Un gobernante excepcional
Supe de ellos, al menos
conscientemente, leyendo un artículo de Julián Marías en el que se elogia la
oratoria: “En el comienzo de la democracia griega, decía Pericles, según el
testimonio de Tucídides: «El que sabe y no se explica claramente, es lo mismo
que si no pensara». De ahí la necesidad de la palabra justa y expresiva, capaz
de hacer entender y de entusiasmar, de movilizar lo mejor de los ciudadanos.”
(1) Releyéndolo pienso en mis escasas dotes comunicativas, que quedan plasmadas
en las amorosas puyas que me propinan mis hijas instándome a que no me
enrolle o a que deje de insistir en los mismos argumentos cuando intento
explicarles algo.
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| Tucídides |
El historiador mejicano Edmundo O’Gorman glosando la obra señera de Tucídides, se refiere a la misma cita -con otras palabras- para resaltar la importancia de la comunicación en el gobernante: “El héroe tucididiano es, pues, en primer lugar, el estadista calculador e inteligente que se contrapone al político demagógico y apasionado; pero además de ser el hombre de la razón, debe tener la facultad de poder explicar con claridad lo que su inteligencia le ha revelado, porque a la acción política, a diferencia de la especulación contemplativa, le es constitutiva saber comunicar lo pensado, ya que quien no expone claramente lo que es necesario en una situación dada, «es como si no le hubiere venido al pensamiento», y aquí aparece el motivo de la suprema importancia que tiene la oratoria para la eficacia de la acción del héroe tucididiano, el hombre del logos en los dos sentidos del término: la razón y la palabra.” (2)
Sin embargo, ha sido Chantal Delsol en su obra Populismos quien me ha puesto sobre la pista de un fragmento de la Historia de la Guerra del Peloponeso que me ha asombrado: “mientras Pericles tuvo el poder junto con el saber y prudencia, no se dejaba corromper por dinero, regía al pueblo libremente, mostrándose con él tan amigo y compañero, como caudillo y gobernador. Además, no había adquirido la autoridad por medios ilícitos, ni decía cosa alguna por complacer a otro, sino que, guardando su autoridad y gravedad, cuando alguno proponía cosa inútil y fuera de razón, lo contradecía libremente, aunque por ello supiese que había de caer en la indignación del pueblo, y todas cuantas veces entendía que ellos se atrevían a hacer alguna cosa fuera de tiempo y sazón, por locura y temeridad, antes que por razón, los detenía y refrenaba con su autoridad y gravedad en el hablar. Al mismo tiempo, cuando los veía medrosos sin causa los animaba. De esta manera, al parecer el gobierno de la ciudad era en nombre del pueblo; mas en el hecho todo el mando y autoridad estaba en él.” (3) ¿Notamos a faltar gobernantes con estas cualidades? ¿Estaríamos dispuestos a soportarlos?
Según cuenta Tucídides, su
ejemplo no cundió en sus seguidores: “Después de muerto ocurrió que los que le
sucedieron, por ser iguales en autoridad, cada cual codiciaba el mando sobre
los otros, y para hacer esto procuraban complacer y agradar al pueblo con
deleites, aflojando en los negocios, de donde se siguieron grandes errores.”
(4) Estilos contrapuestos de gobierno que me han recordado la sentencia de
Jesús a sus apóstoles, que habían estado discutiendo sobre quién era el más
importante entre ellos: “Si alguno quiere ser el primero, que se haga el último
de todos y servidor de todos.” (5)
(1) Ju
lián Marías: Qué vamos a hacer, publicado en el
diario ABC el 12/09/1996
(2) Tucídides: Guerra del Peloponeso. Título original: Ἱστορία τοῦ Πελοποννησιακοῦ Πολέμου Editor:
Patyta – Colección: Biblioteca Clásicos Grecolatinos – 1ª edición (2007).
Traductor: Diego Gracián de Alderete. 805 páginas
Fragmento en: Estudio
preliminar de Edmundo O’Gorman. Página 41
(3) Tucídides, obra citada,
Libro segundo, capítulo X, páginas 215-216
(4) Tucídides, obra citada, Libro segundo, capítulo X, página 216
(5) Evangelio según san Marcos, capítulo 9, versículo 35.


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