domingo, 1 de octubre de 2017

El riesgo de la ambigüedad

Impropia mescolanza


Cuando se desfigura un concepto, dándole un sentido que se aparta del que le es propio, sólo se logra confundir y desconcertar. Algo así se puede extraer del artículo Razón y de fe de Manuel Vicent (1), en el que se  distorsionan estos conceptos para arremeter contra los que de alguna manera son responsables –no personifica- de las tensiones independentistas que se viven en Catalunya. Parece el articulista querer aprovechar la tesitura para pretender desprestigiar la fe en cualquiera de sus manifestaciones, dando de ésta una visión simplista, deforme e indiscriminada, asimilándola a cualquier ideología.

Se parte de un planteamiento maniqueo “el espíritu humano solo está gobernado por la fe y la razón, dos fuerzas implicadas en un combate interminable desde el principio de la historia”, que parece establecer un antagonismo irreconciliable: “razón y fe nunca se cruzan”, dice el autor más adelante.

Se alude a su origen y características: “La razón es una fuerza elaborada, muy cara de producir, sometida a constantes pruebas… En cambio la fe… es barata de fabricar y muy fácil de obtener, no necesita ser probada, no admite fisuras, es ubicua e inmutable…”. Si se refiere a la fe como una creación humana -se fabrica-, es fruto del razonamiento de quien la ha elaborado, entonces se produce una contradicción pues la razón lucharía contra uno de sus productos. Si, en cambio, es de origen sobrenatural o divino no está fabricada, es externa al individuo, un don gratuito que excede el ámbito de la razón, que aunque sea transmitido a través desde el núcleo familiar o de la cultura necesita de la aceptación interior y voluntaria de quien la ha recibido para poder madurar.

Se abordan los efectos individuales: “La fe suele ir acompañada de la emoción, una carga magnética… Se trata de una reacción psicofisiológica ante lo real o lo imaginario, que nos convierte en santos, en visionarios y en fanáticos”-no parece haber sitio para la gente corriente-. Y colectivos: “a causa de la fe se mata y se muere, se convierte uno en mártir o en verdugo, se declaran guerras de exterminio y por decreto… De esa ciega pasión nacen las xenofobias, el odio o el miedo al otro, las banderas, las patrias y las fronteras”. No tiene en cuenta el autor que detrás de muchos conflictos se encuentran intereses políticos, económicos, territoriales, ideológicos, tribales… que han acarreado grandes desastres humanitarios.

Razón y fe “están enraizadas en la vida y determinan nuestra convivencia” dice Vicent. La razón como facultad del intelecto humano nos ayuda a entender las cosas y encontrar sentido a aquello que somos y hacemos. La fe –no entendida como ideología- le da a todo ello otra dimensión que lo hace más comprensible. Quien tiene fe ni se ahorra dificultades, ni queda excusado de obligaciones, ni se le asegura el éxito profesional o económico, ni le convierte en mejor que los demás por tenerla… pero todo se contempla desde una perspectiva diferente, como comprobó Viktor Frankl en los campos de concentración nazis en que estuvo recluido y que luego expuso en El hombre en busca de sentido.

Razón y fe bien entendidas se complementan y estimulan como argüía el intelectualmente inquieto Agustín de Hipona en uno de sus más célebres sermones que dejó como titular dos frases concatenadas: “cree para entender… entiende para creer” (2). Probablemente Vicent no lo comparte y lo podía haber argumentado más sólidamente evitando confundir con su mescolanza de ideas y, de paso, ahorrarse el tono arrogante del último párrafo, aunque le enerve el comportamiento o los postulados que algunos defienden.


(2) San Agustín: Sermón 43. Ver enlace: www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_054_testo.htm

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