrollando un tratamiento innovador para tratar las enfermedades mentales, que está acaparando mucho interés en la profesión dentro y fuera de Francia. La construcción de un centro especializado donde desarrollar su terapia se ha convertido para él en objetivo preferente. Su extremado orgullo e interés por mantenerse en la élite profesional, se han llevado por delante la relación con su hijo, la vida de su hija mayor y la implicación de sus colaboradores más cercanos. Se encuentra ante la tesitura de decidir qué hacer para afrontar el conflicto originado por la relación de su hija menor con un influyente político, que puede perjudicar la realización de su anhelado proyecto. Se le pasa por la cabeza poner en riesgo la vida de su hija para evitar que el proyecto se vaya al traste. Pero de pronto…

«Se dio cuenta del abismo al que iba a precipitarse. Y se negaba a creer que hubiese podido consentir en ello. Se percató claramente de lo que iba a hacer: inmolar su último hijo a su orgullo, sacrificar la última posibilidad de dicha que le quedaba en su intento de salvar una obra que, ahora lo veía claramente, no era más que un embuste. Arrancó brutalmente el velo que nublaba su facultad de pensar, aventó de su mente toda la bruma acumulada por su soberbia y se confesó a sí mismo que lo que a fin de cuentas se proponía era hacer abortar a su hija, recabar para el Centro la ayuda del amante de Fabienne y apartar de su lado a su hija, perderla, sacrificarla. Esa odiosa y cruda verdad le horrorizó. No, eso no era posible, él no llegaría hasta ese extremo. Y de pronto, como un alud irresistible, invadió su ser un hondo sentimiento de cariño hacia Fabienne...»

» Aunque su amor propio y su terquedad nihilista se desgañitaran, Doutreval era incapaz de ir más lejos. Algo en él se negaba a salir adelante. Capitulaba, cedía a la ternura humana, a la necesidad de amar, a la piedad, a un instinto más poderoso que él, que dominaba su razón. No, no podía resignarse a ese último y salvaje sacrificio de su hija. Sería la bancarrota de su vida, de todos sus principios, de todas sus afirmaciones... La destrucción de toda su obra, el derrumbamiento de todos los holocaustos hasta entonces consentidos. ¡Qué más da! Había llegado el momento en que el orgullo, el yo, reclamaban de él, después de todo lo ocurrido, el sacrificio de su último hijo. Y eso era mucho, demasiado.»

Se da cuenta adónde le ha conducido el orgullo y recuerda las palabras de su hijo antes de la ruptura: «¡Pides demasiado para mí!» Y Maxence van der Meersch, autor del relato, apostilla: «Se percataba de pronto de la salvaje inhumanidad del nuevo ídolo. Se daba cuenta de que sería incapaz de darle entera y total satisfacción, y, por vez primera en su vida, de esa cosa sorprendente y consoladora: de que muy pocos hombres han podido vivir un ateísmo total, llegar hasta las extremas consecuencias del nihilismo... “¡Me pides demasiado!” A él, el hombre cruel y despiadado, le había llegado el turno de ceder, de sacrificarse por un sentimiento de ternura, de piedad...»

Haciendo un hueco al ejercicio introspectivo de Doutreval sobre su trayectoria, van der Meersch comenta: «¡Memoria, inteligencia, razón, altas facultades del alma de las cuales nos gloriamos, sujetas, en cambio, a la rosa de los vientos del orgullo!» (2). Inevitablemente, suele suceder en estas situaciones que la oscuridad se cierne sobre el pensamiento, sólo se es capaz de ver el mal que se ha hecho: «Solo, apoyado en un añoso árbol, bajo la luz del crepúsculo, Doutreval, por vez primera, hacía examen de su vida y se juzgaba a sí mismo: “¡Un genio! ¡Un gran hombre! ¡Una gloria! Sí, quizá es eso. ¡Vanidad, presunción, mentira, bajezas, robos, crímenes! Y ni siquiera sin que uno se dé cuenta. ¡El orgullo! ¡Ah, el orgullo!»

Pero nunca está todo perdido. Hay que salir del bucle siniestro de la autocensura, de la autocondena. Será su hija quien le rescatará del abismo interior en que está sumido al sincerarse con ella. Su hija le hará ver las luces que ha observado en su trayectoria. Entonces «sentía una opresión en el pecho. Se sentó sobre un tronco de álamo, sacó el pañuelo y lloró. En su abatimiento y su miseria, las palabras de su hija cobraban para él una íntima dulzura y un inexplicable sentimiento de aliento. Pues uno de los mayores goces que el hombre pueda experimentar es encontrar en su pasado el recuerdo de un gesto surgido del fondo de sí mismo, realizado sin proponérselo, sin haberlo querido, casi inconscientemente; un gesto de pura bondad, que le impele a creer en el bien. Y más allá del bien, que lo sepamos o no, está siempre la presencia de Dios. Pues los amores del hombre se cifran en el amor a sí mismo o en el amor a Dios. Sólo esos dos amores existen» (3).

«Ambicionad los carismas mayores», propone san Pablo a los Coríntios, antes de mostrarles y mostrarnos «un camino más excelente», aquel en que cualquier logro que se busque o se consiga va acompañado de la caridad (4). Va bien recordarlo por Navidad y esforzarnos por llevarlo a la práctica todos los días del año.

(1) Ver https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=59165&Lng=0

(2) Maxence van der Meersch: Cuerpos y almas. Título original : Corps et ames (1943). Editorial: Luis de Caralt – 1ª edición (1962) de Las novelas de la medicina. Traductor: Cristóbal Rivero. Segunda parte, capítulo IV.

(3) Maxence van der Meersch, obra citada, segunda parte, capítulo V.

(4) Ver 1ª carta de san Pablo a los Coríntios, capítulo 13, versículos 1 a 3 y siguientes: «Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. El amor es…»   Extraído de: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/



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