jueves, 12 de marzo de 2020

Individualismo creativo

Una pasión irrefrenable


En su infancia la lectura era su entretenimiento y quiso ser escritor. No lo tuvo nada fácil. Nació pocos años después de acabada la guerra civil española y su padre quiso quitarle de la cabeza esos anhelos: eran épocas en las que muchas familias luchaban para sobrevivir y la suya era una de ellas, convenía incitar a prepararse para conseguir un oficio con el que ganarse la vida trabajando: ‘primum vivere deinde philosophari’; dedicar tiempo a escribir entorpecía las expectativas familiares.

Tampoco le fue muy propicio el ambiente escolar, lastrado por las chanzas que estimulaba su tartamudez en sus compañeros y algunos profesores que lo acosaban o ridiculizaban. Un panorama sombrío que no le amilanó, sino que fue fortaleciendo en silencio su vocación narradora hasta que pudo desbordarse cuando ya estaba bien asentado profesionalmente y decidió apostar por cambiar de registro para dedicarse en exclusiva a la literatura, donde cultiva diversos géneros y ha producido más de medio millar de obras: “Lo dejé todo para hacer novelas. Si estás seguro de algo en la vida, tienes que hacerlo”.

Hablo de Jordi Sierra i Fabra, al que descubrí viendo su intervención en el Proyecto educativo Aprendemos juntos (1), donde le preguntaron qué libro le cambió la vida, destacando sobre todo uno: “el gran libro que me cambió la vida y me hizo ser como soy y entenderme, sobre todo, ‘El manantial’, escrito por Ayn Rand”, que es un alegato en favor del individualismo como fuerza impulsora de la sociedad: “El ego del hombre es el manantial del progreso humano”, es una de las citas atribuidas a Rand (2). Oyéndole, parece encarnar la filosofía de Rand: “Yo soy individualista. Soy artista. Lo que yo hago sale de aquí –se toca la frente y luego el pecho-. Y es mío. De nadie más.

Como en el caso del protagonista de El manantial se trata de un individualismo creativo, de alguien que ama lo que hace y no quiere que nadie se entremeta en ello corrigiéndolo hasta el punto de desvirtuarlo. No es ni será un escritor de encargo. No pierde el tiempo preguntándose si va a gustar o no lo que hace, aunque luego lo analice: “Acabo de hacer un libro. Acabo de escribirlo. ¿Por qué gusto a la gente joven y devoran mis libros? Porque no les vendo motos. No me enrollo, no pongo paja. Cuento una historia con las palabras justas y precisas, directas. Y ya está. No quiero cambiar el mundo. Cambio a la gente, lo sé. Un libro siempre cambia a la gente. Pero soy un novelista, hago novelas. Soy un cuentista. Nada más. Entonces cuando acabo un libro, ni me lo leo. Va a la editorial. ¿Que le gusta? Publícalo. ¿Que no le gusta? No lo publiques. Lo mando a otra.”

No tiene inconveniente en explicar cómo trabaja: “¿Primero qué hago? Lo he traído para que lo veáis. El guion. Esto es el guion de varios de mis libros recién hechos… Soy rápido escribiendo, lento pensando… Si te fijas, verás que los días van correlativos. Y diréis: «¿Sábados y domingos también trabajas?». ¡Sí! El arte no admite sábados y domingos, aunque no por ello desatiende completamente a su familia. ¿Cómo se inspira?: “como escritor soy una especie de antena parabólica con patas. Dame un periódico de hoy, lo miro, te saco tres novelas. Me hago preguntas. Detrás de cada noticia hay un «¿por qué no? ¿Y si…? ¿Qué pasaría si…?». Siempre hay preguntas. Mi motivación siempre es descubrir lo que nadie ve. Esa energía que flota y que yo cojo sin que nadie lo note.”

Algunas afirmaciones parecen pedantes, pero las enmarco en la manera de expresarse de alguien para el que escribir se convierte en una pasión irrefrenable, aunque no por ello vive aislado o encapsulado socialmente. El individualismo que preconiza concierne al ámbito literario y es compatible con dedicar tiempo a su familia y a una Fundación con sedes en Barcelona y Medellín (Colombia) cuyo primer objetivo es ayudar a jóvenes escritores, aunque el proyecto es mucho más ambicioso (3).

Ha hecho realidad el anhelo que brotó en su infancia: Quería ser escritor, no rico o famoso, eso es otra historia. El arte se mide por lo que sientes al hacerlo, no por lo que te pagan por hacerlo. Y yo quería escribir. Era un niño, nada más que un niño que tenía un sueño”, que fue posible porque supo sobreponerse a las duras pruebas a que estuvo sometido para seguir el camino que se había propuesto. Su talante queda de manifiesto al final de la carta de presentación de la fundación: La vida es lucha. Mi lema sigue siendo 'Todo es posible (si tú lo quieres)’”. Y su trayectoria la resume en: “Leer me salvó la vida, escribir le dio un sentido.”

(3) http://fundaciosierraifabra.org/carta-del-president/

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