Impropia mescolanza
Cuando se desfigura un
concepto, dándole un sentido que se aparta del que le es propio, sólo se logra confundir
y desconcertar. Algo así se puede extraer del artículo Razón y de fe de Manuel Vicent (1), en el que se distorsionan estos conceptos para arremeter
contra los que de alguna manera son responsables –no personifica- de las
tensiones independentistas que se viven en Catalunya. Parece el articulista querer aprovechar la tesitura para pretender desprestigiar la fe en cualquiera de sus
manifestaciones, dando de ésta una visión simplista, deforme e indiscriminada, asimilándola
a cualquier ideología.
Se parte de un
planteamiento maniqueo “el espíritu humano solo está gobernado por la fe y la
razón, dos fuerzas implicadas en un combate interminable desde el principio de
la historia”, que parece establecer un antagonismo irreconciliable: “razón y fe
nunca se cruzan”, dice el autor más adelante.
Se alude a su origen y
características: “La razón es una fuerza elaborada, muy cara de producir,
sometida a constantes pruebas… En cambio la fe… es barata de fabricar y muy
fácil de obtener, no necesita ser probada, no admite fisuras, es ubicua e
inmutable…”. Si se refiere a la fe como una creación humana -se fabrica-, es
fruto del razonamiento de quien la ha elaborado, entonces se produce una
contradicción pues la razón lucharía contra uno de sus productos. Si, en
cambio, es de origen sobrenatural o divino no está fabricada, es externa al
individuo, un don gratuito que excede el ámbito de la razón, que aunque sea
transmitido a través desde el núcleo familiar o de la cultura necesita de la
aceptación interior y voluntaria de quien la ha recibido para poder madurar.
Se abordan los efectos individuales:
“La fe suele ir acompañada de la emoción, una carga magnética… Se trata de una
reacción psicofisiológica ante lo real o lo imaginario, que nos convierte en
santos, en visionarios y en fanáticos”-no parece haber sitio para la gente
corriente-. Y colectivos: “a causa de la fe se mata y se muere, se convierte
uno en mártir o en verdugo, se declaran guerras de exterminio y por decreto… De
esa ciega pasión nacen las xenofobias, el odio o el miedo al otro, las
banderas, las patrias y las fronteras”. No tiene en cuenta el autor que detrás de
muchos conflictos se encuentran intereses políticos, económicos, territoriales,
ideológicos, tribales… que han acarreado grandes desastres humanitarios.
Razón y fe “están
enraizadas en la vida y determinan nuestra convivencia” dice Vicent. La razón
como facultad del intelecto humano nos ayuda a entender las cosas y encontrar
sentido a aquello que somos y hacemos. La fe –no entendida como ideología- le
da a todo ello otra dimensión que lo hace más comprensible. Quien tiene fe ni
se ahorra dificultades, ni queda excusado de obligaciones, ni se le asegura el
éxito profesional o económico, ni le convierte en mejor que los demás por
tenerla… pero todo se contempla desde una perspectiva diferente, como comprobó
Viktor Frankl en los campos de concentración nazis en que estuvo recluido y que
luego expuso en El hombre en busca de
sentido.
Razón y fe bien entendidas
se complementan y estimulan como argüía el intelectualmente inquieto Agustín de
Hipona en uno de sus más célebres sermones que dejó como titular dos frases
concatenadas: “cree para entender… entiende para creer” (2). Probablemente Vicent
no lo comparte y lo podía haber argumentado más sólidamente evitando confundir
con su mescolanza de ideas y, de paso, ahorrarse el tono arrogante del último
párrafo, aunque le enerve el comportamiento o los postulados que algunos defienden.
(1) Artículo completo: elpais.com/elpais/2017/09/15/opinion/1505471886_748298.html
(2) San Agustín: Sermón 43.
Ver enlace: www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_054_testo.htm

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