martes, 17 de enero de 2023

Afrontar la perplejidad sobre la vida (5)

Reseña del libro A Guide for the Perplexed de E. F. Schumacher, realizada por Silvano Borruso y publicada en la revista Nuestro Tiempo, número 387, septiembre 1986, con el título Guía para perplejos.

Para Schumacher lo que se necesita saber es:

1. Qué es el Mundo;

2. Qué es el hombre, y que aptitudes tiene para enfrentarse con el Mundo;

3. Cómo conoce el hombre al mundo;

4. Qué quiere decir vivir en este mundo.

...

La tercera de las Grandes Verdades sigue naturalmente a las otras dos: y es que de las dos combinaciones, sujeto cognoscente-objeto conocido y apariencia externa-realidad interior, se obtienen cuatro campos de conocimiento a saber:

I. El conocimiento de sí mismo como realidad interior.

II. El conocimiento de los demás como realidad interior.

III. El conocimiento de sí como realidad exterior, es decir, como los demás nos ven y aprecian.

IV. El conocimiento de los demás (y de lo demás) como realidad exterior, es decir, la apariencia de las cosas.


continuación


Conocimiento 'de sí' y 'de los demás'

Está claro, entonces, que los conocimientos más inmediatos y más seguros, como también había pronosticado Descartes, son los del número IV: a ellos han sido dirigidos todos o casi todos los esfuerzos de los filósofos científicos, políticos, etc. de los últimos tres siglos. Pero ¿cuántos de estos señores se han conocido o conocen a los demás?
¿Por qué no lo logran? Porque el método que usan es inadecuado. Quizá esta sea la parte más interesante del libro, que en sus 160 páginas, intensísima cada una de ellas, logra destilar una sabiduría pasmosa.

Gran cantidad de citas, todas provenientes de textos antiguos, concuerdan en afirmar que el conocimiento de sí es lo más importante, y que sin él no es posible conocer el resto de la realidad. Todos estos textos están de acuerdo también en el método, que recibe varios nombres en la tradición budista, hindú, etcétera, pero que encuentra en la tradición cristiana su cumbre: asombrosamente no es otra que el oportet semper orare et non deficere (1), es decir, la oración mental. Pero para seguir fiel  y completamente las palabras de Cristo, según las cuales hay que rezar sin interrupción, semper, recomienda el autor el método indicado en la Philokalia (2) de los Padres orientales, la simple fórmula: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí, pecador». «Esta oración, repetida sin cesar por la mente en el corazón, da vida, moldea y reforma la persona entera». Esto es más fácil decirlo que hacerlo, porque «ciertos tipos de conocimiento (…) no nos dejan solos; se nos presentan con este ultimátum: o cambias o pereces (…); este campo de conocimiento, en otras palabras, es como un campo minado para quienes no logran reconocer que, en nivel del hombre, los invisibilia tienen una importancia y un significado muchísimo más grande que los visibilia».

El campo de conocimiento de sí es difícil, pero se puede llegar a él; es más: es necesario alcanzarlo si se quieren alcanzar también los demás, especialmente los números II y III. ¿Cómo efectivamente se puede conocer lo que pasa en el interior de los demás? Es obvio que no se tiene entrada directa a ello. Se necesita que a quienes quieren conocer por dentro hablen, diciendo la verdad, y que se entienda lo que dicen. Se trata de dos traducciones, que tienen que estar exentas de error, cosa nada fácil; de ahí que la comunicación entre seres humanos sea tan difícil. Difícil pero no imposible; y la posibilidad estriba, otra vez, en el uso de un método adecuado. ¿Cómo se llama este método? Simplemente la compasión o simpatía (en el sentido etimológico, sufrir con) que hay que añadir al conocimiento de sí. Compasión, comprensión y respeto conducen a una completa compenetración de dos mentes, y como en consecuencia, a un completo conocimiento de la realidad interior de otra persona.

El último campo (el número III) es el conocimiento de sí como realidad externa. ¿Qué piensan de uno los demás? «Tenemos entrada directa al campo número I, pero no al campo número III, con el resultado que nuestras intenciones tienden a ser para nosotros mucho más reales que nuestras acciones, lo que conduce a un sinfín de malentendidos con otras personas, para quienes nuestras acciones son muchísimo más reales que nuestras intenciones». El método, una vez más, consiste en añadir al conocimiento de sí, y a la simpatía, el olvido de sí, o sea la aceptación más plena de sí mismo, así como se es, con defectos y todo, sin paliativos ni falsificaciones; y esto no se adquiere en un día. «Cuando una persona se ama a sí misma, no hay nada entre quien ama  y quien es amado; pero cuando ama a su vecino, su pequeño ego se pone por medio (…). Del mismo modo en que la compasión es el requisito previo para conocer en el campo número II, así el altruismo es el requisito previo para el número III».

Y no es que el campo número IV sea tan simple como parece; también aquí hay escollos y trampas que evitar. La dificultad más importante es la distinción entre ciencias que instruyen y ciencias que se pueden llamar descriptivas. Claramente, solo en las primeras se puede –y se debe- requerir prueba; en las segundas una prueba de lo que se afirma carece de sentido. No se puede probar que las especies de los seres vivientes se pueden clasificar. Se clasifican y ya está. Aparte de la física, química y astronomía, ciencias como geografía, botánica, zoología, etc. necesitan un método adecuado para ellas solas y no el método que requiera prueba. Pero es así como los evolucionistas han logrado capturar la imaginación del gran público: primero declarando que la selección natural es un agente de cambio en los seres vivientes, y luego afirmando, sin coherencia, que la causa de la evolución actúa automáticamente, al azar, sin ton ni son, logrando la producción de un ser en que el sentido común aprecia unos fines bien determinados.

(1) Del Evangelio según san Lucas, capítulo 18, versículo 1: “Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.” Extraído de: https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/lucas/
(2) “La Filocalia o filokalia (en griego antiguo Φιλοκαλíα, lit. «amor a lo bello»), es el nombre que recibe una colección ya clásica de textos escritos entre los siglos IV y XV d. C., por maestros espirituales1 de la tradición mística hesicasta de la Iglesia ortodoxa oriental. Fueron escritos originalmente para la guía y enseñanza de los monjes en «la práctica de la vida contemplativa» y están dedicados a la mística y ascesis en la Iglesia ortodoxa, siendo uno de sus principales temas el hesicasmo. Extraído de https://es.wikipedia.org/wiki/Filocalia

continuará


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