Decisiones arriesgadas
A veces la vida nos
puede poner en medio de situaciones conflictivas que no hemos propiciado, pero
que nos obligan a tomar postura. Es lo que le ocurre a James McKay cuando llega
a la población donde reside su prometida, a la que conoció lejos de allí. El
escenario de Horizontes de grandeza nos sitúa en un lugar donde la convivencia
se ve amenazada constantemente por la manifiesta hostilidad entre dos clanes,
los Terrill y los Hannassey, que aprovechan cualquier oportunidad para hacerse
la puñeta. La enemistad personal entre los terratenientes es el fuego que alimenta
las rencillas que se trasladan a familiares y empleados y que quieren trasladar
al resto de la población: no puedes llevarte bien con miembros de uno y otro
bando a la vez.
En este entorno donde
las diferencias se dirimen con violencia y la virilidad se asimila con la
brutalidad, James es un cuerpo extraño por sus cultivados modales, que no
encajan en un ambiente social bravucón y pendenciero. Su prometida, que se
había enamorado de él en otro ambiente, se siente decepcionada porque no sigue
las pautas que rigen en el suyo.
El James que presenta
el guión no parece un hombre de este mundo por su temple: un dominio exagerado
de sí mismo y una completa seguridad sobre lo que debe hacer en cada momento. Ese
excesivo realce es, en mi opinión, el punto débil de la película: presentar a
un protagonista prácticamente inimitable, que oscurece el trasfondo de mostrar
la absurdidad de esos odios irracionales entre bandos, cuyo fruto es la
amargura y el resentimiento, tantas veces bañadas de sangre y miseria moral. La
cordura que lleva a la pacificación parece sólo reservada a superhombres.
El escenario de la
película es el western americano, pero su contenido –pistolas al margen- está
presente en nuestra sociedad. Somos testigos de esa violencia verbal, y a veces
física, en el mundo de la política, donde se pretende alimentar animadversión y
desprecio por el adversario por quienes se arrogan como poseedores del sentir
popular y por aquellos que pretenden sacar un beneficio a corto plazo.
Creadores de división, de departamentos estancos incapaces de comunicarse entre
sí, que pretenden auparse sobre el estiércol vertido sobre los demás. Mal
camino para la convivencia si una gran mayoría se deja arrastrar por este
discurso. Y, además, conviene convencerse que todos podemos aportar nuestro
granito de arena para ayudar a hacer más amable nuestro entorno, sin que sea
preciso tener las dotes de James McKay.
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