jueves, 22 de mayo de 2025

En torno al Sínodo (6)

Unidad en la multiplicidad

¡Despierta! Una expresión que llama a espabilar, a salir de la monotonía, a abandonar la mediocridad, a superar adversidades, a desarrollar las propias cualidades, a hacerse valer… Hay despertares amargos, basados en la frustración y manifestados en la queja, con la mirada girada hacia uno mismo. Y despertares esperanzadores que desperezan e impulsan a desarrollar las potencialidades que cada uno alberga al servicio de los demás, que además tienen una repercusión benefactora en uno mismo sin pretenderlo.

Oí decir que el ser humano tiende a la horizontal, a irse acomodando una vez superadas las dificultades más perentorias. Lo mismo puede ocurrir en todas las realidades que conforman la Iglesia: la burocratización puede pesar más que el celo apostólico, que proviene de estar cada día más unidos a Jesús. Lo advierte el Apocalipsis a la iglesia de Éfeso: «Conozco tus obras, tu fatiga, tu perseverancia, que no puedes soportar a los malvados, y que has puesto a prueba a los que se llaman apóstoles, pero no lo son, y has descubierto que son mentirosos. Tienes perseverancia y has sufrido por mi nombre y no has desfallecido. Pero tengo contra ti que has abandonado tu amor primero. Acuérdate, pues, de dónde has caído, conviértete y haz las obras primeras» (1).

La sinodalidad es una sacudida que remueve los modos de hacer que se han ido instalando en la Iglesia y que, en algunos o muchos casos, suponen una rémora para la evangelización. La riqueza de instituciones e iniciativas que subyacen en el seno de la Iglesia es inmensa y a ello se refiere el punto 21 del Documento final (2): «El camino sinodal de la Iglesia nos ha llevado a redescubrir que la variedad de vocaciones, carismas y ministerios tiene una raíz: “todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo” (3). El bautismo es el fundamento de la vida cristiana, porque introduce a todos en el don más grande: ser hijos de Dios, es decir, partícipes de la relación de Jesús con el Padre en el Espíritu. No hay nada más alto que esta dignidad, concedida por igual a toda persona, que nos hace revestirnos de Cristo e injertarnos en Él como los sarmientos en la vid. En el nombre de “cristiano”, que tenemos el honor de llevar, está contenida la gracia que fundamenta nuestra vida y nos hace caminar juntos como hermanos y hermanas.»

Escribe san Pablo: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (4). Diversidad y unidad. Diversidad que permite que el anuncio del Evangelio penetre en las entrañas de la sociedad; y unidad en Jesucristo con el pegamento del Espíritu Santo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?… Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua» (5).

Los carismas han de estar unidos al tronco común, si no se convierten en otra cosa: hojarasca más o menos aparatosa, pero infructuosa. Ya desde el inicio en la Iglesia había ‘piques’ disgregadores: «Cada cual anda diciendo: “Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo”. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?» (6). Pertenecer a una realidad u otra dentro de la Iglesia no nos hace mejores, ni nos da más prestigio. Se pierde mucha fuerza haciendo gala de esprit de corps (espíritu de grupo), que a veces se convierte en una verdadera amenaza para la unidad. Lo importante es lo que nos recordó el papa León XIV hablando del mayor patrimonio de la Iglesia: «La santidad de sus miembros, de ese “pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (7)» (8).

Quería abordar más puntos del Documento final, pero me alargaría demasiado. Sabéis que podéis consultar el texto y avanzar a vuestro ritmo en el enlace de la nota 2.

(1) Libro del Apocalipsis, capítulo 2, versículos 2 a 5. Extraído https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/apocalipsis/

(2) Francisco, XVI Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale: comunione, participazione, missione. Documento finale punto 21. Enlace oficial: https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf

(3) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 12, versículo 13: «Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.» Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/

(4) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 12, versículos 4 a 7. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/

(5) Ver Hechos de los Apóstoles, capítulo 2, versículos 7 a 12. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/hechos-apostoles/

(6) 1ª carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 1, versículos 12 y 13. Extraído de https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-corintios/

(7) 1ª carta de san Pedro, capítulo 2, versículo 9: «Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.» Ver https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/1-pedro/

(8) Ver Texto íntegro de la primera homilía del Papa León XIV en la Misa Pro Ecclesia. Extraído de https://www.religionenlibertad.com/vaticano/250509/texto-integro-homilia_112135.html

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