Realce por contraste
El protagonista principal de Los intereses creados (1) es un
enmarañador. Crispín ha llevado una vida azarosa que le ha comportado sufrir
las penalidades que los tribunales de justicia le han impuesto. Cansado de ello
se vale del enredo y del uso torticero de la información de que dispone para
salir adelante.
La situación de necesidad en
que se encuentra le lleva a urdir un plan en el que se presentará como siervo
de un gran señor, honor que hará recaer en Leandro, su compañero de viaje que,
asombrado por la propuesta, se dejará arrastrar por él. Amparándose en las
expectativas que genera el gran señor vivirán lujosamente durante un tiempo,
confiando Crispín que logrará con sus artimañas saldar las abultadas deudas que
están contrayendo.
La entrada en escena de un rico
personaje con un pasado turbio al que Crispín conoció en otras circunstancias le
permitirá utilizar su ingenio para llevar a cabo su propósito: “Ya me iréis
conociendo. Sólo os diré que por algo juntó hoy el destino a gente de tan buen
entendimiento, incapaz de malograrlo con vanos escrúpulos. Mi señor sabe que
esta noche asistirá a la fiesta el señor Polichinela, con su hija única, la
hermosa Silvia, el mejor partido de esta ciudad. Mi señor ha de enamorarla, mi
señor ha de casarse con ella”.
Entre los que le van conociendo
Crispín genera desconfianza, aunque no le preocupa demasiado, pues considera
que con su forma de actuar realza la imagen de Leandro, su señor, y lo hace más
atractivo para obtener el favor de la joven casadera: “A mi amo le hallaréis el
más cortés y atento caballero. Mi desvergüenza le permite a él mostrarse
vergonzoso. Duras necesidades de la vida pueden obligar al más noble caballero
a empleos de rufián, como a la más noble dama a bajos oficios, y esta mezcla de
ruindad y nobleza en un mismo sujeto desluce con el mundo. Habilidad es mostrar
separado en dos sujetos lo que suele andar junto en uno solo. Mi señor y yo,
con ser uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre!
Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo
lo grande y de todo lo bello… Y a su lado, el servidor humilde, el de las
ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la
vida… Todo el arte está en separarlos de tal modo que cuando caemos en alguna
bajeza podamos decir siempre; no fue mía, no fui yo, fue mi criado. En la mayor
miseria de nuestra vida siempre hay algo en nosotros que quiere sentirse
superior a nosotros mismos. Nos despreciaríamos demasiado si no creyésemos
valer más que nuestra vida… Ya sabéis quién es mi señor: el de los altivos
pensamientos, el de los bellos sueños. Ya sabéis quién soy yo: el de los ruines
empleos, el que siempre muy bajo, rastrea y socava entre toda mentira y toda
indignidad y toda miseria. Sólo hay algo en mí que me redime y me eleva a mis
propios ojos. Esta lealtad de mi servidumbre esta lealtad que se humilla y se
arrastra para que otro pueda volar y pueda ser siempre el señor de los altivos
pensamientos, el de los bellos sueños.”Este aparente desdoblamiento de la personalidad que se proyecta como imagen externa forma parte también de algunas estrategias de dirección en las que se pretende preservar o reforzar la imagen del líder, procurando que recaiga sobre alguno de sus colaboradores las consecuencias de las tareas o decisiones que generan más controversia.
(1) Jacinto Benavente: Los intereses creados (1907) – Editor: Salvat – Colección: Biblioteca básica, libro RTV número 48 – 1ª edición (1970) – 137 páginas. Fragmento en Acto 1º, cuadro 1º, Escena II, páginas 70 y 71
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