domingo, 23 de noviembre de 2025

Sin perder el norte

Descubrimiento tras la desazón

Nada sabía de san Alberto Hurtado hasta que una noticia sobre un acto realizado en una universidad chilena que lleva su nombre, que me produjo una cierta desazón, me llevó a interesarme por saber algo más de este santo chileno al que hizo referencia en diversas ocasiones el papa Francisco durante su viaje a Chile en enero de 2018 (1).

Buscando en internet encontré un texto que transcribe, tras una breve glosa biográfica, algunas intervenciones orales y escritas del santo; ha sido publicado con el título Un fuego que enciende otros fuegos (2).

Alberto Hurtado Cruchaga nació y murió en Chile. Su vida transcurrió entre los años 1901 y 1952. Cincuenta y un años de una vida intensa, veintinueve de ellos unido a la Compañía de Jesús y diecinueve como sacerdote. Fue canonizado en el año 2005 por el papa Benedicto XVI. Los escritos a los que he tenido acceso revelan una gran fuerza espiritual, acompañada de un espíritu apostólico desbordante y una inquietud social del mismo cariz.

Reproduzco a continuación uno de los textos, que no desmerece los otros incluidos en la obra citada. Se titula Nuestra imitación de Cristo; recoge una conferencia pronunciada en la Universidad Católica de Chile en 1940, cuyo contenido es tan actual y universal como lo era entonces. Invita a reflexionar sobre si estamos bien orientados en nuestra manera de vivir la fe.

«Toda nuestra santificación consiste en conocer a Cristo e imitar a Cristo. Todo el evangelio y todos los santos están llenos de este ideal, que es el ideal cristiano por excelencia. Vivir en Cristo; transformarse en Cristo... San Pablo: “Nada juzgué digno sino de conocer a Cristo y a este crucificado” (3)... “Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí” (3)... La tarea de todos los santos es realizar en la medida de sus fuerzas, según la donación de la gracia, diferente en cada uno, el ideal paulino de vivir la vida de Cristo. Imitar a Cristo, meditar en su vida, conocer sus ejemplos... Pero, ¡de cuántas maneras se ha comprendido la imitación de Cristo!

I. Maneras erradas de imitar a Cristo

1. Para unos, la imitación de Cristo se reduce a un estudio histórico de Jesús. Van a buscar el Cristo histórico y se quedan en Él. Lo estudian, leen el Evangelio, investigan la cronología, se informan de las costumbres del pueblo judío... Y su estudio, más bien científico que espiritual, es frío e inerte. La imitación de Cristo para éstos se reduciría a una copia literal de la vida de Cristo. Pero no es esto. No: “El espíritu vivifica; la letra mata” (5).

2. Para otros, la imitación de Cristo es más bien un asunto especulativo. Ven en Jesús como el gran legislador; el que soluciona todos los problemas humanos, el sociólogo por excelencia; el artista que se complace en la naturaleza, que se recrea con los pequeñuelos... Para unos es un artista, un filósofo, un reformador, un sociólogo, y ellos lo contemplan, lo admiran, pero no mudan su vida ante Él.

3. Otro grupo de personas creen imitar a Cristo preocupándose, al extremo opuesto, únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas. Escrupulosos en la práctica de los ayunos y abstinencias. Contemplan la vida de Cristo como un prolongado deber, y nuestra vida como un deber que prolonga el de Cristo. A las leyes dadas por Cristo ellos agregan otras, para completar los silencios, de modo que toda la vida es un continuo deber, un reglamento de perfección, desconocedor en absoluto de la libertad de espíritu.

El foco de su atención no es Cristo, sino el pecado. El sacramento esencial en la Iglesia no es la Eucaristía, ni el Bautismo, sino la Confesión. La única preocupación es huir del pecado. E imitar a Cristo para ellos es huir de los pensamientos malos, evitar todo peligro, limitar la libertad de todo el mundo y sospechar malas intenciones en cualquier acontecimiento de la vida. No; no es ésta la imitación de Cristo que proponemos. Esta podría ser la actitud de los fariseos, no la de Cristo.

4. Para otros, la imitación de Cristo es un gran activismo apostólico, una multiplicación de esfuerzos de orientación de apostolado, un moverse continuamente en crear obras y más obras, en multiplicar reuniones y asociaciones. Algunos sitúan el triunfo del catolicismo únicamente en actitudes políticas. Para otros, lo esencial es una gran procesión de antorchas, una reunión gigante, la fundación de un periódico... Y no digo que eso esté mal, que eso no haya de hacerse. Todo es necesario, pero no es eso lo esencial del catolicismo.

II. Verdadera solución

Nuestra religión no consiste, como en primer elemento, en una reconstrucción del Cristo histórico; ni en una pura metafísica o sociología o política; ni en una sola lucha fría y estéril contra el pecado; ni primordialmente en la actitud de conquista. Nuestra imitación de Cristo no consiste tampoco en hacer lo que Cristo hizo, ¡nuestra civilización y condiciones de vida son tan diferentes!

Nuestra imitación de Cristo consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que Cristo haría si estuviese en mi lugar. Lo primero necesario para imitar a Cristo es asimilarse a Él por la gracia, que es la participación de la vida divina. Y de aquí ante todo aprecia el Bautismo, que introduce, y la Eucaristía que alimenta esa vida y que da a Cristo, y si la pierde, la Penitencia para recobrar esa vida...

Y luego de poseer esa vida, procura actuarla continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó, en particular por la caridad, la virtud más amada de Cristo.

La encarnación histórica necesariamente restringió a Cristo y su vida divino–humana a un cuadro limitado por el tiempo y el espacio. La encarnación mística, que es el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quita esa restricción y la amplía a todos los tiempos y espacios donde hay un bautizado. La vida divina aparece en todo el mundo. El Cristo histórico fue judío, vivió en Palestina, en tiempo del Imperio Romano. El Cristo místico es chileno del siglo XX, alemán, francés y africano... Es profesor y comerciante, es ingeniero, abogado y obrero, preso y monarca... Es todo cristiano que vive en gracia de Dios y que aspira a integrar su vida en las normas de la vida de Cristo en sus secretas aspiraciones. Y que aspira siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar. A enseñar la ingeniería, como Cristo la enseñaría; el derecho...; a hacer una operación con la delicadeza de Cristo...; a tratar a sus alumnos con la fuerza suave, amorosa y respetuosa de Cristo; a interesarse por ellos como Cristo se interesaría si estuviese en su lugar. A viajar como viajaría Cristo, a orar como oraría Cristo, a conducirse en política, en economía, en su vida de hogar como se conduciría Cristo.

Esto supone un conocimiento de los evangelios y de la tradición de la Iglesia, una lucha contra el pecado; trae consigo una metafísica, una estética, una sociología, un espíritu ardiente de conquista... Pero no cifra en ellos lo primordial. Si humanamente fracasa, si el éxito no corona su apostolado, no por eso se impacienta. La única derrota consiste en dejar de ser Cristo por la apostasía o por el pecado.

Este es el catolicismo de un Francisco de Asís, Ignacio, Javier, y de tantos jóvenes y no jóvenes que viven su vida cotidiana de casados, de profesores, de solteros, de estudiantes, de religiosos, que participan en el deporte y en la política con ese criterio de ser Cristo. Éstos son los faros que convierten las almas, y que salvan las naciones.»

(1) San Alberto Hurtado: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?, artículo de Manuel Cubías publicado en Vatican News. Enlace: https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2020-08/aniversario-san-alberto-hurtado-que-haria-cristo-en-mi-lugar.html

(2) San Alberto Hurtado: Un fuego que enciende otros fuegos. Editor: Centro de Estudios San Alberto Hurtado. Pontificia Universidad Católica de Chile – 22ª edición (2012). 189 páginas. Capítulo: Nuestra imitación de Cristo. Conferencia en la Universidad Católica, 1940, páginas 131 a 133. Se puede acceder al texto completo en https://www.clerus.org/clerus/dati/2012-07/31-13/Un_fuego.pdf

(3) 1ª Carta de san Pablo a los Corintios, capítulo 2, versículo 2

(4) Carta de san Pablo a los Gálatas, capítulo 2, versículo 20

(5) 2ª Carta de san Pablo a Corintios, capítulo 3, versículo 6

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