viernes, 3 de mayo de 2019

Un deporte agradecido

Actividad física con sosiego


Desde mi infancia he sido un apasionado seguidor del fútbol, como jugador federado y aficionado, entrenador y espectador. Tener un campo al lado de casa -en el interior de una isla de edificios de libre acceso- en el que podías jugar a cualquier hora con amigos, compañeros de clase o conocidos contribuyó a ello, también la afición de mi padre, socio del Barça, una condición que quiso compartir con sus hijos desde bien pequeños. He disfrutado mucho jugando al fútbol, pero con el paso del tiempo -sin que menguara el interés por este deporte- me he dado cuenta que la actividad física que más me ha reconfortado ha sido el senderismo en grupo.

En el senderismo, que para mí era simplemente hacer caminatas por el monte teniendo claros el origen y el destino, pero con distintas opciones de recorrido que se decidían a veces sobre la marcha, el esfuerzo que supone salvar las distancias y los diferentes grados de desnivel, se ve compensado por el contacto con la naturaleza, contemplando sus paisajes, percibiendo sus sonidos, asombrándose con pequeños descubrimientos, como aquel que nos mostraba un profesor de ciencias naturales mientras observaba una balsa de agua: ‘mira, un triturus, eso quiere decir que el agua es limpia’, en otra ocasión fue un fósil el motivo de requerir nuestra atención.

Se trata de un ejercicio cuyo ritmo sosegado ayuda a prestar atención a tus compañeros de caminata, a ser solidarios y desprendidos: compartiendo la comida, aligerando la carga de alguien que se encuentra muy apurado en un tramo del recorrido, sabiendo esperar a quien va más rezagado, acompasando el ritmo para que nadie quede descolgado…

Las conversaciones informales que van surgiendo con unos o con otros pueden ser una fuente de aprendizaje, una terapia cuando permiten hablar sin presión de cuestiones que inquietan, de conocimiento de uno mismo y de las personas que le acompañan… Una actividad muy completa que, eso sí, requiere dedicarle un tiempo que en la época en que vivimos se puede considerar excesivo si se considera exclusivamente como una mera actividad física.

Estas consideraciones vienen a cuento de un fragmento de un texto de Franco Cassano que Gianfranco Zavalloni incluye en La pedagogía del caracol (1) sobre una actividad al alcance de casi todos: pasear. Leerlo ha evocado mi experiencia con el senderismo:

Pasear es un arte pobre, un no hacer nada lleno de cosas, el placer de escribir una página en blanco, un dulce eco de nuestra vida privada. Pasear quiere decir partir para llegar, pero sin obligaciones, porque nos podemos detener antes, cambiar el recorrido, proseguir con otra idea, tomar un camino secundario, hacer una digresión. Pasear significa abandonar la línea recta, improvisar el recorrido, decidir la ruta a cada paso, transitar ligeros de equipaje por la penumbra, no tener miedo de escucharnos. Pasear es acariciar un edificio o una calle queridos, lugares donde no te acercas por casualidad sino porque quisieras encontrarte con alguien. Pasear es, tal vez, un perderse breve, en un espacio pequeño, una microfísica de la aventura, de donde volvemos con una historia por contar. Pasear es volver a uno mismo y a aquella parte de nosotros que es la premisa de todo, quitarnos de encima a quien cada día nos vende el presente en oferta especial. Pasear es el deseo del muchacho y del anciano, un arte que el adulto ha desechado o sustituido por la competitividad del jogging o del fitness. Pasear no sirve para mantenerse en forma sino para dar forma a la vida, para entender las proporciones… Es la modesta plegaria de las artes inferiores.” (2)

(1) Gianfranco Zavalloni: La pedagogía del caracol. Editorial: Graó – Colección: Micro-Macro referencias - número 31. Capítulo 10: A pie, caminando lentamente. Página 83
(2) Franco Cassano: Modernizzare stanca: perder tempo, guadagnare tempo, Editorial Il Mulino, 2001

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