Sin mirar de reojo
Narran Scott y Kimberly Hahn en Roma dulce hogar: «Cuando los protestantes evangélicos se convierten al catolicismo, frecuentemente entran en una especie de “trauma cultural religioso”, Han dejado atrás congregaciones en las que se canta a pleno pulmón, con una predicación práctica basada en la Biblia, un tono conservador pro-familia en el púlpito, y un vivo sentido de comunidad; con varias reuniones de oración, compañerismo y estudio bíblico entre las que pueden escoger cada semana. En contraste, la parroquia católica media generalmente anda más bien parca en estos aspectos. Aunque los nuevos conversos normalmente sienten que ellos “han vuelto a casa” al hacerse católicos, no siempre se “sienten en casa” en sus nuevas familias parroquiales. Kimberly y yo pudimos experimentarlo» (1).
Nuestra relación con la Iglesia puede ser meramente instrumental utilizando los servicios que nos presta: Misa, catequesis, oficios litúrgicos, acceso al templo para rezar y afianzar devociones, acción social y cultural… sin considerarnos miembros de una comunidad, aunque mantengamos relación con algunos miembros de ella. De este desapego, que es bastante generalizado, se resiente la vida eclesial y es un obstáculo para que se pueda desarrollar ese caminar juntos que nos propone la sinodalidad.
El punto 87 del Documento final del Sínodo (2) puede sonar a música celestial si falta espíritu comunitario entre los feligreses: «En la Iglesia sinodal “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar, discernir y aconsejar para que se tomen las decisiones” (3) para la misión.» La sinodalidad nos convoca a todos para realizar la misión de la Iglesia en el mundo desde el lugar en que estamos y en las circunstancias en que nos encontremos.Para
que esto sea posible los responsables eclesiales están llamados a «fomentar la
participación más amplia posible de todo el Pueblo de Dios en los procesos
decisionales (que) es la manera más eficaz de promover una Iglesia sinodal. Si
es cierto, en efecto, que la sinodalidad define el modo de vivir y operar que
califica a la Iglesia, indica al mismo tiempo una práctica esencial en el
cumplimiento de su misión: discernir, alcanzar el consenso, decidir mediante el
ejercicio de las diferentes estructuras e instituciones de la sinodalidad.»
Como cualquier obra humana que se precie es necesaria una organización que adquiera «el compromiso de promover la participación sobre la base de la corresponsabilidad diferenciada. Cada miembro de la comunidad debe ser respetado, valorando sus capacidades y dones con vistas a una decisión compartida.»
La
responsabilidad de cada partícipe va en función del grado de autoridad que
ostente. El proceso de la toma de decisiones pasa por «una fase de elaboración
o instrucción “mediante un trabajo conjunto de discernimiento, consulta y
cooperación” (4)» cuyas conclusiones que se trasladan a la autoridad competente
en cada caso para que tome la decisión que estime oportuna. Se pretende que «las
decisiones que se tomen sean fruto de la obediencia de todos a lo que Dios
quiere para su Iglesia» y se alienta a «promover procedimientos que hagan
efectiva la reciprocidad entre la asamblea y quienes la presiden, en un clima
de apertura al Espíritu y confianza mutua, en busca de un consenso lo más
unánime posible».
Una vez se ha tomado la decisión el proceso no se detiene, sino que «debe prever también la fase de aplicación de la decisión y la de su evaluación», es decir, cómo se está llevando a cabo y valorar los efectos que se van produciendo. Así, el Sínodo de la sinodalidad se encuentra ahora en la tercera fase, que corresponde a la implementación, y dentro de tres años se realizará una nueva asamblea donde se valorará la experiencia a nivel global (5).
He iniciado el escrito refiriéndome al libro en el que el matrimonio Hahn explican su experiencia de conversión a la fe católica. Termino con otro fragmento que es un alegato en favor de la formación: «A nuestros hermanos y hermanas católicos queremos animarlos y motivarlos a conocer mejor la fe católica, que ha sido confiada a nosotros como un patrimonio sagrado. Por vuestro propio bien -y el de los demás- estudiadla, para saber qué creéis y por qué lo creéis. Leed la Sagrada Escritura diariamente. Es la inspirada e infalible Palabra de Dios escrita para vosotros, como la Iglesia católica ha enseñado sistemáticamente a lo largo de este siglo, especialmente en el Concilio Vaticano II. Creed en ella. Usadla para hacer oración. Memorizadla. Sumergíos en ella, ¡como en una tina de agua templada! Aprendedla bien, para que podáis vivirla más plenamente, y compartirla con más gozo. Ese es el camino para hacer la fe “contagiosa”. ¡Necesitamos más católicos contagiosos!» (6).
(1) Scott y Kimberly Hahn:
Roma dulce hogar (Rome Sweet Home) 1993 – Ediciones Rialp 20ª edición
2014. Traducción de Miguel Martín. Capítulo 9: La vida de una familia católica.
Páginas 181-182
(2) Francisco, XVI
Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos: Por una Iglesia sinodal:
comunión, participación, misión. Título original: Por una Chiesa sinodale:
comunione, participazione, missione. Documento finale, Tercera parte: “Echar la
red”. Puntos tratados 87 a 90. Enlace oficial:
https://www.synod.va/content/dam/synod/news/2024-10-26_final-document/ESP---Documento-finale.pdf
(3) Comisión teológica Internacional: La sinodalidad en la
vida y en la misión de la Iglesia, número 68
(4) Comisión teológica
Internacional: La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia,
número 69
(5) Ver Comunicado de
la Secretaría General del Sínodo, 15.03.2025 en https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/03/15/150325b.html



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