Dardos lanzados sin ton ni son
El martilleo
de los medios de comunicación y la gran fuerza expansiva de las redes sociales
pueden convertirnos en jueces implacables de nuestros semejantes. Somos
testigos de múltiples juicios apresurados y desmedidos que actúan como teas
encendidas que inflaman la opinión pública, sin dar pie a una reflexión serena
y ponderada.
El cebo justiciero,
cuando se presenta hábilmente adornado, tiene su atractivo, pero ¿hacia dónde suele
conducir?: “El juicio temerario produce inquietud, desprecio del prójimo,
orgullo y complacencia en sí mismo y cien otros efectos por demás perniciosos,
entre los cuales ocupa el primer lugar la maledicencia, como la peste de las
conversaciones” (1), dice Francisco de Sales.
¿Dónde radican
las causas de esta tendencia a juzgar a los demás con ligereza? El santo
prelado ginebrino describe algunas de ellas:
“Hay corazones
agrios, amargos y ásperos de natural, que agrían y amargan todo lo que reciben…
no juzgando jamás al prójimo si no es
con todo rigor y dureza… esta amargura de corazón es muy difícil de vencer… es
algo contranatural; y, aunque esta amargura no sea pecado, sino solamente una
imperfección; es, no obstante, peligrosa, porque hace que entre y reine en el
alma el juicio temerario y la maledicencia.
Algunos hay
que juzgan temerariamente… por orgullo, y les parece que, a medida que rebajan
el honor de los demás, encumbran el propio; espíritus arrogantes y
presuntuosos, se admiran a sí mismos y suben tan alto en su propia estima, que
todo lo demás les parece pequeño y bajo…
Algunos… solamente
sienten como una complacencia en considerar el mal del prójimo, para saborear y
hacer saborear más dulcemente el bien contrario del cual se creen dotados; y
esta complacencia es tan secreta e imperceptible, que si no se tiene muy buena
la vista, no se descubre, y los mismos que la sienten no la conocen, si no se
la muestran.
Otros,
queriendo adularse y excusarse consigo mismos y atenuar los remordimientos de
su conciencia, se apresuran a pensar que los demás padecen del vicio al cual
ellos se han entregado, o de otro mayor, y les parece que la multitud de
criminales hacen su pecado menos censurable.
Otros se
entregan al juicio temerario por el solo placer que hallan en adivinar y
filosofar acerca de las costumbres y humor de las demás personas, a manera de
ejercicio ingenioso, y, si por desgracia aciertan alguna vez en sus juicios, la
audacia y el prurito de continuar crece tanto, que harto trabajo hay en
corregirles.
Otros juzgan
por pasión, y siempre piensan bien del que aman, y mal del que aborrecen, fuera
del caso sorprendente y, no obstante, verdadero, en que el exceso de amor
induce a juzgar mal al que amamos: efecto monstruoso, procedente de un amor
impuro, imperfecto, desequilibrado y enfermo, que son los celos…
Finalmente, el
temor, la ambición y otras parecidas flaquezas de espíritu contribuyen, con
frecuencia, al nacimiento de la sospecha y del juicio temerario.”
El patrono de
los periodistas no plantea el buenismo como contrapartida: “No es malo, pues,
dudar del prójimo, porque no está prohibido dudar sino juzgar; no está, empero,
permitido dudar ni sospechar, sino en la medida en que obliguen a ello los
argumentos o las razones; de lo contrario, las sospechas son temerarias.” Aun
así propone un remedio más elevado: “La caridad es la mejor medicina contra las
enfermedades, y de un modo especial contra ésta. Todas las cosas parecen
amarillas a los ojos de los que padecen ictericia… El vicio del juicio
temerario es una especie de ictericia espiritual, que hace que todas las cosas
parezcan malas a los ojos de los que están atacados de ella; pero el que quiera
curar de esta dolencia ha de aplicar este remedio, no a los ojos ni al
entendimiento; sino a los afectos, que son los pies del alma: si tus afectos
son dulces, tu juicio será dulce; y si tus afectos son caritativos, tu juicio será
caritativo.”
La cautela y consideración con los demás ayudan al sosiego y favorecen la convivencia.
(1) San Francisco de Sales:
Introducción a la vida devota. Capítulo XXVIII: De los juicios temerarios y XXIX:
De la maledicencia. Fuente: http://www.dfists.ua.es/~gil/intro-vida-devota.pdf (Páginas 62 y 63)
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