Unidad en la multiplicidad
¡Despierta! Una expresión que llama a espabilar, a salir de la monotonía, a abandonar la mediocridad, a superar adversidades, a desarrollar las propias cualidades, a hacerse valer… Hay despertares amargos, basados en la frustración y manifestados en la queja, con la mirada girada hacia uno mismo. Y despertares esperanzadores que desperezan e impulsan a desarrollar las potencialidades que cada uno alberga al servicio de los demás, que además tienen una repercusión benefactora en uno mismo sin pretenderlo.Oí decir que el ser humano tiende a la horizontal, a irse
acomodando una vez superadas las dificultades más perentorias. Lo mismo puede
ocurrir en todas las realidades que conforman la Iglesia: la burocratización
puede pesar más que el celo apostólico, que proviene de estar cada día más
unidos a Jesús. Lo advierte el Apocalipsis a la iglesia de Éfeso: «Conozco tus
obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y
que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has
descubierto que son mentirosos. Tienes perseverancia y has sufrido por mi
nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor
primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras
primeras» (1).
La sinodalidad es una sacudida que remueve los modos de hacer
que se han ido instalando en la Iglesia y que, en algunos o muchos casos,
suponen una rémora para la evangelización. La riqueza de instituciones e
iniciativas que subyacen en el seno de la Iglesia es inmensa y a ello se
refiere el punto 21 del Documento final (2): «El camino sinodal de la Iglesia
nos ha llevado a redescubrir que la variedad de vocaciones, carismas y
ministerios tiene una raíz: “todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu,
para formar un solo cuerpo” (3). El bautismo es el fundamento de la vida
cristiana, porque introduce a todos en el don más grande: ser hijos de Dios, es
decir, partícipes de la relación de Jesús con el Padre en el Espíritu. No hay
nada más alto que esta dignidad, concedida por igual a toda persona, que nos
hace revestirnos de Cristo e injertarnos en Él como los sarmientos en la vid.
En el nombre de “cristiano”, que tenemos el honor de llevar, está contenida la
gracia que fundamenta nuestra vida y nos hace caminar juntos como hermanos y
hermanas.»
Los carismas han de estar unidos al tronco común, si no se
convierten en otra cosa: hojarasca más o menos aparatosa, pero infructuosa. Ya
desde el inicio en la Iglesia había ‘piques’ disgregadores: «Cada cual anda
diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de
Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis
bautizados en nombre de Pablo?» (6). Pertenecer a una realidad u otra dentro de
la Iglesia no nos hace mejores, ni nos da más prestigio. Se pierde mucha fuerza
haciendo gala de esprit de corps (espíritu de grupo), que a veces se convierte
en una verdadera amenaza para la unidad. Lo importante es lo que nos recordó el
papa León XIV hablando del mayor patrimonio de la Iglesia: «La santidad de sus
miembros, de ese “pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que
los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (7)» (8).
Quería abordar más puntos del Documento final, pero me
alargaría demasiado. Sabéis que podéis consultar el texto y avanzar a vuestro ritmo
en el enlace de la nota 2.
(1) Libro del Apocalipsis, capítulo 2, versículos 2 a 5.
Extraído https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/apocalipsis/
(2) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los
obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título
original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione.
Documento finale punto 21. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(3) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 12,
versículo 13: «Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos
sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos
bebido de un solo Espíritu.» Extraído de
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/
(4) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 12,
versículos 4 a 7. Extraído de
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/
(5) Ver Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 7 a 12.
Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/hechos-apostoles/
(6) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 1,
versículos 12 y 13. Extraído de
https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/
(7) 1ª carta de san Pedro, capítulo 2, versículo 9: «Vosotros,
en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un
pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de
las tinieblas a su luz maravillosa.» Ver https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-pedro/


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