Un misterio ligado al amor y la libertad
Louis de Wohl
en la biografía novelada de Tomás de Aquino incluye un diálogo en el que
Marotta, hermana de Tomás, le comenta a sir Piers, un caballero amigo de la
familia: “Saber que sufren aquellos que una ama, que padecen horribles
tormentos… Ese es mi cáliz. Y aún más el de Tomás”. Sir Piers le pregunta: “¿Por
qué decís que el sufre más que vos misma?” Marotta le responde: “Porque su amor
es más grande que el mío y el amor es la medida del sufrimiento”. (1)
Hace bastantes años leí el texto de una homilía de Josemaría Escrivá que se titula Trabajo de Dios. En ella se incluyen unos versos de otro autor que me quedaron grabados y en ocasiones me sirven para reflexionar mientras los recito interiormente: “mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante mejor / que aquel que ha sufrido mucho.” (2)
En la primera
de sus cartas el apóstol Juan dice “El que no ama no ha llegado a conocer a
Dios, porque Dios es amor”. Y más adelante “nosotros amamos, porque Él nos amó
primero”. Si enlazamos estas afirmaciones con las de los párrafos anteriores,
en las que el amor va unido al sufrimiento por el amado, ¿se puede deducir que
Dios sufre por cada ser humano? Es una cuestión que cuesta asimilar, tanto por la tendencia humana a evitar el sufrimiento -o rebelarse- como por
considerarlo una muestra de flaqueza de nuestra naturaleza racional.
El cardenal
Robert Sarah dice en La fuerza del silencio que “El sufrimiento del hombre se convierte
misteriosamente en sufrimiento de Dios.” Y continúa: “En la naturaleza divina
el sufrimiento no es sinónimo de imperfección”. A continuación reproduce la
carta de “una madre de familia conmovida por la idea de la vulnerabilidad de
Dios” en la que se hace una analogía entre la relación de amor que ella tiene
con sus hijos y la que tiene Dios con cada ser humano:
«Cuando mis
hijos eran pequeños, quien pensaba por ellos y decidía por ellos era yo. Todo
resultaba fácil: lo único que estaba en juego era mi libertad. Pero, en un
momento dado, cuando me di cuenta de que mi papel consistía en ir
acostumbrándolos a elegir, sentí nada más asumirlo que me invadía la inquietud.
Al dejar que
mis hijos tomaran decisiones y, por lo tanto, corrieran riesgos, al mismo
tiempo yo también corría el riesgo de ver aparecer otras libertades distintas a
la mía. Si con demasiada frecuencia he seguido eligiendo en su lugar, he de
confesar que ha sido para ahorrarles el sufrimiento derivado de una elección
que más tarde podrían lamentar; pero también, y en la misma medida si no en
mayor medida, para no arriesgarme a vivir en desacuerdo entre su elección y lo
que a mí me gustaría verles hacer.
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| Cardenal Robert Sarah |
Así he
conseguido entrever cómo es posible que Dios Padre sufra. Nosotros somos sus
hijos. Quiere que seamos libres de construirnos a nosotros mismos y el Infinito
de su Amor le impide toda coacción. Amor perfecto, sin traza de cálculo, pero
que implica la aceptación de un sufrimiento inherente a esa libertad total que
quiere para nosotros». (3)
(1) Louis de
Wohl: La luz apacible. Capítulo XII
(2) Josemaría
Escrivá de Balaguer: Trabajo de Dios en
Amigos de Dios, punto 68. Fuente: http://www.escrivaobras.org/book/amigos_de_dios-punto-68.htm
(3) Robert Sarah: La fuerza del silencio. Título original: La force
du silence (2016). Editorial: Ediciones Palabra – Colección: Mundo y
cristianismo – 5ª edición (2017). 284 páginas. II. Dios no habla, pero su voz
es nítida, punto 169, páginas 104-105


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