miércoles, 3 de agosto de 2022

Lección de esperanza

El toque de atención de Judit


En una de las tramas de la serie televisiva catalana Com si fos ahir un seminarista tiene una hermana enferma de cáncer que ha desechado el tratamiento convencional para acogerse a uno alternativo. Esta situación angustia sobremanera al muchacho y a su padre, que piensan que esta actitud la llevará a la tumba en poco tiempo. El seminarista reza intensamente para que su hermana cambie de actitud, pero se cansa al observar que su petición no es atendida tal como desea: la obstinación de su hermana le desarma. Hablando con un amigo de ambos, el seminarista se plantea qué sentido tiene seguir en el Seminario cuando su hermana se está muriendo y dice que ha dejado de rezar porque no le sirve para nada (1).

Un relato que hay que enmarcar en el contexto de una ficción televisiva, pero refleja someramente una situación por la que pasan muchos creyentes que se desaniman cuando se dirigen a Dios con una petición y no obtienen los resultados apetecidos a corto plazo. No ayuda un ambiente poco proclive a la paciencia en una sociedad donde la tecnología hace creer que todo se puede conocer o solucionar en un momento: con un clic, con una búsqueda en internet, con un tutorial… Nos frotamos las manos al oír: «Pedid y se os dará… porque todo el que pide recibe…» sin unirlo a lo que dice un poco más adelante: «vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden» (2). Cabría preguntarse, ¿confiamos en que el Señor nos dará cosas buenas aunque no concuerden exactamente con lo que deseamos?; ¿nos conviene siempre que se conceda lo que pedimos?; ¿qué es lo que realmente motiva nuestra súplica? No iría mal recordar las palabras del padrenuestro cuando hacemos una petición: ‘hágase Tu voluntad’. No nos ha de sorprender que en alguna ocasión el cuerpo se resista a aceptarlo; a la humanidad de Jesús le costó sudar sangre en el huerto de los olivos: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (3).

Un fragmento del libro de Judit puede ayudarnos a orientar la oración de petición. Los habitantes de Betulia, estaban asediados por las tropas asirias comandadas por un poderoso militar, Holofernes, que arrasaba con todo lo que se le ponía por delante, tanto si se le oponían como si intentaban negociar. Estaban desesperados: «la gente, desmoralizada por la falta de agua, había protestado contra los jefes de la ciudad y que Ozías –uno de los jefes- había jurado entregar la ciudad a los asirios al cabo de cinco días.» Pero entre ellos había una joven viuda, Judit, que se rebela ante este propósito, y les dice a los ancianos del pueblo: «Escuchadme, jefes de Betulia. Es un desatino lo que habéis dicho hoy a la gente, jurando ante Dios entregar la ciudad a nuestros enemigos si el Señor no os manda ayuda en unos días. ¿Quiénes sois vosotros para tentar así a Dios y alzaros en público por encima de él? Habéis puesto a prueba al Señor todopoderoso. Nunca llegaréis a entender nada. Si no sois capaces de sondear el fondo del corazón humano, ni de conocer el pensamiento, ¿cómo vais a comprender a Dios, el Creador de todas las cosas? ¿Cómo vais a conocer sus pensamientos y penetrar sus designios? Hermanos, no irritéis al Señor, nuestro Dios. Si no quiere ayudarnos en el plazo de cinco días, puede hacerlo cuando quiera, como si quiere destruirnos ante nuestros enemigos. No intentéis forzar las decisiones del Señor, nuestro Dios, porque Dios no es como un hombre, al que se mueve con amenazas y se le impone lo que ha de hacer. Imploremos, pues, su ayuda y esperemos de él la salvación, y escuchará nuestro clamor si lo tiene a bien» (4).

En Judit se cumple aquella sentencia de Jesús: «sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (5); se jugará después el tipo y la honra por defender a su pueblo. Cuando Judit regresa de cumplir su misión, Ozías le dice: «Tu esperanza permanecerá en el corazón de los hombres que recuerdan el poder de Dios por siempre» (6).

Judit tenía una firme esperanza porque confiaba en Dios; humanamente se enfrentaba a una misión imposible. Las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- van concatenadas. Muchas crisis de fe son consecuencia de una esperanza frágil o de una caridad malentendida: no acabamos de confiar en que se va a cumplir aquello que más conviene, aunque no sea exactamente lo que habíamos previsto, o perdemos el norte respecto a las prioridades. Dios no es un consentidor que solo busca complacernos, quiere siempre nuestro bien y sabe lo que necesitamos, pero tiene sus modos y cuenta con nuestra colaboración; por eso nos dice que pidamos y, como algunos santos manifiestan, también admite quejas confiadas –estoy pensando en una anécdota de santa Teresa de Jesús (7).

Pedir a nuestros semejantes es habitual en nuestra vida cotidiana, aunque a menudo no le demos importancia porque lo damos por descontado –sobran exigencias y faltan agradecimientos-; es una señal de menesterosidad, de que no llegamos a todo y necesitamos ayuda y, al mismo tiempo, confianza en alguien. Lo mismo ocurre cuando nos dirigimos a Dios, directamente o a través de intercesores, sabiendo que Él lo puede todo, sabe lo que necesitamos y nos beneficiará siempre, aunque no se acomode a nuestros planes.

Las citas bíblicas están tomadas de la edición oficial de la Conferencia Episcopal Española. Enlace: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/

(1) Serie televisiva emitida por el canal catalán TV3 Com si fos ahir, capítulo 955

(2) Confrontar Evangelio según san Mateo, capítulo 7, versículos 7-11

(3) Confrontar Evangelio según san Lucas, capítulo 22, versículos 42-44

(4) Libro de Judit, capítulo 8, versículos 11-17

(5) Evangelio según san Mateo, capítulo 10, versículo 16

(6) Libro de Judit, capítulo 13, versículo 19

(7) Anécdota extraída de https://www.pradonuevo.es/teresa-amigos/

“Va la Madre Teresa camino de Burgos a fundar. Es enero, y el frío de Castilla es intenso. Llueve torrencialmente; los caminos están anegados. Todos coinciden en que emprender el camino desde Ávila es una locura, pero ella va decidida, pues el Señor la anima: «No hagas caso de los fríos, que soy yo la verdadera calor. El demonio pone todas sus fuerzas por impedir aquella fundación; ponlas tú de mi parte porque se haga, y no dejes de ir en persona, que se hará gran provecho».

Sería mucho alargarse narrar las peripecias y peligros del camino. Llegados ante el Arlanzón, los de la comitiva sólo divisan unas pasarelas provisionales (los puentes los ha destruido la riada). Hay que pasar con los carros por ahí. Las descalzas pedían la absolución a los frailes descalzos, y estos, la bendición a la Madre. Ella se la dio alegremente.

—¡Ea, mis hijas! ¿Qué más bien queréis que ser aquí mártires por amor de Nuestro Señor?

Su carro se aventuró el primero y obligó a sus compañeros y compañeras a que le prometiesen volver a la cercana posada en caso de que ella se ahogase. Pero el Señor ya le había dicho: «¿Cuándo te he faltado?». Allá iba.

En la aventura del paso del Arlanzón lo pasó mal y llegó a lastimarse. Como siempre, su lamento fue una invocación a Dios y se quejó:

—Señor, entre tantos daños y me viene esto.

La Voz respondió:

—Teresa, así trato yo a mis amigos.

—¡Ah, Señor!, por eso tenéis tan pocos.

No era falta de respeto, sino confianza filial. Ella podía decirle al Señor cosas de este estilo.”


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