Actividad física con sosiego
Desde mi infancia he sido
un apasionado seguidor del fútbol, como jugador federado y aficionado,
entrenador y espectador. Tener un campo al lado de casa -en el interior de una
isla de edificios de libre acceso- en el que podías jugar a cualquier hora con
amigos, compañeros de clase o conocidos contribuyó a ello, también la afición
de mi padre, socio del Barça, una condición que quiso compartir con sus hijos desde bien pequeños.
He disfrutado mucho jugando al fútbol, pero con el paso del tiempo -sin que
menguara el interés por este deporte- me he dado cuenta que la actividad física
que más me ha reconfortado ha sido el senderismo en grupo.
En el senderismo, que para
mí era simplemente hacer caminatas por el monte teniendo claros el origen y el destino,
pero con distintas opciones de recorrido que se decidían a veces sobre la marcha, el esfuerzo que supone salvar las distancias y los diferentes grados de desnivel, se ve compensado por el contacto con la
naturaleza, contemplando sus paisajes, percibiendo sus sonidos, asombrándose con
pequeños descubrimientos, como aquel que nos mostraba un profesor de ciencias
naturales mientras observaba una balsa de agua: ‘mira, un triturus, eso quiere
decir que el agua es limpia’, en otra ocasión fue un fósil el motivo de
requerir nuestra atención.
Se trata de un ejercicio cuyo
ritmo sosegado ayuda a prestar atención a tus compañeros de caminata, a ser
solidarios y desprendidos: compartiendo la comida, aligerando la carga de
alguien que se encuentra muy apurado en un tramo del recorrido, sabiendo
esperar a quien va más rezagado, acompasando el ritmo para que nadie quede
descolgado…
Las conversaciones
informales que van surgiendo con unos o con otros pueden ser una fuente de
aprendizaje, una terapia cuando permiten hablar sin presión de cuestiones que inquietan,
de conocimiento de uno mismo y de las personas que le acompañan… Una actividad
muy completa que, eso sí, requiere dedicarle un tiempo que en la época
en que vivimos se puede considerar excesivo si se considera exclusivamente como
una mera actividad física.
Estas consideraciones
vienen a cuento de un fragmento de un texto de Franco Cassano que Gianfranco
Zavalloni incluye en La pedagogía del
caracol (1) sobre una actividad al alcance de casi todos: pasear. Leerlo ha evocado mi experiencia con el senderismo:
“Pasear es un arte pobre,
un no hacer nada lleno de cosas, el placer de escribir una página en blanco, un
dulce eco de nuestra vida privada. Pasear quiere decir partir para llegar, pero
sin obligaciones, porque nos podemos detener antes, cambiar el recorrido,
proseguir con otra idea, tomar un camino secundario, hacer una digresión.
Pasear significa abandonar la línea recta, improvisar el recorrido, decidir la
ruta a cada paso, transitar ligeros de equipaje por la penumbra, no tener miedo
de escucharnos. Pasear es acariciar un edificio o una calle queridos, lugares
donde no te acercas por casualidad sino porque quisieras encontrarte con
alguien. Pasear es, tal vez, un perderse breve, en un espacio pequeño, una
microfísica de la aventura, de donde volvemos con una historia por contar. Pasear
es volver a uno mismo y a aquella parte de nosotros que es la premisa de todo,
quitarnos de encima a quien cada día nos vende el presente en oferta especial.
Pasear es el deseo del muchacho y del anciano, un arte que el adulto ha
desechado o sustituido por la competitividad del jogging o del fitness. Pasear
no sirve para mantenerse en forma sino para dar forma a la vida, para entender
las proporciones… Es la modesta plegaria de las artes inferiores.” (2)
(1) Gianfranco Zavalloni: La pedagogía del caracol. Editorial: Graó – Colección: Micro-Macro referencias -
número 31. Capítulo 10: A pie,
caminando lentamente. Página 83
(2) Franco Cassano: Modernizzare stanca: perder tempo,
guadagnare tempo, Editorial Il Mulino, 2001
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