lunes, 18 de junio de 2018

El juicio a juicio

Dardos lanzados sin ton ni son

El martilleo de los medios de comunicación y la gran fuerza expansiva de las redes sociales pueden convertirnos en jueces implacables de nuestros semejantes. Somos testigos de múltiples juicios apresurados y desmedidos que actúan como teas encendidas que inflaman la opinión pública, sin dar pie a una reflexión serena y ponderada.

El cebo justiciero, cuando se presenta hábilmente adornado, tiene su atractivo, pero ¿hacia dónde suele conducir?: “El juicio temerario produce inquietud, desprecio del prójimo, orgullo y complacencia en sí mismo y cien otros efectos por demás perniciosos, entre los cuales ocupa el primer lugar la maledicencia, como la peste de las conversaciones” (1), dice Francisco de Sales.

¿Dónde radican las causas de esta tendencia a juzgar a los demás con ligereza? El santo prelado ginebrino describe algunas de ellas:

Hay corazones agrios, amargos y ásperos de natural, que agrían y amargan todo lo que reciben…  no juzgando jamás al prójimo si no es con todo rigor y dureza… esta amargura de corazón es muy difícil de vencer… es algo contranatural; y, aunque esta amargura no sea pecado, sino solamente una imperfección; es, no obstante, peligrosa, porque hace que entre y reine en el alma el juicio temerario y la maledicencia.

Algunos hay que juzgan temerariamente… por orgullo, y les parece que, a medida que rebajan el honor de los demás, encumbran el propio; espíritus arrogantes y presuntuosos, se admiran a sí mismos y suben tan alto en su propia estima, que todo lo demás les parece pequeño y bajo…

Algunos… solamente sienten como una complacencia en considerar el mal del prójimo, para saborear y hacer saborear más dulcemente el bien contrario del cual se creen dotados; y esta complacencia es tan secreta e imperceptible, que si no se tiene muy buena la vista, no se descubre, y los mismos que la sienten no la conocen, si no se la muestran.

Otros, queriendo adularse y excusarse consigo mismos y atenuar los remordimientos de su conciencia, se apresuran a pensar que los demás padecen del vicio al cual ellos se han entregado, o de otro mayor, y les parece que la multitud de criminales hacen su pecado menos censurable.

Otros se entregan al juicio temerario por el solo placer que hallan en adivinar y filosofar acerca de las costumbres y humor de las demás personas, a manera de ejercicio ingenioso, y, si por desgracia aciertan alguna vez en sus juicios, la audacia y el prurito de continuar crece tanto, que harto trabajo hay en corregirles.

Otros juzgan por pasión, y siempre piensan bien del que aman, y mal del que aborrecen, fuera del caso sorprendente y, no obstante, verdadero, en que el exceso de amor induce a juzgar mal al que amamos: efecto monstruoso, procedente de un amor impuro, imperfecto, desequilibrado y enfermo, que son los celos…

Finalmente, el temor, la ambición y otras parecidas flaquezas de espíritu contribuyen, con frecuencia, al nacimiento de la sospecha y del juicio temerario.

El patrono de los periodistas no plantea el buenismo como contrapartida: “No es malo, pues, dudar del prójimo, porque no está prohibido dudar sino juzgar; no está, empero, permitido dudar ni sospechar, sino en la medida en que obliguen a ello los argumentos o las razones; de lo contrario, las sospechas son temerarias.” Aun así propone un remedio más elevado: “La caridad es la mejor medicina contra las enfermedades, y de un modo especial contra ésta. Todas las cosas parecen amarillas a los ojos de los que padecen ictericia… El vicio del juicio temerario es una especie de ictericia espiritual, que hace que todas las cosas parezcan malas a los ojos de los que están atacados de ella; pero el que quiera curar de esta dolencia ha de aplicar este remedio, no a los ojos ni al entendimiento; sino a los afectos, que son los pies del alma: si tus afectos son dulces, tu juicio será dulce; y si tus afectos son caritativos, tu juicio será caritativo.

La cautela y consideración con los demás ayudan al sosiego y favorecen la convivencia.

(1) San Francisco de Sales: Introducción a la vida devota. Capítulo XXVIII: De los juicios temerarios y XXIX: De la maledicencia. Fuente: http://www.dfists.ua.es/~gil/intro-vida-devota.pdf (Páginas 62 y 63)

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