Responsabilidad compartida
Oímos hablar con frecuencia de
paz. Cada uno de nosotros lo habrá pronunciado en multitud de ocasiones como un
anhelo en el que coincidimos con la mayoría de los seres humanos. Un deseo que
adquiere mayor relevancia cuando lo expresa quien ha sido víctima de la
irracionalidad del terror organizado: “Me encantaría poder abrir las mentes de
los intolerantes, vaciar de odio a los violentos, enseñar al mundo a ser feliz.
Todo sería mucho más fácil si fuéramos capaces de comprender a los demás, de
ver la realidad desde otro punto de vista y de poder sonreír en los momentos
más difíciles. Si pudiéramos comprender los motivos de quien piensa de otro
modo, existiría el entendimiento. Si al menos fuéramos capaces de respetar otras
posturas, existiría la paz”, escribe Irene Villa en un texto autobiográfico (1).
Tanto ella como otra víctima de
la irracionalidad -en este caso del Holocausto-, Etty Hillessum, advierten que
es necesaria una disposición interior para ser agentes de paz. “Creo que en un
mundo cada vez más deshumanizado, hace falta mucha luz que inunde nuestros
corazones y nos llene de energía para seguir albergando esperanza de paz”, dice
Irene. “La paz sólo puede convertirse en una paz real… cuando cada individuo la
encuentre en sí mismo, extermine y venza el odio hacia los demás, da igual de
qué raza o pueblo, y lo transforme en algo que ya no sea odio, sino tal vez
incluso amor. Pero probablemente eso sea exigir demasiado. Y aun así es la
única solución”, escribe Etty en su diario (2).
Esta aspiración de paz tan
ampliamente compartida, que a veces explota en manifestaciones multitudinarias,
con frecuencia se manifiesta en suspiros o lamentos como el del estribillo del antiguo
chotis:
Cómo está el mundo, señor
Macario
cómo está el mundo, qué
atrocidad,
con tanta radio, con tanto
cine,
vamos pa lante, [o] vamos pa
atrás. (3)
Sin embargo, todos podemos
colaborar en la tarea de ser agentes de paz en nuestro entorno, como nos
propone el catedrático de Filosofía Miguel Ángel Martí: “Para que haya paz en
el mundo no es suficiente la paz de las pistolas, es todavía más necesaria la
paz de las palabras que pululan por pueblos y ciudades, por las casas, por las
habitaciones y pasillos, por la playa y los montes, por los bares, terrazas y garajes”
(4). Y se podría añadir ‘por las redes sociales’, ‘por los medios de
comunicación’, ‘por los espectáculos públicos’, ‘por los eventos deportivos’…
(1)Irene Villa: Saber que se puede. Veinte años después.
Ediciones Martínez Roca (2011). Introducción, página 21.
(2)Etty (Esther) Hillesum: Diario 1941-1943. Una vida conmocionada
(1943). Editorial Anthropos (2007). Epígrafe: Sábado por la noche (20 de junio,
1942), 00:30 horas. Traducción: Manuel Sánchez Romero. Páginas 106-107
(3)El Consorcio: Como está el
mundo Sr. Macario. Fuente: www.youtube.com/watch?v=U3weALE7fqU
(4)Miguel-Ángel Martí
García: La serenidad. Una actitud ante el
mundo (2003). Ediciones Internacionales Universitarias. Segunda parte: La
palabra como vehículo de la serenidad. Página 53
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