…que cambian el rumbo de la
vida
A medida que iba leyendo el
primer capítulo de Katrina (1) iba observando cierta relación con lo que narra el
tercer capítulo del Génesis (2). Las épocas y las circunstancias son distintas
pero tienen en común los efectos que un engaño provoca cuando se produce
un deslumbramiento en la víctima.
En el relato bíblico Eva se
ve sorprendida por la ‘astuta serpiente’ que la aborda con una mentira: “¿Conque
os ha dicho Dios: ‘No comáis de ningún árbol del paraíso’?” De poco sirve la
aclaración de la mujer: “Del fruto de los árboles del jardín podemos comer; pero
del fruto del árbol que está en medio del jardín dijo Dios: ‘No comáis de él,
so pena de muerte’”; porque el tentador aprovecha para llevar el discurso al
terreno en el que quería jugar recurriendo de nuevo a la mentira: “No, no
moriréis. Al contrario, Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los
ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. Un órdago que arremete
en lo más íntimo de Eva y rompe sus defensas, porque la codicia se sobrepone a
la confianza en su Creador, cuyas instrucciones quedan relegadas ante el panorama
que le están planteando; está tan obnubilada que ni siquiera pide
explicaciones: “Vio la mujer que el árbol tenía frutos sabrosos y que era
seductor a la vista y codiciable para conseguir sabiduría; tomó de sus frutos y
comió”.
Sally Salminen sitúa su
relato a caballo entre los siglos XIX y XX y nos presenta a Katrina como “la
mayor de tres hermanas, hijas de un campesino Österbotten … hermosa… alegre…
resuelta… alta, fuerte y robusta… En sus ojos azules resplandecía la alegría de
vivir… No había mozo casadero en toda la parroquia que no hubiese intentado
buscar su felicidad ganando el corazón de Katrina…” Pero, “al atardecer de un
día de primavera… conoció a un joven marinero” y “encontró Katrina su destino… Una
noche clara y estrellada, ella y el joven marinero (Johan) paseaban por el
camino que cruzaba la llanura…” Johan prepara el terreno incitando la curiosidad por lo desconocido: “¿No has salido
nunca de aquí? ¡Oh! Tendrías que viajar y ver mundo. Deberías venirte a Aland.
Aquél es otro país. Allí no tenemos estas llanuras siempre iguales de por
aquí. ¿No te cansa este paisaje?” A pesar de la negativa de Katrina, Johan no
se arredra y da rienda suelta a un relato fantasioso en el que, con descaro, desprecia a Österbotten e idealiza Aland, sin que su verborrea encuentre apenas oposición
en Katrina. El momento decisivo se produce cuando Johan menciona las manzanas: “¿De
veras hay manzanas en Aland?… Katrina no podía quitarse de la cabeza aquello de
las manzanas…” A partir de ahí: “su estado de ánimo era tal que la predisponía
a creerlo todo”. Tras la conversación “Katrina se sintió presa de un íntimo
desasosiego. Aquella tierra en donde había vivido sus veintitrés años en
idílica placidez, se le antojaba ahora insoportable, mezquina y aburrida… Sólo
soñaba con los dorados campos de trigo y el aire perfumado por la fruta -sobre
todo por las manzanas, aquellas manzanas que maduraban allá lejos, hacia el
sur, en las dulces y paradisíacas islas Aland.” Desde entonces “Johan era la
única persona del mundo a quien Katrina quería escuchar” y para alcanzar cuanto
antes su arrebatador anhelo se casará precipitadamente con el marinero, con el
consentimiento de sus desconcertados padres.
Tras su decisión, Eva
sufrió el destierro y descubrió las necesidades y dificultades que acompañan al
común de los mortales; perdió una situación privilegiada. Los sueños de Katrina
se desvanecerán pronto. Johan es poco más que un grumete en el barco, que sólo
puede ofrecer a su mujer una casa destartalada que no es suya como cobijo.
Además, tan pronto llegan a la cabaña Johan es reclamado para embarcarse
durante unos meses. Katrina se queda sola, embarazada, en un lugar donde no
conoce a nadie y a merced de los gerifaltes del lugar, que enseguida empiezan a
darle órdenes.
Eva y Katrina tendrán que
hacer frente a la nueva situación, porque no hay posibilidad de dar marcha
atrás. Katrina lo hace con gran dignidad y fortaleza, asumiendo su papel de
esposa, madre y ciudadana, sobreponiéndose a múltiples dificultades y
sinsabores. Será el puntal de su familia y respetada por sus conciudadanos,
pese a sus limitados recursos económicos. La narración de Salminen es
tremendamente conmovedora y sugerente.
Las historias de Eva y Katrina invitan a actuar con prudencia para no dejarse llevar por cantos de sirena que nos llevan a despreciar todo aquello que tenemos y somos, en pos de un destino idílico. Lo que les ocurrió le puede ocurrir a cualquiera que no tome suficientes precauciones porque se siente muy seguro de sí mismo. Todos
somos en algún punto vulnerables y podemos dejarnos embaucar si oímos alguna de las palabras mágicas que anidan en el subconciente y despiertan en nosotros un interés demesurado. En cualquier caso, conviene evitar cualquier discusión cuyo punto de partida sea una flagrante mentira.
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