El Espíritu lo ha de conducir
Había dado por concluidas las reflexiones sobre el contenido del Documento final de Sínodo. Incluso había hecho una breve referencia en el último escrito a las intervenciones del Santo Padre al inicio y al final de la última Asamblea, reunida entre el 2 y el 26 de octubre de 2024 (1), pero me he dado cuenta de que no les había prestado suficiente atención, teniendo en cuenta lo que he descubierto al volver a leerlas.
Guzmán
Carriquiry, un laico que estuvo vinculado a la curia romana durante casi medio
siglo, ha dicho que al papa Francisco «le gustaba abrir procesos convencido de
que el Espíritu Santo los iría conduciendo, incluso en la ambigüedad» (2). La
convocatoria del Sínodo de la sinodalidad, que para unos suponía una
ocurrencia o una locura, y para otros una oportunidad, era, de hecho, una manifestación
de la confianza del Santo Padre en el Espíritu Santo en todas las iniciativas
que llevaba a cabo. El Espíritu Santo es el 'gran desconocido' para muchos
cristianos, como titula el presbítero dominico Antonio Royo Marín en uno de sus
libros. Él es quien guía a la Iglesia en último término, aunque desde una
visión estrictamente humana nos pueda costar entenderlo a veces.
Las reiteradas alusiones al Espíritu Santo en estos dos discursos pueden servir de ejemplo de la afinidad del papa Francisco con la tercera persona de la Santísima Trinidad. Al reproducirlas a continuación, aunque supongan que la extensión del texto supere con creces la longitud habitual, confío en que nos ayuden a invocar y tratar a esta “luz que penetra las almas” y es “fuente del mayor consuelo”, como expresa la Secuencia de Pentecostés.
Intervención del 2 de octubre de 2024
Desde que la Iglesia de Dios ha sido “convocada en Sínodo”, en octubre de 2021, hemos recorrido juntos una parte del largo camino al que Dios Padre llama desde siempre a su pueblo, enviándolo entre todas las gentes para llevar el alegre anuncio de que Jesucristo es nuestra paz (cf. Carta a los Efesios 2,14) y confirmándolo en la misión con el Santo Espíritu.Hay un texto de un autor espiritual del siglo IV que podría resumir lo que sucede cuando se deja obrar al Espíritu Santo a partir del Bautismo, que nos genera a todos en igual dignidad (cf. Macario de Alejandría, Homilía 18, 7-11). Las experiencias que describe nos permiten reconocer lo que ha sucedido en estos tres años y cuanto podrá todavía suceder.
La reflexión de este autor espiritual nos ayuda a comprender que el Espíritu Santo es una guía segura, y nuestra primera tarea es aprender a distinguir su voz, porque Él habla en todos y en todas las cosas. Este proceso sinodal nos ha permitido experimentarlo.
El
Espíritu Santo nos acompaña siempre.
Es consuelo en la tristeza y en el llanto, sobre todo, cuando —precisamente por
el amor que nutrimos por la humanidad— frente a lo que no va bien, a las
injusticias que prevalecen, a la obstinación con la que nos oponemos a
responder con el bien frente al mal, a la dificultad de perdonar, a la falta de
valentía para buscar la paz, caemos en el desánimo, nos parece que no haya nada
que hacer y nos entregamos a la desesperación. Así como la esperanza es la
virtud más humilde pero también la más fuerte, la desesperación es lo peor.
El
Espíritu Santo enjuga las lágrimas y consuela porque comunica la esperanza de
Dios. Dios no se cansa, porque su amor no se cansa.
El Espíritu Santo penetra en aquella parte de nosotros que frecuentemente es muy parecida a las salas de los tribunales, donde ponemos a los imputados en el banquillo y formulamos nuestros juicios, normalmente para condenarlos. Precisamente Macario, en su homilía, nos dice que el Espíritu Santo enciende un fuego en quienes lo reciben, «los inflama con una alegría y amor tan grandes que, si pudieran, abrazarían en su corazón a todos, sin distinción de buenos y malos». Esto porque Dios acoge a todos, siempre, no lo olvidemos: a todos, todos, todos y siempre; y a todos ofrece nuevas posibilidades de vida, hasta el último momento. Es por esto que nosotros debemos perdonar a todos y siempre, conscientes que la disposición a perdonar nace de la experiencia de haber sido perdonados. Solo uno es incapaz de perdonar: aquel que no ha sido perdonado…
También la humildad es un don del Espíritu Santo, y debemos pedírselo. La humildad como dice la etimología de la palabra nos restituye a la tierra, al humus, y nos recuerda el origen, donde sin el soplo del Creador continuaríamos a ser barro sin vida. La humildad nos permite mirar al mundo reconociendo que no somos mejores que los demás. Como dice san Pablo: «no os tengáis por sabios» (Carta a los Romanos 12,16)…Los
invito a meditar en oración sobre este hermoso texto espiritual, y a reconocer
que la Iglesia —semper reformanda— no puede caminar y renovarse sin el
Espíritu Santo y sus sorpresas; sin dejarse modelar por las manos de Dios
creador, del Hijo, Jesucristo, y del Espíritu Santo, como nos enseña san Ireneo
de Lyon (cf. Contra las herejías, IV, 20, 1)…
Desde que el Señor Jesús, crucificado y resucitado, derramó su Santo Espíritu en Pentecostés: desde entonces estamos en camino, como ‘misericordiados’, hacia el pleno y definitivo cumplimiento del amor del Padre. Y no olvidemos esta palabra: somos ‘misericordiados’…
Caminar
juntos, todos, todos, todos, es un proceso en el cual la Iglesia, dócil a la
acción del Espíritu Santo, sensible en el captar los signos de los tiempos (cf. Gaudium et spes 4), se renueva continuamente y
perfecciona su sacramentalidad, para ser testigo creíble de la misión a la que ha
sido llamada, para reunir a todos los pueblos de la tierra en el único
Pueblo esperado al final, cuando Dios mismo nos hará sentar en el banquete que
Él ha preparado (cf. Isaías 25,6-10)…
Se
deben individuar, en tiempos adecuados, distintas formas de ejercicio
“colegial” y “sinodal” del ministerio episcopal
(en las Iglesias particulares, en los agrupamientos de Iglesias, en la Iglesia
toda), siempre respetando el depósito de la fe y la Tradición viva, siempre
respondiendo a lo que el Espíritu pide a las Iglesias en este tiempo particular
y en los distintos contextos en los que viven. Y no olvidemos que el
Espíritu es la armonía. Pensemos en aquella mañana de Pentecostés: había un
tremendo desorden, pero Él construía la armonía en medio de ese desorden. No
olvidemos que Él es precisamente la armonía: no se trata de una armonía sofisticada
o intelectual, sino de un todo, es una armonía existencial.
Es
el Espíritu Santo a hacer posible la perenne fidelidad de la Iglesia al mandato
del Señor Jesucristo y la perenne escucha de su palabra. El Espíritu guía a los discípulos hacia la verdad toda entera (cf. Juan
16,13). Nos está guiando también a nosotros, reunidos en el Espíritu Santo en
esta Asamblea, para dar una respuesta, después de tres años de camino, a la
pregunta “cómo ser Iglesia sinodal misionera”. Yo agregaría también,
misericordiosa.
Con
el corazón lleno de esperanza y de gratitud, consciente de la exigente tarea
que se les ha confiado (y que se nos ha confiado), deseo a todos una
apertura que sea disponible a la acción del Espíritu Santo, nuestro guía
seguro, nuestra consolación.
Saludo
final del 26 de octubre de 2024
Y esto es lo que enseña el Concilio Vaticano II cuando dice que la Iglesia es “como un sacramento”: que es signo e instrumento de la espera de Dios, que ya ha preparado la mesa y está esperando. Su Gracia, a través de su Espíritu, susurra palabras de amor en el corazón de cada uno. A nosotros nos toca amplificar la voz de este susurro sin obstaculizarlo; abrir puertas sin levantar muros.
¡Cuánto
mal hacen las mujeres y los hombres de Iglesia cuando alzan muros, cuánto mal! ¡Todos,
todos, todos! No debemos comportarnos como “dispensadores de la Gracia” que se apropian
del tesoro atando las manos del Dios misericordioso. Recuerden que comenzamos
esta Asamblea sinodal pidiendo perdón, sintiendo vergüenza, reconociendo que
todos hemos sido misericordiados.
Esto
no se trata del modo clásico para postergar al infinito las decisiones. Es lo
que corresponde al estilo sinodal con el que también el ministerio petrino se
ejercita: escuchar, convocar, discernir, decidir y evaluar. Y en estos
pasos son necesarias las pausas, los silencios, la oración. Es un estilo que
estamos aprendiendo juntos, poco a poco. El Espíritu Santo nos llama y nos sostiene
en este aprendizaje, que debemos comprender como proceso de conversión…
Todo
esto es don del Espíritu Santo: Él es quien crea la armonía, Él es la armonía. San Basilio tiene una hermosa teología al respecto; si pueden, lean
el tratado de san Basilio sobre el Espíritu Santo. Él es la armonía. Hermanos y
hermanas, que la armonía también continúe saliendo de esta aula y el Soplo del
Resucitado nos ayude a compartir los dones recibidos.
(1)
Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia
sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa
sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale, Conclusión: Un
banqute para todos los pueblos. Apéndice. Enlace oficial:
https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf








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