Reivindicando al
docente
En la página web
del colegio de mis hijas nos han recordado que desde 1994 el 5 de octubre es el
día mundial del docente y nos invitan a reflexionar sobre el importante papel que juegan estos profesionales en la
educación.
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| Josefina R. Aldecoa |
El factor humano
es un elemento clave del aprendizaje y el docente es un eslabón insustituible
en la enseñanza, a pesar del auge de las nuevas tecnologías y el alto grado de
sofisticación que pueden alcanzar.
La enseñanza en cada
centro escolar tiene una estructura homogénea: los conocimientos que se transmiten,
el modelo educativo (la forma de trabajar) y el entorno que lo alberga (los
aspectos materiales y organizativos). Sobre este entarimado común cada docente
con su personalidad, bagaje, experiencia y estilo le da su propio acento a la
materia que imparte, es el factor que rompe la homogeneidad.
En este contexto
he encontrado un maravilloso fragmento relatado por Josefina R. Aldecoa en Historia de una maestra que es un canto a la noble e imprescindible
tarea para la sociedad que realizan los profesionales de la enseñanza:
“La escuela sería
mi único recurso. Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e
incomparable plenitud que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en
mi trabajo y el trabajo me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día
surgía un nuevo obstáculo y, a la vez, el reto de resolverlo. Los niños
avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de
ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío.
Nunca he vuelto a
sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente
de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí
al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la
atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que
juntos íbamos a hacer, me trastornaban, me embriagaban. Leíamos, contábamos,
jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio;
nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros
naturales. Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de
la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético… la
reflexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las ' estrellas, por qué el
hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué…
Yo me decía: No
puede existir dedicación más hermosa que ésta. Compartir con los niños lo que
yo sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de
los fenómenos, las razones de los hechos históricos. Ese era el milagro de una
profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de la
nieve y la cocina oscura, a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo
mucho que yo tenía que dar. O quizás por eso mismo. Una exaltación juvenil me
trastornaba y un aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar
mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños
valía más que todo lo que ellos recibían de mí.”*
* Josefina R. Aldecoa:
Historia de una maestra - Primera
parte: El comienzo del sueño.

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