Propuesta contracultural
Al final del libro segundo Sobre la República, Cicerón pone en boca de Escipión el Africano esta consideración: «Del mismo modo que en los instrumentos de cuerda o de viento, o en el mismo canto de varias voces, debe guardarse un concierto que da por su mismo ajuste unidad y congruencia a muy distintas voces, que los oídos educados no toleran que se altere o desentone, y ese concierto, sin embargo, se hace concorde y congruente por el gobierno de voces muy distintas, así también, una ciudad bien gobernada es congruente por la unidad de muy distintas personas, por la concordia de las clases altas, bajas y medias, como los sonidos. Y la que los músicos llaman armonía en el canto, es lo que en la ciudad se llama concordia, vínculo de bienestar seguro y óptimo para toda república, pues ésta no puede subsistir sin la justicia» (1)Cicerón nos da una pauta para el buen gobierno donde toda la ciudadanía se une bajo el cobijo de la justicia para vivir en concordia. Análogamente el Documento final del Sínodo (2) nos expone un ejemplo de sinodalidad: «Viviendo la conversación en el Espíritu, escuchándonos unos a otros, hemos percibido su presencia en medio de nosotros: la presencia de Aquel que, dando el Espíritu Santo, sigue suscitando en su pueblo una unidad que es armonía de las diferencias.» En el relato de Cicerón es primordial la justicia, en la sinodalidad lo es el seguimiento de Jesús. De hecho, cualquier realidad eclesial, en todas sus vertientes, debe testarse en referencia al seguimiento de Jesús que procura, tanto a nivel individual como colectivo.
La experiencia de la resurrección de Jesús en María Magdalena, Pedro y 'el discípulo amado', abre la primera parte del Documento, que tiene como entradilla dos versículos del Evangelio de Juan (3). Unos seguidores que difieren en edad, experiencia de vida, carácter y cualidades personales; todos ellos trastocados por la muerte de Jesús, que les puede haber desconcertado, abatido o decepcionado, pero no los ha desunido, hacen piña unos con otros: «Su mutua dependencia encarna el corazón de la sinodalidad.»
San Pablo escribe a los Corintios: «Si Cristo no ha
resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados»
(4). De ahí que el Documento indique: «La Iglesia existe para testimoniar al
mundo el acontecimiento decisivo de la historia: la resurrección de Jesús. El
Resucitado trae la paz al mundo y nos da el don de su Espíritu. Cristo vivo es
la fuente de la verdadera libertad, el fundamento de la esperanza que no
defrauda, la revelación del verdadero rostro de Dios y del destino último del
hombre.»
He titulado este escrito como ‘propuesta contracultural’,
porque lo que escribe Cicerón y lo que indica el primer punto del Documento
van en sentido contrario de lo que prolifera a nuestro alrededor y en tantos
lugares del mundo, también en la manera de proceder de muchos cristianos;
actitudes que generan controversias, incomprensiones y mucho sufrimiento.
Hay una característica que he percibido, no sé hasta qué punto atinadamente, en el pontificado de Francisco, que concuerda con ese 'caminar juntos' que propone: en la Iglesia hay muchas voces de signo diferente y el Santo Padre se afana, así lo noto, para que todas se expresen en el foro adecuado, aunque sean contrapuestas o parezcan contradictorias. Esto puede desconcertar cuando se está ávido de escuchar palabras sentenciosas o aspirar a homogeneidades imposibles que parecen aportar un aire de seguridad incontestable. Pienso más bien que es un antídoto para las corrosivas ‘capillitas’ que tanto daño hacen. Además, no hay que olvidar lo que nos dice el Evangelio: «Nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público» (7). Abandonemos el cuchicheo, la palabrería vana y la vivencia de un cristianismo 'a mi manera'; y confiemos en la acción del Espíritu Santo para que la cacofonía se transforme en sinfonía.
(1) Marco Tulio Cicerón: Sobre la República, libro
segundo. Extraído de https://www.mercaba.es/roma/republica_de_ciceron.pdf.Citado
por San Agustín: Ciudad de Dios, libro II, capítulo XXI. Referencia:
https://www.augustinus.it/spagnolo/cdd/index2.htm
(2) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los
obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión.
Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione.
Documento finale. Introducción, punto 1. Parte I: El corazón de la sinodalidad
puntos 13 y 14. Enlace oficial:
https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(3) Evangelio según san Juan, capítulo 20, versículos 1 y 2:
«El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer,
cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y
fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les
dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.»
Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/juan/
(4) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 15,
versículo 17. Extraído de
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/
(5) Ver Platón: La república, libro VII
(6) Evangelio según san Lucas, capítulo 15, versículo 20: «Se
levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo
vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello
y lo cubrió de besos.» Referencia https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/




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