Romper el corsé del prejuicio
Un intelectual con relevancia social que sea honesto y se
exprese con libertad es incómodo para el poder político y para el pensamiento
socialmente dominante.
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| Hannah Arendt durante la entrevista |
Le preguntaban a Hannah Arendt si aspiraba a tener
influencia con sus obras y contestaba que “cuando estoy trabajando no me
importa la influencia que pueda tener”. ¿Y luego? “Para mí lo esencial es
comprender. Y escribir forma parte de ello, es parte del proceso de
comprensión.” ¿Escribir sirve para conocer más? “Para mí de lo que se trata es
del proceso de pensamiento en sí mismo. Cuando consigo desarrollarlo, me doy
personalmente por satisfecha del todo. Si además logro expresarlo adecuadamente
en la escritura mi satisfacción es doble”. ¿Y que hay sobre la repercusión de
lo escrito? “Yo lo veo como algo más bien extrínseco. ¿Influir yo misma? No, yo
quiero comprender. Y si otros comprenden en el mismo sentido en que yo he
comprendido, ello me produce una satisfacción personal, como un sentimiento de
encontrarme en casa.” (1)
Ese afán por comprender nutre el relato del juicio de
Eichmann por los tribunales israelitas en Jerusalén. Arendt asiste al juicio,
lee las 3600 páginas de los interrogatorios a reo, coteja y relaciona la
información con otras fuentes, antes de trasladar las conclusiones de su análisis.
Quizá algunos esperaban de la autora de Los orígenes del totalitarismo un
relato más emotivo y decantado donde no se diera cuenta de algunos hechos y se
presentase a Eichmann como un ser monstruoso en todos los órdenes.
Un fragmento de la película Hannah Arendt escenifica el
discurso de la escritora en un aula universitaria para defenderse de la
polémica generada por el libro exponiendo el criterio que había seguido: “No
escribí ninguna defensa de Eichmann, pero sí traté de conciliar la mediocridad
espantosa del hombre con sus horrendos crímenes. Tratar de entender no es lo
mismo que perdonar. Considero que es mi responsabilidad tratar de entender, es
la responsabilidad de cualquiera que se atreva a escribir sobre este tema”.
¿Cuál era, según ella, el fundamento de la actuación del
acusado?: “Él insistió en renunciar a todas su cualidades personales… El
protestó una y otra vez en contra de las aseveraciones del fiscal que nunca
había hecho nada por propia iniciativa. Que no tenía ninguna intención, intención
buena o mala, que solo había obedecido órdenes. Esa excusa típicamente nazi
deja en claro que el mayor mal del mundo es el mal cometido por los don nadie.
El mal cometido por los hombres que no tienen motivo ni convicciones, que no
tienen un corazón malvado ni demoníaco, sino por seres humanos que se rehúsan a
ser personas y ese es el fenómeno al que he llamado así: banalidad de nuestro
mal.” Y concluye: “Al rehusar a ser una persona Eichmann rehusó completamente a
la cualidad humana más determinante, la de tener la capacidad de pensar. Por lo
tanto él ya no era capaz de hacer juicios morales. Esa incapacidad de pensar
creó la capacidad para muchos hombres comunes de cometer crímenes a una escala
gigantesca como nunca más se había visto anteriormente.” (2)
No nos cabe en la cabeza que una persona aparentemente
normal en su vida familiar y social pueda ser responsable de multitud de
crímenes. Necesitamos que aparezca como la antítesis de lo que cada uno de
nosotros somos, quizá para preservarnos de la angustia de tener de desconfiar
de todo el mundo, incluso de nosotros mismos -¿qué haría yo en su situación-.
Eichmann era un buen padre de familia, con suficiente habilidad para las
relaciones sociales para granjearse la confianza de asociaciones judías y fiel
cumplidor de las indicaciones de sus jefes. Gracias a estas cualidades pudo
llevar a cabo con gran eficacia la logística del exterminio de los judíos
residentes en Europa. Para él se trataba de servir de la mejor manera a su
patria, representada en aquel momento por el régimen nazi.
El germen de esta actitud radica, según da a entender
Arendt en su libro, del idealismo de Eichmann: “Para Eichmann el «idealista»
era el hombre que vivía para su idea… un hombre dispuesto a sacrificarlo todo y
a sacrificar a todos, por su idea… Igual que el resto de los humanos, el
perfecto idealista tenía también sus sentimientos personales, y experimentaba
sus propias emociones, pero, a diferencia de aquellos, jamás permitía que
obstaculizaran su actuación, en el caso de que contradijeran la «idea».” (3)
En su esfuerzo por comprender Arendt nos estaba
previniendo del riesgo al alcance de todos de renunciar a pensar, a dar sentido
a lo que se hace, dejándose llevar por la corriente del pensamiento o
comportamiento preponderante o por el cumplimiento irreflexivo de órdenes.
Arendt fue víctima del prejuicio de quienes pretenden
constreñir la libertad de expresión a los parámetros que previamente han
delimitado –si para ello se ha de desfigurar la realidad es irrelevante- (una
versión de lo políticamente correcto). En el espacio de la entrevista entrado
en el libro alude a la asunción de los costes: “Por la libertad merece la pena
pagar un precio”… “Hay un precio por la libertad”… “Sé que hay que pagar un
precio por la libertad, pero no puedo decir que me guste pagarlo.” Para quien
no se conforma con pasar por la superficie de los hechos, el compromiso intelectual
de Arendt es una aportación muy valiosa.
(1) Entrevista a Hannah Arendt realizada en 1964 por
Günter Gauss: Hannah Arendt: ¿Qué queda?
Queda la Lengua Materna. Fuente: www.youtube.com/watch?v=WDovm3A1wI4
(2) Hannah Arendt. Año: 2012. Duración: 113 min. País: Alemania.
Dirección: Margarethe von Trotta. Fuente: www.filmaffinity.com/es/film183601.html.
Se puede ver el fragmento escogido en: www.youtube.com/watch?v=cBJMS0G6Vrg
(3) Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén. Editorial
Lumen. Colección: Palabra en el tiempo. 2ª edición 1999. Traductor: Carlos
Ribalta. 460 páginas. Fragmento en: 3. Especialista en asuntos judíos. Páginas
69-70.

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