miércoles, 29 de mayo de 2019

El episcopado y la cultura preponderante

Ser fermento o diluirse


Leyendo la descripción que hace en Océano África Xavier Aldekoa, de costumbres, modos de vida y tradiciones de algunas etnias y tribus que pueblan este inmenso continente, tan castigado por los intereses económicos y políticos del llamado primer mundo, cobró relevancia en mi pensamiento un concepto que me producía un cierto repelús: inculturación. Pensando en la actividad que realizan los misioneros asimilaba este vocablo de buenas a primeras a una especie de traición a los principios para llegar a un tipo de entente que evitara enfrentarse o corregir costumbres consolidadas en una población, aunque se considerasen perniciosas.

Como suele ser recomendable, conviene no dejarse llevar por las primeras impresiones si no se quiere caer en juicios temerarios. En Amoris laetitia el papa Francisco indica que "en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa (cf. Jn 16,13), es decir, cuando nos introduzca perfectamente en el misterio de Cristo y podamos ver todo con su mirada. Además, en cada país o región se pueden buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales, porque «las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general […] necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado»." (1)

En este sentido se podrían entender las palabras del arzobispo electo de Tarragona Joan Planellas cuando dice en una entrevista: "Me gustaría decir que la actividad de la Iglesia tiene que manifestar en primer lugar un gran amor por el país. ¿Quién no ama su tierra? Tenemos una cultura, una lengua y una dinámica propias. Y en segundo lugar, la Iglesia se tiene que poner al servicio del pueblo que manifiesta este amor al país porque tiene la urgencia de anunciar el evangelio, que es nuestro gran tesoro, volver hacia Cristo. Tiene que dar esperanza a un proyecto de vida reconociendo unos rasgos que decimos nacionales, propios de Catalunya en el sentido genuino." (2)

¿Se puede entender entonces que los rasgos culturales se han de superponer a la tarea evangelizadora? Más bien se trata de que la levadura del Evangelio fermente en ellos. Dice monseñor Planellas que "el evangelio se propone, no se impone, tampoco se pospone". Y el papa Francisco escribe en Evangelii gaudium que "toda cultura y todo grupo social necesitan purificación y maduración." Sabemos que las buenas costumbres –individuales o colectivas- pueden degenerar con el paso del tiempo, perdiendo su razón de ser o desviándose de su sentido originario. Poco antes el pontífice incide en una exigencia para todos los cristianos en la medida de sus posibilidades y responsabilidades: "Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo." (3)

Valorando las tensiones en el ámbito político-social el arzobispo electo pone el acento en el riesgo del sectarismo: "En el momento actual vivimos un déficit en la búsqueda del bien común. Como decía Rousseau en el Contrato social, hace falta que cada uno renuncie a una parte para encontrar el bien común." Un bien común que para favorecerlo implica que "tenemos que ser un elemento de cohesión, curar heridas, calmar corazones exaltados, tenemos muchos corazones exaltados, temperar los ánimos, ...", aunque es consciente de los obstáculos que se interponen: "Si es que nos dejan, porque enseguida nos clasifican de una cosa u otra."

La tarea a la que se enfrenta un obispo, que además es primado de Cataluña, es ingente, pero nunca puede olvidar que la eficacia de su labor –como la de cualquier cristiano- pasa por ‘ser sarmiento unido a la vid’. Las obligaciones y requerimientos del cargo no deben impedir ni enturbiar –más bien deberían de reforzar- el cuidado de la vida interior. Por ello, conviene que -además de la buena acogida y disposición de los que ostentan responsabilidades en la diócesis- sus futuros feligreses y el resto de fieles –especialmente los catalanes- en lugar de entretenerse en opinar sobre su idoneidad, hurgar en su trayectoria, o especular sobre el modo en que ejercerá el cargo, pusieran más empeño en rezar por él y sus colegas de ministerio para que en el desempeño de su tarea se asemejen a lo que propone la parábola del buen pastor. (4)

(1) Papa Francisco: Exhortación apostólica Amoris Laetitia. punto 3. Se puede consultar en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20160319_amoris-laetitia.html
(3) Papa Francisco: Exhortación apostólica Evangelii gaudium, punto 69. Se puede consultar en http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html
(4) Confrontar Evangelio de San Juan, capítulo 10, versículos 11-16. Se puede consultar: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/Reina-valera-1960/juan-10

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